domingo, 25 febrero 2024
Search
Close this search box.
Search
Close this search box.

Curso de lectura rápida

La paciencia, la lentitud, los proyectos a largo plazo, son hoy discursos obsoletos en la nueva lógica de las relaciones sociales. La literatura, sin embargo, se resiste a ese trepidante cambio de marcha y exige a los lectores el mismo pausado movimiento que demuestran los verdaderos amantes.

@diegorojasajmad

Hace algunos años, mientras realizaba trámites en una oficina pública, se me acercó un vendedor, de esos de paltó y maletín, y me ofreció, folleto en mano, la inscripción a un curso de lectura rápida:

Es la solución a los problemas de nuestra época, me dijo en tono de predicador. Ya no nos queda tiempo para nada… los atascos del tráfico en las horas pico, el trabajo que llevamos a casa, las obligaciones del día a día que se acumulan y nos dejan como esclavos, como marionetas a merced de un invisible titiritero…

Tanta palabrería hueca y adornada me estaba generando suspicacia y, justo cuando le iba a responder que no estaba interesado, dirigió su mirada al libro que llevaba conmigo.

– ¿No le gustaría terminar de leer ese enorme libro (dijo señalándolo con sus labios) de… trescientas… cuatrocientas páginas (puso cara de experto calculador de pesos y medidas), en apenas media hora o menos?

La pregunta me hizo enmudecer y desencadenó una larga serie de otras preguntas que resonaban en mi interior. El vendedor aprovechó mi desconcierto y siguió con su aprendida táctica de mercadotecnia:

– Usted parece un hombre al que le gusta leer. Imagine tener la oportunidad de disfrutar de todos los libros del mundo y, aun así, tener tiempo para su trabajo, para su familia y hasta para sus “escapaditas”. Esto último lo dijo con sorna.

El vendedor siguió con su perorata… Hablaba de devorar páginas y páginas en pocos segundos (como si la lectura fuese un concurso de comedores de perros calientes, cuyos participantes ganan por la cantidad de pan y salchichas tragadas en el menor tiempo posible), y al instante dejé de oírlo, pues en mí continuaba el remolino de reflexiones…

Este gusto por la velocidad, por hacer las cosas con rapidez, es quizás un signo de que estamos inmersos en un nuevo contexto, un nuevo proyecto de sociedad donde el tiempo ha trastocado sus manecillas. Nuestras prácticas y valores temporales han cambiado y se manifiestan en muchas de nuestras actividades cotidianas: ahora la escritura debe ser de brevísima extensión, fugaz, como los llamados cuentos para leer en el autobús o el metro. Los textos de las redes sociales no deben sobrepasar un pequeño límite preestablecido, so pena de generar tedio y la pérdida de seguidores. La angustia de enviar un mensaje por WhatsApp y que te “dejen en visto”, así sea por algunos minutos, es una tortura que puede generar el fin de una vieja relación de amistad o de amor. Las series o películas, cada diez, máximo quince minutos, aceleran su narración para no dejar escapar la atención de los espectadores. “Lo bueno, si breve y rápido, es tres veces bueno”, parece ser el eslogan de nuestros días.

Peligrosamente esta nueva condición del tiempo puede llevarnos a una sociedad de la impaciencia y la frustración. Deseamos ver resultados lo antes posible, sin tardanzas. Los proyectos a largo plazo son una quimera, y el “aquí y ahora” pareciera ser el único valor que le da sentido a la vida. La lentitud y el aburrimiento son los signos molestos de nuestro tiempo -diríamos parodiando a Ramos Sucre-.

A propósito de estas reflexiones, el peruano Constantino Carballo, en un artículo publicado en el 2003 y que lleva por título La computadora en el aula; de la tecnofobia a la tecnofilia, plantea una interesante hipótesis al relacionar este exacerbado elogio a la velocidad con las nuevas tecnologías y sus nefastas consecuencias en los jóvenes. Bien vale la pena transcribir la cita en extenso:

