viernes, 23 febrero 2024
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Cortos de julio

Los filósofos han disertado sobre la libertad y la verdad desde la antigüedad. Leerlos es ejercitarse en pensar la propia vida, pero no es el intelecto realmente quien dirige nuestras lecturas.

Eso que llaman capitalismo

El capitalismo, como otras herramientas o instituciones, funciona o no en la medida en que esta se conciba. En vista de que el capitalismo no pareciera salir de círculos viciosos y atolladeros, han surgido diversas críticas referidas a los dogmas y prácticas obtusas entre los economistas del primer mundo, especialmente después de la crisis bancaria de 2008. En ese entonces, la economista Mariana Mazzucato se opuso a las medidas de austeridad contra el sector público que ella consideraba clave para enrumbar la productividad. Con una actitud resoluta, Mazzucato comprobó en el 2011, que la innovación tecnológica provenía, no de unos genios solitarios, sino de la investigación proveniente de instituciones públicas. La ahora influyente planificadora de finanzas públicas ha defendido las inversiones en la educación e investigación públicas ante quienes las desestimaban como “gasto”.

Por otra parte, desde los predios de la izquierda, el afamado lingüista Noam Chomsky compara la racionalidad del capitalismo de Adam Smith con la irracionalidad del presente. Para el fallecido escritor y economista José Luis Sampedro, el miedo al riesgo y a la expansión ha causado la contracción del capitalismo. Otro prominente economista, y mis disculpas por no recodar su nombre, dijo que el capitalismo es enfermizo cuando el consumidor gasta dinero en estupideces. El comentario deja entrever que el capitalismo refleja el estilo de vida y las valoraciones del conjunto, lo que es visible en la ley de la demanda y de la oferta. Se produce lo que la demanda requiere.

Como con lo que se desea, hay que tener cuidado con lo que se demanda, pues puede uno ir a parar en una calle ciega. Un ejemplo es el caso de la asepsia excesiva o la manía de acabar con los olores humanos, casi una negación de la propia biología. El usuario gasta tiempo y dinero en limpiar su cuerpo como si estuviese lavando platos, y hay una industria que responde a esa “necesidad”. Después hay otra dedicada a “reponer” los nutrientes y capas protectoras del cuerpo cuando a la persona se le infecta o afea la piel.

Es ese un modelo de oferta-demanda más extendido de lo que se supone, y puede estar presente en las más insospechadas situaciones. El negocio es erosionar, crear problemas innecesarios sólo para prometer una falsa solución. Nada nuevo bajo el sol, pero.

Debates sobre la libertad y la verdad 

En varias ocasiones alguien me ha dicho que la libertad y la verdad no existen. Normalmente lo he percibido como una jugada para cerrar la conversación más que para ampliarla o entrar en debate. Hubo una oportunidad en que hubiese querido escuchar los argumentos de la otra persona, visto lo ameno del tema, pero me dio pereza entrar en un laberinto. En otros casos estaba claro para mí, que la persona respondía a su particular agenda política.

Hace un par de años fue un musulmán quien puso sobre la balanza la libertad desde la ética de su religión y la del judaísmo y yo, la verdad, preferí escucharlo y no interrumpir, dejarme llevar y entrar en un juego de complicidad. Al rato no me fue difícil entender que sus supuestos no son tan ajenos ni a mi religión ni a mi tradición latinoamericana. Por ejemplo, hay momentos históricos en que la religión católica ha considerado a la humanidad como indigna, incapaz de conducirse a sí misma. No hay nada nuevo en eso. Pareciera la libertad, un péndulo. En la serie Heterodoxa, una adolescente judía huye de las restricciones de su familia jasídica en Nueva York, para irse rumbo a Berlín. La protagonista se aventura en un viaje de vida, un rito de paso en el que conocerá a estudiantes de música en un ambiente hippie y allí sabrá de ese otro mundo más allá de las paredes de su religión ultraortodoxa. En el transcurso de la historia, se hace visible que, indistintamente de con quién o dónde se esté, debe uno acatar normas, seguir costumbres. En esos contextos, la libertad se define como el poder escoger los senderos de la propia vida.

Sobre el tema de que la verdad no existe y que todo es mentira, ese es un sin piso que me causa vértigo. Me pregunto qué pensarán los críticos de la verdad cuando se dan un golpe o se queman, si dirán que eso también es una ilusión. Entre las medias verdades y la distorsión de las referencias, puede uno quedarse en el aire, guindando, y más aún, cuando esas posiciones se vuelven “moda” en tiempos de oportunismo y prestidigitación mediática.

Los filósofos han disertado sobre la libertad y la verdad desde la antigüedad. Leerlos es ejercitarse en pensar la propia vida, pero no es el intelecto realmente quien dirige nuestras lecturas, sino el espíritu. Es el amor lo que nos guía en qué entender con una cosa u otra.

En cuanto a si la libertad existe o no, fuera de los argumentos sobre el destino o la voluntad, cuando la pregunta surge en la plaza pública me da escozor. De sólo saber que hasta en los sistemas de libertad le pueden dar a uno un zarpazo, imagínense qué no harán los ganados por los regímenes autoritarios. Es tal la tentación del poder en quitarnos la libertad, que no podemos ceder a sus juegos. Por eso decidí decir que ella existe porque uno necesita que así sea. La libertad se convoca y se crea como una decisión política.

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