viernes, 19 julio 2024
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Del club del tercer mundo

Sobre el primer mundo, cada día se me antoja como un espacio donde se trabaja y se deja trabajar, se vive y se deja vivir y donde las personas se valoran a sí mismas como colectivo.

En días recientes fue Cristina Kirchner declarada culpable por los cargos de corrupción, y no le valió ser vicepresidenta para salvarse de un juicio cuyos detalles eran bien conocidos por los argentinos. Días después, el 7 de diciembre, el entonces aún presidente de Perú, Pedro Castillo, se sublevó, intentó disolver el Congreso y lo arrestaron por intentar un golpe de Estado. De este caso he leído condenas y apoyos de lado y lado, y aunque los peruanos saben más de los matices y detalles, una cosa sí es cierta: no puede estar un gobernante dándole golpes a la mesa y traicionando sus juramentos. Vivir civilizadamente estriba en honrar acuerdos de convivencia y construir una gobernanza. Sin ir muy lejos, de ese principio parte igualmente la existencia misma del gobierno interino, que es el hilo comunicante que nos queda con los principios democráticos de Venezuela. En consecuencia, han sido numerosos los atentados del régimen contra Juan Guaidó y también los abusos contra los venezolanos, pero eso no ha doblegado los anhelos de libertad en la gente.

A pesar de esos encomiables esfuerzos, la historia de la América Latina ha estado plagada de reveses, unos más destructivos que otros. Aun cuando en la Venezuela democrática los presidentes entregaban el poder sin miedo a ser apresados, pues no habían incurrido en delito, no es ese el caso de quienes ahora están atornillados en el poder de facto. Por ejemplo, ante las acusaciones de crimen y dolo, la respuesta cínica del gallero mayor del régimen venezolano no es otra que: “cuando les toque a ustedes (a la oposición) no querrán que los persigan por corrupción”. No sale él de su premisa sobre que “su hombre nuevo” es un reptil y que no hay otra opción sino degradarse junto a ellos en la “quinta paila del infierno”.

Pero lo que nunca nos esperamos es que, mientras nuestras naciones del tercer mundo se las juegan para mantener sus instituciones, vengan algunos factores de poder en el primer mundo, a solicitar membresía en la quinta paila. Justo el día del desaguisado de Pedro Castillo, al otro lado del Atlántico, la policía alemana hizo allanamientos a la misma hora en todo el país y en otros lugares de Europa. La operación tenía como propósito desmantelar un plan para derrocar al gobierno de Alemania y asesinar a personalidades. Veinticinco personas fueron arrestadas. Los objetivos de los conspiradores eran para crisparle los nervios a cualquiera. Lo interesante es que, aun cuando las autoridades conocían de los sujetos y sus actividades desde los años 80, no es coincidencia que la agresividad de éste último sea equiparable con el intento de golpe de Estado al Gobierno de los Estados Unidos en enero del 2021.

En los Estados Unidos hay gente aliviada de que se hayan atajado tales desastres tanto en nuestra región como en Europa. Admiran la decisión en el juicio a Cristina Kirchner, la solidez del Congreso peruano, y al mismo tiempo se les abre el panorama y reconocen por qué sus propias instituciones no previnieron los eventos del 6 de enero del 2021. Los conocedores saben que el cráter institucional aún no se ha resuelto y que deben desmantelar las mafias que continúan enquistadas en los organismos de seguridad; la carrera que viene es de pulso.

Es duro vivir en el tercer mundo, con la quinta paila a la vuelta de la esquina, pero alzo mis mayores votos porque la claridad prevalezca y triunfe. Y sobre el primer mundo, como he escrito en notas anteriores, cada día se me antoja como un espacio donde se trabaja y se deja trabajar, se vive y se deja vivir y donde las personas se valoran a sí mismas como colectivo.

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