domingo, 21 julio 2024
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Revoloteo sin fin de las mariposas amarillas

Hablamos de Latinoamérica. De su voluntad y de su sentir mágico que pueden reproducir como si de Colombia se tratara de aquel Macondo que describió García Márquez.

@OttoJansen   

De las cosas que me han impresionado por estos predios de Lima, en la que ya voy teniendo unos cuantos meses, es el buen número de parques y espacios de encuentro público. Áreas verdes, bancos, caminerías, pequeñas tarimas y andenes. En algunos hay música y exhibiciones domingueras. Es un ambiente que induce al paseo familiar, al respeto y a la conversación. Invita al turista y al residente a la serenidad y admiración; muestra orgullo por la cultura y las tradiciones. La ciudad se engalana con sitios, vistas, edificaciones y arquitecturas en un esplendor de gran metrópolis, por legado y por encanto modernista al mismo tiempo.

Ese espíritu contrasta con el hervidero de una opinión pública que no descansa de pretendidos escándalos reales o no que se vinculan a la política, a las problemáticas sociales; a temas recurrentes como la manipulación que se aborda con la inmigración venezolana, las desigualdades sociales del país, fallas de gestión de cualquier calibre en autoridades y dirigencias. A veces una materia que puede ser ponderada en su justo significado -el aumento de precio del limón o su importación- produce largos comentarios no exentos de acritud y autoflagelación. Pero en Latinoamérica se cuecen habas; quizás sea por eso que en Perú (o su gigantesca capital) la población intenta descubrir el paradero de su propia sombra y lo que es sobradamente cotidiano entra en suspicacias. Lo cierto es que no pocas veces se extravía la visualización de los logros y el futuro como expresión de la voluntad de la sociedad -que apreciamos de todos los países de esta franja del mundo- hasta llegar al límite de no defenderse de las auténticas amenazas del atraso, o tan siquiera importarle cuando se encuentran en juego la libertad, los derechos y la paz social.

De Ecuador, vecino de acá, vamos conociendo cómo se cruzan dos líneas que para muchos no son distintas: es el avance del narcotráfico, la delincuencia organizada y el posible retorno de la política con tufo autoritario, que ya debía ser lección frente a los retos para el desarrollo y los alcances de una fortalecida institucionalidad. De Colombia, aun cuando ha resistido los bandazos de la de gestión gubernamental asociada a las estrafalarias ideas de cambio revolucionario mostradas hasta el presente, se abren dudas del crecimiento sostenido nacional que ataje la pobreza y la violencia que continúa teniendo altos indicadores (es sorprendente el número de inmigrantes de ese país hacia Europa, por ejemplo) y permita la profundización, sin sobresaltos del ejercicio democrático. Las “exquisiteces” en todas las categorías de un entendido progresismo, pone de lado las exigencias concretas de la gente. En nuestra Venezuela, cada vez que enfocamos la mirada, desde la actual humedad limeña, el drama se hace abrumador. El periodista César Miguel Rondón refiere los datos de la Plataforma Regional de Coordinación Interagencial para refugiados y migrantes (R4V) “(…) en los últimos cuatro meses del año que corre casi cuatrocientos mil venezolanos salieron del país, un angustioso promedio de cien mil personas al mes”. Lo que retrata el desafío para las soluciones empacadas en “jugar” a la política, con sus falsas expectativas que contribuyen a las calles ciegas para recuperar la identidad, el piso económico, la estabilidad institucional.

En columna del escritor, Mario Vargas Llosa, en El País de España, titulada Rastros de genocidio, publicada en marzo de este año, que también reprodujo la prensa peruana, cita: “A juzgar por los recientes acontecimientos, el Perú parece muy lejos de haber alcanzado la paz y la armonía entre sus ciudadanos. Quizás el hecho más positivo que tengamos que celebrar, es que el ejército, que apoyó a Fujimori cuando dio aquel golpe de Estado y se sustituyó a las elecciones libres -que había ganado pero que no le bastaron y pretendió erigirse en un tirano-, esta vez se negó a secundar a los golpistas y volcó todo su respaldo en el arreglo constitucional que ha llevado al poder a la vicepresidenta Dina Boluarte, un salto intermedio hasta que haya nuevas elecciones en Perú”.

¿Lejos de la paz? Esa apreciación dedicada a su país puede (sin originalidad y salvando las distancias aplicarse a Latinoamérica). Falta saber cómo terminarán las cosas en Chile, Argentina, Bolivia, Guatemala, Honduras, México y con la alianza del presidente obrero brasileño y sus relaciones con Rusia. Sin ocuparnos del sufrimiento cubano por la inutilidad revolucionaria.

¿Amores imposibles? 

Hablamos de Latinoamérica. De su voluntad y de su sentir mágico que pueden reproducir como si de Colombia se tratara aquel Macondo que describió García Márquez. El actual tiempo de convulsiones migratorias generales, del persistente asecho totalitario que promueven por todos los medios modernos los liderazgos chinos y rusos con alianzas y seguidores. Tiempo de extrañas agendas que relativizan hasta falsear la verdad y los hechos, no parecen los mejores pilares para incentivar afrontar hondas problemáticas de nuestras sociedades. Como la historia desde muchas de sus voces latinas lo ha afirmado (sin mucho eco), son “los poderes creadores del pueblo” con los que se podrá armar el destino, con disciplina y convicción, para la democracia, modernidad y bienestar.

A la espera que se concrete la determinación de nuestras sociedades, mientras, ese amor imposible que en Cien años de soledad encarnan Meme Buendía y Mauricio Babilonia, será para nosotros la relación con la libertad y el desarrollo: el revoloteo sin fin de las mariposas amarillas.