lunes, 23 de mayo de 2022

De los convencionalismos

Para los grandes maestros Pablo Picasso y Piet Mondrian, sus obras debían pretender ser factores de cambio. Debían ser instrumento para romper con los convencionalismos.

@ngalvis1610 

Siempre ha existido esa suerte de molde para determinar el comportamiento humano en la sociedad. Los colores que deben vestir los niños según su género, por ejemplo. Ahora vemos que las personas anuncian el sexo de su próxima descendencia haciendo aparecer un color venido en objetos como globos, entre otros.

Es decir, un color puede decir de ti, más que tú mismo. A los seres humanos nos gustan los colores, y a cada persona le gusta un color en particular, pero si eres hombre no debes vestir de rosa. A mí me gusta el verde, pero mi artista favorito es Mondrian, quien rechazó ese color para establecer su distancia con cualquier referente de la naturaleza. Porque convencionalmente lo natural es verde, no cabe otra apariencia cromática. 

Resulta increíble cómo las convenciones sociales prescriben al hombre y lo determinan. No conocemos del alma, pero establecemos su apariencia y presencia. Así que no importa lo que sientas y cómo lo sientas, lo que es importante es la forma en que te expreses y cumplas con los convencionalismos. Por eso, entre tantas cosas hablamos del racismo como algo que no debería existir, la discriminación y la exclusión. Pero todo parece consustancial con la humanidad. Ya hemos dibujado el mapa que define a las personas y le hemos puesto color.

Los convencionalismos parecieran destinados a establecer la razón de ser y de estar. Es más sencillo juzgar desde las convenciones que dedicarse a conocer del otro. Aquello de que todos deberíamos ser iguales ante la ley nos ha llevado a cortar con la misma tijera a las personas. Entonces todos pensamos igual, todos sentimos y queremos lo mismo, al mismo tiempo y en el mismo lugar.

Sin embargo, me inclino a romper con las convenciones. Me gusta nadar contracorriente de vez en cuando. Tratar de encontrar una forma diferente de volar como Juan Salvador Gaviota. Y rescato de Mondrian un cuadro que puede sorprender, porque pertenece a su etapa figurativa, muy distante a lo que estaríamos acostumbrados a ver de él. Retrato de una joven de rojo, realizada entre 1908 – 1909. Se aleja de lo reconocible del artista porque lo hemos mencionado en algún texto anterior. Mondrian está más asociado al movimiento neoplasticista, la modalidad artística que tiende al concepto de un lenguaje pictórico universal.

Su impronta radica en un vocabulario de ingredientes pictóricos definidos por cuadrículas de rectángulos negros, rojos, amarillos, azules, grises y blancos. Pero esto no fue más que la culminación de una larga y meditada evolución artística y filosófica. En Retrato de una joven de rojo, Mondrian ya preludia su intención teosófica. La joven está centrada en el lienzo como prefigurando las telas rectilíneas de 1920 y 1930, su postura y expresión la suponen sumergida en un mundo de silencio estático.

Esta imagen pareciera exponer ese interés de Mondrian por simplificar los temas hasta lograr reducir al mínimo su contenido referencial, lo que denota ese convencimiento del artista que su obra podía ser instrumento de cambio de las formas y convenciones sociales.

Por lo menos tres años antes de la aparición de este particular cuadro, nos encontramos con otra maravillosa obra: Joven con pipa, de 1905, y realizada por Pablo Picasso. La recuerdo particularmente porque fue vendido por ciento cuatro millones de dólares a un anónimo postor en Sotherby’s, de Nueva York, en 2004, convirtiéndose así en el cuadro más caro de la historia hasta esa subasta.

Lo pintó a la edad de veinticuatro años y es considerado como una de las obras con más poética de su periodo rosa. Picasso, hacia 1905, se alejó de sus figuras estilizadas y demacradas que definieron su periodo azul. Se encaminó hacia un clasicismo más armonioso, contrario a la pobreza que vivió en Montmartre y se inspiró en la alegría y entusiasmo de los acróbatas, payasos y demás personajes circenses que actuaban en las cercanías.

Iluminó y resplandeció su paleta y con esto alegró sus temas, cada vez más fascinado con la gente que no encajaba con el resto de la sociedad. Creó una de las imágenes más celebradas de la belleza adolescente. Se afirma que el modelo debía ser “petit Louis”, un muchacho que era asiduo visitante de su taller. Según el propio pintor, el muchacho permanecía casi todo el día, observaba con detenimiento y especial interés todos los pasos del artista.

Su imagen representada en el lienzo le muestra con expresión indiferente, lo que le aporta una notable ambigüedad. Coronado con una guirnalda de rosas, sosteniendo una pipa, enmarcado por ramos de flores que cuelgan en las rosáceas paredes, “petit Louis” deviene misterio y rompe con los convencionalismos de la época.

Dos obras, dos momentos, dos interpretaciones, dos paletas que apuntan hacia la ruptura. El verdadero reto está en el cambio, en la creación. Lo fácil, alcanzable y posible es sumirnos en lo convencional.

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