“Una influencia perniciosa de las computadoras es la telepresencia. Los jóvenes han adquirido un nuevo vicio: la relación constante e ininterrumpida con los otros. A la lentitud del diálogo interior se ha impuesto la presencia virtual de todos y de nadie en un concierto de solitarios acompañados por la bulla, las imágenes y la escritura ajena que los aparta de sí mismos. Pienso que los jóvenes no saben ya aburrirse y que la velocidad es una exigencia que se traslada luego al mundo real, que deviene en decepción y molestia. Es difícil atender y escuchar el discurso del maestro porque es lento y no cambia como debiera de un lado a otro. Es imposible tolerar la literatura con su inmovilidad y su demanda de atención sobre lo mismo. Y hasta el cine resulta medido por la relación espacio-tiempo que manda la única magnitud aceptada: la velocidad. La buena literatura, la música clásica, el cine profundo y sabio, desaparecen como fuente de entretenimiento. Y hasta la reunión para conversar, la tertulia, es menos entretenida si se hace fuera de la pantalla y el mouse. Dar a nuestros niños una cadencia que les permita el disfrute de la palabra y el silencio, de la actividad y el ocio, del amor y la soledad. Porque esa incapacidad para la lentitud está en la base del consumo de drogas y la búsqueda frenética de la diversión”.

De seguro habrá detractores de esta polémica afirmación de Carballo (otros verán una explicación al reciente temor por el aburrimiento causado por la cuarentena) y aún así esa cita no deja de ser fascinante. Ayudar a sincronizar el tiempo interior de niños y jóvenes, formar también la paciencia, la soledad y el silencio, son contenidos de un inexistente programa educativo que no parece estar a tono con los nuevos tiempos y al cual de seguro se echaría a un lado por improductivo e ineficaz. Sí, se requiere una educación que forme en saber científico y técnico, pero que tense además las íntimas cuerdas de las emociones, lo ético y lo espiritual.

La cultura marcha a otros ritmos y, como la fábula del conejo y la tortuga, las nuevas prácticas de la velocidad y el aburrimiento la sobrepasan constantemente, con desdén. Sin embargo, no podemos acercarnos a las obras de la cultura cual si fuesen parte de un menú de comida rápida. La lectura -pero lo mismo aplica a la escucha de música o al disfrute del arte- requiere del sosiego para entrar en contacto con el universo simbólico que nos ofrece el autor, para saborear el texto y detenernos en cada frase o palabra que logre alterar la quieta superficie del alma, para entablar una conversación con nuestro yo (esa vocecita interior que nos lee) y así lograr lo que hace la verdadera cultura: humanizarnos.

La lectura rápida puede informarnos acerca de una obra: su historia, su fecha de publicación, sus personajes; pero nada hace con la verdadera educación, la que forma razón y espíritu por igual. “Es como si enseñáramos literatura contando el argumento del ‘Quijote’ sin leer a Cervantes. ¿No es esa la educación usual en la mayoría de los países hispanoamericanos? ¡De cuántas vanas noticias, fraseología y simplificaciones están poblados nuestros programas de enseñanza!”, denunciaba Mariano Picón Salas con mucha razón hace ya varias décadas.

La lectura sin ningún fin instrumental, la que se realiza sin la obligación de entregar luego un informe o reseña, la que se hace sin cumplir la cuota de una lista o actividad de evaluación, y sin tiempos a contrarreloj, es quizás la meta más difícil de alcanzar en la educación en cualquiera de sus niveles. ¿Cómo fomentar la lectura sin que sea un “deber”, sin la irreal labor de “analizar” ocho o quince obras en el breve lapso académico? ¿Cómo hacer de la lectura un lento y placentero vaivén de sonidos, sensaciones e ideas, como el que suelen experimentar los verdaderos amantes?

Llegó mi turno. Ya sentado frente al funcionario, volteé y observé cómo ahora el vendedor se acercaba a una mujer que leía con fruición las páginas de un voluminoso libro…

Otras páginas

Para ser escritor: “Solo puede ser escritor quien sienta responsabilidad ante esta vida que se destruye. Debe permanecer activo y jamás capitular bajo ninguna circunstancia. Su orgullo consistirá en enfrentarse a los emisarios de la nada -cada vez más numerosos en literatura- y combatirlos con métodos distintos a los suyos. Vivirá de acuerdo a una ley que es suya propia, aunque no haya sido hecha especialmente a su medida”. Elías Canetti.

¡Más noticias!