sábado, 2 de julio de 2022

Bumbac de Tres Rosas: sonidos de El Callao

El recorrido de la reflexión tiene por objeto dejar claro que lo que ahora sucede en El Callao, en Guayana y en todo el país no es producto de un virus que forjó la naturaleza. Ello ha obedecido a premeditadas políticas de gestión y al férreo control gubernamental.

@OttoJansen

Las Tres Rosas es la calle de El Callao (municipio minero del estado Bolívar) que es sede de Nueva Onda, una agrupación emblemática del calipso local, fundada por los hermanos Clark. En el conjunto, la figura de Carlitos, como fue conocido, era de los cuatro quizás la más popular. Durante años, la música, los numerosos cultores, las madamas y espacios físicos del pueblo, fueron objeto de curiosidad para la investigación de las corrientes antillanas asentadas en esta parte de la extensa Guayana, y aun cuando la historia de la explotación del oro era materia inherente, nunca pareció llamar la atención a propios y extraños.

Llegamos a apreciar magníficos trabajos periodísticos sobre la fabricación de los bumbacs, los fundadores del pueblo y la organización de los eventos de carnaval, famosos en todo el país. Incluso trabajos, con gran rigor, de la influencia de las islas del Caribe en la tradición culinaria callaoense. Si bien en el desarrollo de los últimos 20 años, de signos tan drásticos en las características que hoy atropellan a todas las jurisdicciones mineras, disfrutamos de alabanzas a la localidad que integra comunidades como Nacupay, La Chalana, El Perú, San Luis o Caratal, lo cierto es que con la avalancha de buscadores de oro que se instalaron en su territorio, o los increíbles robos descubiertos en la aparentemente inexpugnable empresa estatal Minerven, con sede allí (quizás el primer foco de corruptelas de oro por parte de altos funcionarios de la revolución bolivariana), se produjo que la temática se trasladara a reportajes múltiples, nacionales o internacionales, enfocados en las distorsiones sociales y económicas que condujeron a “normalizar” las muertes por derrumbes en la extracción y por la violencia enquistada que implicaron a cuerpos de seguridad del Estado y a bandas antisociales, amalgamados en tramas de intereses con militares, socios del gobierno y otros factores no tan secretos.

De allí que el asesinato reciente, de manos de una de estas bandas, del apreciado Carlos Clark se inscribe en esta realidad, como ayer lo fue de la exconcejal Mara Valdez, al igual que muchos pobladores cuyos cuerpos han aparecido en las calles de ese municipio. Es una tragedia que se vive en la cotidianidad de estas poblaciones y que cada cierto tiempo tiene sobresaltos de mayor impacto, bien sea por las matanzas o al sucumbir alguna de sus personalidades más queridas. Ahora, en los hechos, el pueblo tiene años en esa condición donde no se salva nadie: sea nativo, visitante, integre a los admirados músicos, o no tenga nada que ver. Defienda a la revolución o sea opositor. Todos pueden ser asesinados.

Sociedades secretas y alianzas perfectas

Los pueblos de Guayana tienen una larga riqueza cultural, histórica y de estoicos esfuerzos por su desarrollo, apenas conocido. El hipnotismo del oro y el diamante siempre ha aparecido en periodos significativos pero han prevalecido la inteligencia y los valores sobre la anarquía y los episodios que han entremezclado el poder económico y el político. Los años de la revolución han trastocado esas anomalías convirtiéndolas en auténticos horrores, secuelas que han sido minimizadas por la narrativa de la justicia social, la implantación socialista y los “enemigos de la patria”.

En El Callao, particularmente, el movimiento del calipso, en la etapa democrática permitió su creación como municipio, sus carnavales impulsaron pasos significativos aunque insuficientes para el turismo; la Misa de las Madamas fue un símbolo religioso de la cultura y el respeto por las tradiciones. Pues bien, la revolución se apoderó de estos escenarios; hizo de su simbología un estandarte político con la gestión del general Rangel Gómez, que vistió de madamas la corte femenina oficialista como imagen de gobierno “potencia”. Vale recordar la fecha en la que juntos se agarraron de la mano, dirigentes revolucionarios con pretendidos opositores que privilegiaban esas fotografías a la denuncia de las aberraciones que ya asomaban la cara. Por cierto, todavía, muchos de esos actores, actúan en el panorama del estado Bolívar.

El recorrido de la reflexión tiene por objeto dejar claro que lo que ahora sucede en El Callao, en Guayana y en todo el país no es producto de un virus que forjó la naturaleza. Ello ha obedecido a premeditadas políticas de gestión y al férreo control gubernamental, con aniquilación de mecanismos de contrapeso al poder político tal como lo establece la Constitución de la República Bolivariana de Venezuela. Superar la aberración dictatorial, indolencia e incapacidad, corresponderá a hombres y mujeres consustanciados con sus raíces. Como lo ha hecho por su terruño, a ritmo de comparsa, la familia Clark. El compromiso de luchas de la región se ratifica: por la vida, el despegue del desarrollo armónico para estos pueblos y por la conquista de esa democracia posible: la de derechos y bienestar ¡Hasta siempre Carlos!

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