miércoles, 25 de mayo de 2022

Washington, tenemos un problema

De muy poco servirán esas cartas para las mayorías en las regiones donde se acumulan los dramas sociales y donde las campañas oficialistas que todo está mejorando, no llegan, ni llegarán.

De muy poco servirán esas cartas para las mayorías en las regiones donde se acumulan los dramas sociales y donde las campañas oficialistas que todo está mejorando, no llegan, ni llegarán.

@OttoJansen

El hecho de que las misivas dirigidas al presidente de EE UU, Joe Biden, (al fragor de los días santos) de parte de grupos de venezolanos pidiendo, unos, el cese y, otros, de que se mantengan las sanciones tenga pertenencia como tema para un debate político, siempre retrasado, no oculta la condición decadente en sectores de la sociedad nacional frente al modo de operar del gobierno y de encarar el avance de la estructura del Estado autoritario, cuyo proceso tiene 22 años de poder.

Pero la dinámica política moderna, no solo en Venezuela, por cierto, parece haber perdido “olfato” para la sensibilidad humana, convirtiéndose en pasticho exitoso del populismo que se encamina a poner camisas de fuerza e implementar la pérdida de libertad de los pueblos. O mostrándose como la caricatura de la solidaridad y la justicia con nociones amorfas de relativizar todo y a la vez de, en todo, fundamentarse en el “dejar hacer”. No cuentan entonces categorías como la indiferencia o la inexistencia de principios en la confrontación política que atañe a la disyuntiva de la preservación democrática o de quedar en manos de los embates del totalitarismo en nombre de las necesidades colectivas, con aquello de “tenemos que comer”. Recientemente escuché a un funcionario público menor darle gracias a los rusos, ya que según él estaban librando una batalla contra el nazismo en Ucrania. La ignorancia es patética, y no produce sino la risa de los oyentes que achacan tales expresiones a la propaganda de los medios públicos, que ya la gente los tiene descartados por falta de credibilidad, pero muestran la cara de una política sin trascendencia que nos atrapa; en la que mientras los que quedan de simpatizantes del socialismo bolivariano se ocupan de su imaginario comunismo “soviético”, en una narrativa revolucionaria con la Rusia del capitalismo salvaje.

Del otro lado, el espacio de la discusión nacional se centra en buscar al mandatario norteamericano para que le ponga fin a nuestras calamidades, ya sea quitando las medidas que asfixian al régimen o manteniéndolas para que se aligere el rescate del orden constitucional, que en manos de la comunidad internacional y de USA a estas alturas proyecta la inercia como política, al inicial contundente respaldo de enfrentar la dictadura venezolana, en desmedro del sufrimiento y las victimas que la revolución cosecha.

El bono viene 

¿Pueden significar algo práctico las cartas que envían factores políticos, aliados o en contra del régimen venezolano para las mayorías en las regiones? Son dos contenidos que no se pueden igualar. En los firmantes de la carta que no quieren sanciones del imperio y que argumentan que estas producen mayores consecuencias en la emergencia humanitaria compleja, destacan voces que han sido consideradas valiosas en el afán de libertad de Venezuela. Es evidente, al mismo tiempo, la maniobra que se intenta con pinzas (y no lo logra) en factores de intereses que llevan tiempo (desde antes de 2018), lanzando puentes a la usurpación y enfrentando con más ahínco la representatividad de la Asamblea Nacional legitima y de la figura del gobierno interino de Juan Guaidó. En el lado de quienes cuestionan la carta, con otra de igual destinatario, se refuerza la posición casi panfletaria y tosca en la que se enfatizan aquellos lugares comunes de grandes ruidos para la comunicación efectiva con el colectivo nacional, huérfano de derechos.

De allí que sobre la pregunta que formulamos hace unas líneas, la respuesta nuestra es que de nada o de muy poco servirán esas cartas para las mayorías o para los rincones de las regiones donde se acumulan los dramas sociales y donde las campañas oficialistas de que todo está mejorando no llegan, ni llegarán. El desafío es a asumir el oscuro panorama con sentido de grandeza y sacrificios y no repetir fórmulas destinadas a la frustración en la que se encuentra la gente producto del descredito de la política. En el estado Bolívar, donde la devastación de la economía, autoridad, instituciones y la dinámica social es de dimensión superlativa. Donde cunden los piratas de las ciudades y de la selva adentro, se mimetizan los aliados del gobierno y el compromiso de luchas de los partidos nuevos y tradicionales está extinguido, la sociedad que demuestra diariamente no claudicar puede aportar mucho a la línea de desechar los espejismos. Aportar en construir núcleos cívicos y de resistencia democrática, sin que ello signifique subversión o estridencias. Es imperativo que la decadencia, ese espíritu de entrega que ahora busca los atajos para conectarse con la estructura del régimen, e ilusoriamente vencerlos, requiera para frenar tales intenciones un movimiento con convicción libertaria, coraje, énfasis en el conocimiento social y una mayor contundencia en el mensaje. Es requisito imprescindible en la oferta creíble a la posibilidad concreta de poder tener un país para el desarrollo y para el funcionamiento verdadero de sus instituciones.

Washington, tenemos un problema: no nos gusta Guaidó; quiten las sanciones. Representa la caricatura de “alta” discusión que denota para un país atento a los bonos de sobrevivencia, todavía más tristeza. Círculos “esclarecidos” quieren morder el caramelo de las tramoyas totalitarias, como sucedió con intelectuales alemanes que acompañaron el inicio del Tercer Reich y que luego fue tarde cuando quisieron cuestionarlo. Aquí, algunos luego de dos décadas de combates inician su apoyo.

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