martes, 23 abril 2024
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De todas maneras rosas, la moral no importa

La clase política de Guayana, expresión de esas elites nacionales incapaces de regenerar y hacer nuevo el juego público, llama a que sean ellos los que conduzcan el liderazgo porque el proceso de las primarias nunca estuvo en sus planes.

@OttoJansen

Acosados por la maldad, perseguidos y con la muerte en cada rincón del país y el mundo, los venezolanos no estamos obligados a enjuiciar a la tiranía como si se tratara de un tópico de carácter moral. Así nos dicen algunos expertos. La sociedad se ha descompuesto tanto -deducimos- que sus referentes no pueden ser ni valores o principios los que orienten las decisiones políticas, sino ese pragmatismo que, disimulando lo fétido, impulse supuestamente el alivio de las penas y dramas nacionales creados por la mitología revolucionaria. Es un dilema clásico y recurrente en la historia por el poder político, que en situaciones de difíciles trances encontramos y en lo que no pocas veces debemos tranzar con el mal para que el mal no siga: la homeostasis social perfecta, seria. El asunto es que las vivencias directas demuestran y lo han evidenciado siempre, aunque por razones obvias no se haga mucho ruido de estos episodios, de que al asumir esos lances no hay vuelta atrás y que luego es casi imposible establecer los límites entre lo honesto y la indecencia. Entre lo moral, ético y lo que definitivamente no lo es. Es aquello que el obispo sudafricano Desmont Tutu refería con: “Reparar injusticias sin crear justicia siempre termina empeorando la realidad”.

Es el propósito de asumir como vaina sencilla y sin relevancia la deslealtad, el irrespeto, la manipulación y desestimación de la gente en aras de los “juegos de la política” y que no importe mucho. Que pueda el cruce de límites ser normal con tal que sirvan a alianzas y compañeros de ruta en los propósitos superiores que, por cierto, nunca llegan a cristalizarse pese a las promesas. En momentos que se hunde la sociedad no solo en lo material, sino y sobre todo en lo espiritual, por la acción del autoritarismo es el sentido “práctico”, sin el aguijón de la conciencia el que está llamado a ser portavoz de banderas de la honestidad: la contranatura del proceso de cambio al que los ilustrados llaman ahora “lo imaginario”. En el estado Bolívar, por ejemplo, que ha sido el escenario de nuestras reflexiones en estas líneas, al desarrollarse el episodio del lunes 25 de marzo a media noche, con el bloqueo electoral a la opción opositora y la “sorpresiva” y bien calculada jugada de Manuel Rosales. En Guayana, repito, ya los farsantes de siempre, los dirigentes partidistas que nada significan para el sentimiento social ni para las nuevas generaciones, se prestan al reparto de la botella vacía de los recursos regionales que quedan del desastre revolucionario. Esto lo hicieron en el 2018, con delirios que no podían conectarse con la gente y ahora en 2024, con la jugada de aplastar las primarias en alianza con el régimen, teniendo al purísimo de Rosales de candidato más la campaña contra la abstención (ese fantasma que descubrieron para seguir con los negocios electorales), lo perciben más cerca de concretar.

La clase política de Guayana, expresión de esas elites nacionales incapaces de entender a la gente y la obligación de regenerar, y hacer nuevo el juego público y la dinámica política; llama a que sean ellos los que conduzcan el liderazgo porque el proceso de las primarias nunca estuvo en sus planes y era necesario anular el triunfo de María Corina Machado por lo que significa de popular, de compromiso, de garra de mujer y de transformación a un ciclo putrefacto al que la mitología revolucionaria le puso el sello mayor a lo ya muchos años de círculo vicioso.

El voto del Joker

Los venezolanos quieren salir del drama que ha desconfigurado a la nación a límites dantescos. Desde el 22 de octubre del año pasado demostró que quiere votar en masa, a diferencia de otros momentos. Hay que votar, pero lo otro no menos valido y trascendente es que el país no quiere continuar con las mentiras y con los personajes cínicos y sin nobleza, como el ejercicio normal de la política. Este país ha sido siempre para los piratas de la sabana, acomodándose según sean los signos que se presenten. La candidata María Corina Machado sabrá decir lo que tenga decir y eso tendrá repercusión y respeto en las horas que corren y en las semanas que vienen. Pienso, sin embargo, debe puntualizarse: la definición del destino del país, amenazado con la entronización totalitaria se encuentra en el plano que confronta las elites grupales con las bases de la sociedad venezolana. El proceso de cambio continuará y se expresará electoralmente por encima de las trampas del régimen y de las tramoyas de los partidos políticos. La población tiene cada vez más sentido de lo que significa la lucha cívica y de cómo abordar el pulso a esa ruta con firmeza y sin estridencias.

Si el chantaje de lo que se entiende por realpolitik logra imponer en el presente capitulo a Rosales, aupado por los “realistas” y los expertos electorales, descartando la opción legítima de la candidata Machado, la población tendrá que pasar el trámite de no ser “abstencionistas” complaciendo a la clase política a fin de que disfrute gozosa de sus beneficios inmediatos. Pero hasta ahí, porque ha de quedar constancia que la operación será de las tropelías de la elite variopinta, no de la gente. No podrán existir garantías de cambios y que por los acuerdos con el chavismo (siempre de actor privilegiado) la justicia será un accesorio, permaneciendo las estructuras y el andamiaje legal socialista. Ha de dejarse registro que la opción del mal menor será la perfecta fachada para a quienes no les interesa reconocer la naturaleza opresiva del modelo revolucionario. Sencillamente no habrá futuro al no entenderse que el fin no justifica los medios y que las ideas, la ejemplaridad y ética preceden a toda acción. ¡De todas maneras rosas! No hay moral.