sábado, 24 febrero 2024
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Cuando a un gobierno y a una oposición les une el cinismo

El escenario nacional parece estar comandado por la intencionalidad de espantarse ante las posiciones firmes. La obsesión por una mal entendida civilidad induce al mutismo para lograr “avances estratégicos”.

@OttoJansen

La moral no entra en la ecuación de los balances sociales, económicos y por supuesto políticos. Sin embargo, para las sociedades en descomposición material y espiritual cobra relevancia hasta hacerse foco de interés masivo -que como a los otros componentes del quehacer-, debe darse respuestas para retomar sendas de reconstrucción, visión y caminos.

No es un teorema exquisito, tampoco es gusto por el regodeo teórico ante situaciones crudas de la emergencia social, descalabro económico y atasco institucional existentes en Venezuela debido a los nudos de intereses del modelo revolucionario que atropellan a la población.

Es precisamente por la crisis integral y prolongada e inaguantable que insistir en el tema ético, en el acento moral, es una obligación para todos y un punto determinante para empezar a construir el futuro inmediato, ahora caracterizado por la incertidumbre y por una gran dosis de voluntarismo. Porque es el espectáculo, el último, quizás el mejor logrado por el régimen en cuanto a la supuesta persecución de la corrupción con caimanes de su mismo charco, lo que expone con creces el nivel de contaminación nacional de escepticismo, la postura simple, el uso de términos como “moral” revolucionaria. Mientras un sector, deseoso de obtener la complacencia de un modelo que decapita derechos y libertades (nada metafórico, según se prueba en los expedientes de crímenes de la Corte Penal Internacional), emiten palabras de trámites a la puesta en escena, haciéndola expresión de la justicia.

La exhibición de la decadencia moral nacional como show televisivo, difundido por las redes sociales y los portales informativos, ha calado hondo en la percepción y el alma venezolana: jóvenes, mujeres, comunidades, profesionales, comerciantes, emprendedores y en todas las clases sociales. Esto no es cosa simple y se subestiman los niveles de comprensión que el hecho genera en la evaluación colectiva del país. ¿Puede soslayarse con facilidad la calidad de políticos que tenemos y que además se exhiben sin pudor? Códigos de imágenes con la riqueza expresada como “viveza” de personajes que practican la justicia social para su gigantesco beneficio. Jueces, diputados, alcaldes, militares, gerentes; desacreditados estos desde hace mucho, a quienes se suman féminas símbolos de una belleza que no es la que caracterizó el encanto de las mujeres que proyectaron el país como únicas y maravillosas. En algunas partes del planeta, donde la diáspora nacional se abre paso a una vida sin tantos sobresaltos y con el lema de la calificación y la decencia, se ventila la imagen de gente delictiva. ¿No hay que emprender sin demora la cruzada por dejar claro cuál es la verdadera moral de la Venezuela de bien, alejada de la pudrición que se muestra como un episodio casi que normal, pero con ribetes circenses?

La responsabilidad

El escenario nacional parece estar comandado por la intencionalidad de espantarse ante las posiciones firmes. La obsesión de una mal entendida civilidad contra los antivalores, induce a comportamientos de mutismo o eufemismo para lograr “avances estratégicos”. Le escuché a un candidato a las primarias opositoras que no había que recordar las penurias que pasan y han estado en la vida de los habitantes, porque estos ya las conocen. Verdad a medias, por cuanto el papel del líder es explicar hasta el cansancio razones y causas en aras de propuestas de soluciones: una forma de señalar con precisión los responsables del hundimiento del país. Veo a otro de esos candidatos pretendiendo la nostalgia por las movilizaciones de años atrás con emociones, ahora trastocadas en cálculos y actos prefabricados: una forma de no usar la palabra contra la inmoralidad gubernamental y la maniobra política de la que ahora es inherente. Se pasea por el país la “pureza” revestida en este instante de electoralismo, sin tiempo para la propuesta sustancial, como si el viejo camino populista no hubiese reforzado el infierno donde nos encontramos. Se habla de unidad, cuando esta es imposible si no desenmascara con puntualidad las responsabilidades ajenas y propias.

Es el cuadro político nacional, pero a nivel de las regiones, es todavía más dantesca la involución de valores de los diversos sectores, encabezados por los denominados partidos políticos de oposición. No es solo que no hay coraje democrático para las luchas que pudieran esperar la gente; es como en el caso del estado Bolívar, donde el miedo a reconocer las irregularidades de esos factores (amplio historial de acuerdos con los gobernantes chavistas hacia la obtención de beneficios particulares), es justificado con las alianzas “obligadas” para vencer al adversario revolucionario. El cinismo unido a la falta de escrúpulos como virtudes de gestión pública y del ejercicio político es un manto espeso; la propia gangrena del tejido institucional venezolano que tiene que vencerse para relanzar los cimientos de la nación decente, aplastada en sus iniciativas cívicas por la normalización de oscuros requisitos de “éxito”.

Ya tenemos suficiente recorrido, demasiadas alertas no escuchadas, víctimas e historias desgarradoras, durante 24 años; pero también está la determinación ciudadana de dar el paso al frente: el compromiso histórico de que en una Venezuela de cambios, no tenemos por qué conformarnos con la cultura de la inmoralidad y el cinismo de protagonistas.