jueves, 22 febrero 2024
Search
Close this search box.
Search
Close this search box.

Contra el cinismo, ética y política

El espectro de representatividad social y protagonismo político se extingue en una operación deliberada de imponer el pensamiento único al país, pero también por visiones acomodaticias sobre las luchas por rescate del orden constitucional.

@OttoJansen

Permanentemente dirijo estas líneas al acontecer de las comunidades en las que el atraso, el olvido y las incompetencias de gestión, remarcadas desde el proceso revolucionario, las hunden en el sufrimiento colectivo; sin perspectivas de futuro sostenible. Por ejemplo, una vez más vemos cómo las promocionadas soluciones a la troncal 10 se vuelven un carato de barro que atenta contra la vida de los que la transitan, además de aislar a las poblaciones, fundamentalmente a Santa Elena de Uairén, ciudad fronteriza que en términos de asistencia queda en manos de la improvisación y de la suerte. Vemos cómo la ofensiva de los cuerpos de seguridad contra las bandas antisociales en el municipio Sifontes se trastoca -según versiones de pequeños mineros- en guerra contra los ciudadanos que buscan su comida, y observamos como hecho, quizás más importante, que en Caicara del Orinoco los habitantes, pese a las precariedades de todo tipo, salen a las calles del pueblo a reclamar el combustible, que es un elemento casi extraño en la desvencijada política petrolera nacional y en el racionamiento impuesto, primordialmente, a todas las ciudades, grandes y pequeñas, de la extensa Guayana.

Estos episodios, nada novedosos, conforman razones y valoraciones de gran calado en la realidad social y política de la región, muy poco apreciadas. Ocurren, por la minimización que hace el régimen, la poca difusión debido al cerco a los medios independientes y críticos, y por supuesto a una clase política decapitada, obsoleta y sin compromiso social, que repite las fórmulas gastadas del ejercicio político tradicional, que en condiciones de democracia, ya no repercuten en la opinión pública y que en tiempos de omnipresencia dictatorial menos puede tener relación efectiva con la sociedad. De allí se desprenden conceptos y visiones que se ocultan tras la cotidianidad, la inercia o la incapacidad para salir al encuentro del esfuerzo duro y trascendente.

Aquí podemos vincular la rudeza y lo tosco de los días regionales con la magnitud de los actos a los que estamos obligados para salir del atolladero repetitivo con la que enfrentamos las dificultades económicas, las distorsiones sociales y las trampas del modelo político revolucionario que cada día ajusta sus piezas en la dirección autoritaria. ¿Por qué la regeneración política? ¿Por qué no son las acciones mecánicas, como el llamado a elecciones o a renovaciones de maquillajes de las ignoradas organizaciones partidistas, las que pueden sembrar optimismo y capacidades de luchas? ¿Dónde entra la ética y la política en el escenario local y nacional, tal como ha sido en los momentos históricos de grandes definiciones de los pueblos del mundo?

“La elección”

El espectro de representatividad social o protagonismo institucional y político venezolano se extingue en una operación deliberada por la pretensión de imponer el pensamiento único al país, pero también por el estancamiento, el burocratismo y las visiones acomodaticias sobre lo que deben ser las luchas por el rescate del orden constitucional, los conceptos de libertad y las nuevas manifestaciones del sistema democrático, con sus exigencias y debilidades contemporáneas. El coraje con pulso civilista le ha dado paso al cinismo en las conductas y cálculos de las dirigencias conocidas. Las operaciones políticas y de movilización que hoy se ventilan en el país sobre elecciones primarias, rescate del valor del voto, reclamo de elecciones libres y justas, son necesarias para decantar y reunificar de posiciones, agrupación de voluntades y encausamiento de una dirección de los factores democráticos. Estas faenas de orden práctico, sin embargo, están muy lejos de tener asidero popular y con más seguridad tampoco poseen capacidad de impulsar, per se, las trasformaciones que los venezolanos piden. ¿Por qué? El cuerpo partidista se encuentra gangrenado de miserias e intereses propios; intervenido tanto por el modelo chavista, como por una profunda desestimación del sentimiento popular. Carecen de espíritu de grandeza, de búsqueda de la historia que el presente momento impone. Son fórmulas mecánicas -repetimos- que no despiertan la esperanza del bien común: eso que es la ética, que debe ser la política en el protagonismo de los pueblos. Esa es, primera que ninguna, la verdadera elección planteada.