viernes, 12 de agosto de 2022

Benjamin Netanyahu

Lo fascinante de este caso es que, aun cuando Netanyahu ha puesto a la legalidad en aprietos, el Knéset y las elecciones lo han contenido, como quizás no hubiese ocurrido de haber tenido Israel un sistema presidencial. | Foto cortesía

Lo fascinante de este caso es que, aun cuando Netanyahu ha puesto a la legalidad en aprietos, el Knéset y las elecciones lo han contenido, como quizás no hubiese ocurrido de haber tenido Israel un sistema presidencial. | Foto cortesía

@rinconesrosix   

Benjamin Netanyahu, definitivamente, ha puesto a prueba el parlamentarismo, y eso explica este comentario de un especialista: “Netanyahu no es autoritario, pasa que Israel tiene un sistema parlamentario y él actúa como si fuese una presidencia”.

El comentario supone que el actual primer ministro de Israel ha forzado la barra de los controles del Parlamento (Knéset), para hacerse de más poder del que le corresponde, y lo ha hecho a través de prácticas presidencialistas. Justamente por esa razón es a veces percibido como “autoritario”.

Desde hace años he estado persuadida de cuánto una presidencia puede devenir en autoritarismo. Octavio Paz decía que los virreinatos del imperio español tenían más controles que las presidencias en Hispanoamérica, y la razón era muy sencilla: el rey restringía el poder de su representante en las colonias para poder de esa manera contener al virrey. En su tesis sobre los abusos de poder de nuestros gobiernos, al escritor mexicano le parecía que la transición fallida de colonia a república había constituido un traspié histórico. Para Paz, los próceres escogieron los modelos desconocidos de los Estados Unidos y Francia, en vez de haber optado por el cabildo español con el que se tenía más experiencia y que es, concretamente, una forma de Parlamento.

Teodoro Petkoff solía reconocer las ventajas del sistema parlamentario, uno que requiere de partidos, enraizados y comprometidos en la defensa de las diferentes regiones. Permite igualmente debates donde los políticos tienen que verse cara a cara con el primer ministro, a tres metros de distancia, y públicamente cuestionar o apoyar sus decisiones. Sin embargo, puede ser incómodo para muchos, pues requiere de una cultura política particular. Hay quienes no soportan discutir sus diferencias a ambos lados de una mesa, a dos o tres metros de distancia, sino que prefieren gritar con una zanja de cocodrilos de por medio.

Pero volviendo al personaje que nos ocupa, debo reconocer mi gran intriga sobre cómo Netanyahu (o Bibi, como también le llaman) se ha manejado para imponer sus políticas sin haber quebrantado las leyes. Porque vamos a estar claros, para muchos es asunto de dar zarpazos a las instituciones, amenazar al mejor estilo de la mafia, dar un golpe de Estado, pero Netanyahu no es así. Pareciera tener tal abanico de recursos políticos, que no le hace falta crear situaciones bochornosas contra la república, pues ha sabido manejarse con sus rivales y una pluralidad de partidos y electores. Lo fascinante de este caso es que, aun cuando él ha puesto a la legalidad en aprietos, el Knéset y las elecciones lo han contenido, como quizás no hubiese ocurrido de haberse tratado de una presidencia.

Su mayor pata coja en estas elecciones ha sido la investigación que ha venido adelantando la Fiscalía por corrupción. En vista de que hay un vacío constitucional sobre qué hacer cuando la Fiscalía enjuicia a un primer ministro, Netanyahu puede mantenerse en el cargo de lograr formar gobierno tras las elecciones del pasado martes. Esa situación límite ha creado una inestabilidad que él debe sortear, y para ello tiene algunas cartas en la mano. Sin embargo, hay obstáculos: que si no tiene sentido cambiar al fiscal por uno más cercano a él, pues éste ya inició el juicio en el 2019. Que si sus aliados creen en su inocencia, pero eso sí, que ésta se pruebe en la corte. Y así otras situaciones: no las tiene fácil.

Mientras tanto, la funcionalidad del Gobierno israelí ha estado en camillas en los últimos dos años. Cuatro han sido las elecciones, y el primer ministro no ha podido sujetar una coalición por suficiente tiempo. Sus rivales lo tildan de populista, divisionista, pero al parecer el éxito de Bibi es que entiende el país, y que no se guía por el esquema de si la gente es de izquierda o de derecha. Según su mayor contrincante en estas elecciones, Yair Lapid, Netanyahu ha logrado apelar al miedo y la mentalidad de sobrevivencia vinculada al Holocausto, para imponer sus políticas de seguridad en la región.

Se puede o no estar de acuerdo con Bibi, pero hay que reconocer que soluciona problemas y que se ha manejado dentro de las reglas del juego. Los comentaristas dicen que a pesar del rotundo éxito de la campaña masiva del COVID, eso no le dio ni le quitó a la hora de los resultados electorales. Sin embargo, la circunstancia permite también otro análisis, de no haberlo logrado hubiese tenido una caída en el apoyo de la gente.

Por los momentos, los diferentes partidos están acordando si le darán o no el apoyo al partido Likud de Netanyahu para formar gobierno, y eso puede tomar hasta un mes. Lo curioso de esos resultados es que el único partido indeciso, la Lista Árabe Unida, fungirá como el hacedor de reyes en esta oportunidad.

Quién sabe si habrá otra elección este año, la quinta en total. La dinámica de la opinión pública de Israel está cambiando de maneras no muy predecibles. Supongo que en algún momento el gobierno recuperará la estabilidad.

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