martes, 24 de mayo de 2022

Bolívar, también con invasión de garrapatas

La disciplina social que nunca nos ha caracterizado y el impulso del pensamiento más elevado son los que pueden otorgar causes de faenas exitosas en esta hora amarga.

La disciplina social que nunca nos ha caracterizado y el impulso del pensamiento más elevado son los que pueden otorgar causes de faenas exitosas en esta hora amarga.

@ottojansen

El ministro de sanidad de Nicolás Maduro confirmó esta semana el alarmante incremento de los contagios de COVID-19 en los municipios del estado Bolívar. Una realidad desde hace varios días perceptible, sobre la que fuentes calificadas que prefieren el anonimato aseguran que se encuentra casi a niveles de desbordamiento en Ciudad Guayana, igual que en Santa Elena de Uairén o en Sifontes, donde numerosos conocidos han fallecido por sintomatología asociada a la pandemia.

Además de la inquietud de los guayaneses, muchos descubriendo que el asunto no es cosa de ficción, surge la noticia sobre la invasión de ixodoideas, vectores de enfermedades infecciosas, exactamente desde el municipio Caroní. Sobre el punto escribe el periodista Elías Rivas: “Denuncian brote de ehrlichia en Ciudad Guayana, enfermedad producida por la garrapata. Así están las instalaciones del Módulo de Manoa, en San Félix. La emergencia, como las paredes de los consultorios, están invadidas por garrapatas”. Al día siguiente, también por su cuenta de Twitter, el licenciado Rivas informó que la Gobernación había realizado un operativo de desinfección del centro.

Por una parte, las siete plagas de Egipto, ilustrativo pasaje bíblico sobre los pueblos, definitivamente han encontrado asiento en la otrora modernidad venezolana con el periodo de la “revolución bonita” y su mejor expresión está en la Guayana extensa en que el hambre, el delito, la bancarrota y las ruinas de empresas, además de la incompetencia, la basura, la corrupción y ostentación de los gobernantes socialistas, son males entronizados y sin soluciones. Por otra, el sufrimiento es diverso, hondo; que tiene asideros concretos aunque aparentemente invisibles en el vecino normal, todos absolutamente vulnerables. Cuando empieza el día, arranca la pesadilla, un trajín sin certezas y un sinfín de obstáculos multiplicados en cualquier dirección. A los inconvenientes del dinero para la comida o la movilización se suman las enfermedades que copan o acechan cada vez más de cerca al sistema biológico del guayanés, e igual a la salud mental que, sin embargo, resiste. Es admirable el estoicismo de la espera por el porvenir, visto desde cada canción, anécdota o rezo al que ahora parece apelar más el sentimiento popular.

Las ciudades (Ciudad Bolívar, por ejemplo) han entrado en una dinámica de silencioso derrumbe, como si de una guerra se tratara. Tal vez sea por la pandemia y estas pestes que se manifiestan (atajadas en esta oportunidad por el clamor oportuno que hizo accionar a las ausentes autoridades regionales) lo que acentúa el rostro de cansancio que apreciamos en el colectivo (porque nadie duda de la ruina a la que hemos sido llevados por el afán totalitarista). Sobre todo esto se dibuja como simbología de la solemnidad de los camposantos que contemplarán los futuros recuentos, en lápidas y epitafios del tiempo presente; es decir este, cuando también aparecieron las garrapatas.

Amén de los mausoleos, resistencia

Los habitantes del estado Bolívar tienen un compromiso con la vida y lo saben; lo presienten a diario. A fin de cuentas el pacto con la muerte, esa que se pavonea ahora llevándose seres queridos, es cosa de la condición humana. El compromiso es notorio cuando son comunes las largas filas para abordar un transporte público reducido y sofocante. Cuando vemos a jóvenes, niños y ancianos transportando en carruchas los pipotes de agua que venden para obtener algún efectivo; a esos seres humildes que se internan por meses largos en la serranía adentro para lidiar contra la naturaleza y contra los “sindicatos”, señores del oro, en aras de la comida para sus seres queridos. Se trata de una cita con la historia; la de subir el tono de voz como un todo con un discurso de alientos concretos. Hilvanando el mensaje de la felicidad mayúscula cuyos pilares lo integran el cumplimiento pleno de los derechos, la libertad y la democracia. De este modo, en la coyuntura global de la pandemia que ha retado al entendimiento existencial y que en el lamentable cuadro de destrucción, horrores y mediocridades puestos por el proyecto chavista en el país, la disciplina social que nunca nos ha caracterizado y el impulso del pensamiento más elevado (extraviado en pequeñeces, indiferencia y mezquindades de la generalidad de los factores políticos) son los que pueden otorgar causes de faenas exitosas al porvenir por el que el gentilicio venezolano eleva plegarias en esta hora amarga.

La oración nacional es el discurso movilizador que interpreta la condición de resistencia cívica exhibida hasta ahora (como me explicaba un amigo sacerdote). Comprendiendo esa endeble conducta de los parásitos sociales y políticos que callan su conciencia ante la revolución podremos, con el vigor de luchas nunca abandonado, mostrar el programa sobre el futuro de realizaciones y prosperidad que reivindique tanto las muertes por pobreza como las ocasionadas por los abusos y maltratos de 22 años. La rutina, las cuadriculadas y risibles visiones estratégicas, repletas de formulismos y pesimismos, no ayudan a fomentar el pensamiento. La pandemia global limita, como las miles de plagas (ixodoidea, incluida), y recrea miedos aprovechados por el control del régimen. Pero el desafío al que estamos obligados exige respuestas laboriosas por la libertad, el desarrollo espiritual y material que solo está en nuestras manos. Desde el estado Bolívar todos tenemos la palabra.

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