sábado, 24 de septiembre de 2022

La palabra, extinción y extravío público

Los guayaneses se hastían de pedirle a Hidrobolívar que resuelva los problemas del servicio de agua y la respuesta es un rito repetido de “explicaciones” que la comunidad percibe sin verdades.

Los guayaneses se hastían de pedirle a Hidrobolívar que resuelva los problemas del servicio de agua y la respuesta es un rito repetido de “explicaciones” que la comunidad percibe sin verdades.

@OttoJansen

A propósito del permanente afán de contribuir al acompañamiento de signos de alientos y esperanzas en el cuadro de la crisis nacional y sus manifestaciones lacerantes en esta región de Guayana, llego al repaso de viejos apuntes, desempolvo conceptos, descubro conferencias y al hacerlo va reapareciendo la pasión por algunos planteamientos; puntualmente los que caracterizan la actuación pública y el discurso político e institucional: las huellas del populismo, sus propósitos autoritarios; un proceso nada nuevo y con más historias de las que regularmente se mencionan. Ciertamente son enfoques que permanentemente aparecen al revisar el acontecer venezolano; sin embargo, como siempre, la relectura proporciona otros y más completos significados a la experiencia social, política y económica de los últimos años (específicamente en la región), que desde los términos y estudios con los que topamos vocean manifestaciones singulares.

La palabra pública es el punto de atención. En el estado Bolívar es claro cómo hoy transita con ropajes de uso similar a la función del espantapájaros; armazón sin presentación, ni consistencia pero útil para la vocinglería sin sentido. Es decir, nada sustancial en su forma de relacionarse con las realidades de la población. El reclamo social que anhelan los habitantes guayaneses no surge de las voces de los políticos del gobierno u opositores, que integran por igual piezas para la aniquilación de la palabra o el compromiso. La mayoría de cuantos se mueven alrededor de las estructuras de poder lo hacen con un escalón menos -solo uno- que la revolución ejerce, valiéndose de la neolengua o simplemente de la mentira retorcida en el vaciamiento de la conversación o el diálogo. Ahora al mismo tiempo, la gente rescata paras los días del presente y para anidar resistencias ante la falsedad, su dominio de la verdad, que se hace público en el colectivo, expresándose sin tapujos en solidaridad, normas de convivencia y comunicación fluida, en un territorio sin autoridades, de incompetencias e indolencias visibles, ausencia de calificación ante los múltiples fracasos, pero en paralelo con apoyo máximo a escenarios aberrantes como la dinámica económica con la actividad salvaje de la minería de sangre propiciada por el Estado nacional.

Los guayaneses se hastían de pedirle a Hidrobolívar que se aboque a las soluciones en los sectores con reiterados problemas del servicio de agua y la respuesta es un rito repetido de “explicaciones” que la comunidad percibe sin verdades. Ejemplifica el hundimiento (similar a las cárcavas que se multiplican en Ciudad Guayana) de la palabra. El gobernante regional (igual al resto de alcaldes o la estructura institucional) es un desangelado funcionario atendiendo nimiedades, sin capacidad, talento o poder para trasmitir nada trascendente. Fueron al Panteón Nacional, y que sepamos ni historiadores ni la mirada popular tuvieron que ver con un acto etéreo, mientras la extensa Guayana sigue a la espera del discurso coherente, con la explicación sin dislates, ni titubeos; estableciendo indicios de proyectos que encaren las penurias y los vaivenes del hambre.

“Emocionología en lugar de ideología” 

Una constante apelación a los actos emocionales es la principal herramienta del régimen. Y así vemos cómo la región calca al carbón la línea política de la revolución bolivariana, diluyendo (o pretendiendo hacerlo) la atención de los guayaneses sobre el presente y el futuro. Se establece la charada permanente con actos inútiles, mientras se entronizan las dificultades impidiendo desarrollos y progresos. La extraordinaria intelectual argentina Leonor Arfuch (fallecida el año pasado), caracterizando manifestaciones de la política de su país, pero que aquí tienen muchas similitudes, en el tema Afectos, Subjetividad y Política, con ponencia de ese nombre del año 2016, lo refería: “Una esfera pública emocional que ha permeado la política. La emocionología parece haber tomado el lugar de la ideología”.

Es el extravío del mensaje, del discurso racional; en definitiva, de la palabra pública que recorre la sociedad venezolana y con profundidad esta Guayana nuestra. Que hace prisioneros a los cada vez menos adeptos socialistas a los fines de absurdas justificaciones, es pertinente destacar para que la ciudadanía refuerce la identificación de los cantos de sirena que pregonan la “normalización” del país, trastocados en fórmulas políticas o grupos de intereses aliados al gobierno, desde el lema de una paz inexistente con debacle económica, persecución a los medios críticos, atropellos a los derechos humanos; achacando la culpa de corrupción o planes retorcidos de atornillarse en poder a factores externos. Pero además se constata que la construcción de la alternativa democrática, el plan de la sociedad desarrollada pasa por la acción de la autenticidad, de la verdad y de la valía de la palabra. Aquí en Bolívar, lleno de penurias, es comprobable la marginalidad del impulso de ideas en torno a los nudos gordianos que necesitamos desatar. Por supuesto, estos no se podrán superar nunca con organizaciones políticas caducas, que en sus mejores intenciones (que en focos de las militancias no negamos existan) repiten y repetirán los esquemas ortodoxos que ahora incluso los emplea el régimen para desaparecer las cuentas públicas a las que están obligados constitucionalmente. Reconstruir la palabra con la cotidianidad de luchas, que Guayana anhela convertida en transformaciones profundas, es la gran misión.

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