miércoles, 21 febrero 2024
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Asimov: el hombre centenario

Cuando a los científicos se les acaban las ideas, la literatura está allí para abrir más caminos hacia la razón: la ciencia y la literatura no son más que vías paralelas en búsqueda de la comprensión, destaca nuestro columnista Diego Rojas Ajmad. Quizás eso fue lo que intentó Isaac Asimov con su obra, apunta.

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A Isaac Asimov -al igual que a Ray Bradbury y a Julio Verne- lo tengo como uno de mis autores de ciencia ficción favoritos. Llegué a oír de él durante mi adolescencia, y de inmediato me asombró su prodigiosa capacidad para publicar con tanta variedad, frecuencia, calidad e imaginación. Se dice que su obra supera los 500 títulos y su temática abarca los ámbitos de la ciencia, la literatura, la historia, la lingüística, la religión, la psicología, entre tantos otros. Asimov era un aprendiz de brujo que todo lo quería escudriñar y conocer.

Quizás lo que facilitó mi relación de lector adolescente con Asimov, más allá de su interés en escribir prolíficamente sobre variados temas, fue su insistencia en querer llegar a todos los públicos. No sé si sea el recuerdo más lejano que tenga de él, pero de seguro lo primero que leí de Asimov fueron sus artículos de divulgación y anticipación científica que salían publicados en las revistas Mecánica Popular y Muy Interesante, en los que demostraba su habilidad para llevar los intricados y ásperos temas de la ciencia a unos breves, ingeniosos y electrizantes textos que lograban sujetar al lector del cuello y no lo soltaban sino hasta que hubiese llegado a la última línea.

En estos artículos Asimov se preguntaba, por ejemplo, quién había sido el primer científico del mundo, cómo desaparecieron los dinosaurios o explicaba cómo sería la colonización de la Luna, la posibilidad de la teletransportación o los viajes en el tiempo. Un científico que escribía artículos de divulgación, cuentos y novelas, y que además podía conseguirse en los quioscos de la esquina, resultaba ser un escritor inusual si se compara con la imagen del literato que se guarda de lo masivo y popular como si fuesen demonios que dañan la calidad de la escritura.

Con Asimov aprendí muchas cosas. En su cuento “El rojo”, por ejemplo, asimilé una lección de tolerancia y diversidad cultural, basada en la necesidad de siempre tratar de ponerse en zapatos ajenos y no juzgar al otro por ser, pensar y actuar distinto. En los libros de relatos Yo, robot y Sueños de robot entendí aquello esencial que nos hace humanos, la importancia del código moral para las sociedades y cuáles serían los límites que debe tener la libertad para no devorarnos los unos a los otros. En su obra Civilizaciones extraterrestres comprendí que el ser humano no es la medida de todas las cosas y que solo somos un pequeño engranaje en toda la maquinaria del mundo y el universo.

En este libro, una crítica a la concepción antropocéntrica, Asimov cuestiona la idea de pensar que un planeta puede albergar vida solo si cumple con las condiciones necesarias para que el ser humano pueda habitarlo. Para hacer consciente al lector de estas limitaciones conceptuales, Asimov se hace preguntas que generan explosiones de creatividad e imaginación: ¿No puede haber vida microscópica en océanos de ácido y atmósferas de dióxido de azufre? ¿No podrían existir en el Sol seres de plasma que duren solo un segundo de vida y aún así puedan desarrollar civilización y cultura?

Hay un breve cuento de Asimov que lleva por título “Pâté de foi gras”, que está incluido en el libro de “relatos policíacos de ciencia ficción” Estoy en Puertomarte sin Hilda y otros cuentos, de 1972. Ese texto me parece una ingeniosa toma de posición frente a las relaciones entre la ciencia y la literatura y la capacidad de esta última para ofrecer ideas en la búsqueda de nuevos horizontes y descubrimientos. En el texto se relata el hallazgo de una oca que pone huevos de oro. El granjero que encontró a la oca, con desconfianza, avisa al Ministerio de Agricultura para que le ofreciera alguna explicación de lo sucedido. El Ministerio, con incredulidad y ante la insistencia del granjero, envía a un funcionario y la sorpresa fue mayúscula pues la oca era real. El caso se trató con todo el hermetismo posible y se conformó un secreto grupo de científicos que lograra dar explicación al extraño fenómeno.

En el relato se dan detalles de todos los análisis necesarios para descubrir la causa del prodigio y los científicos no logran dar con una explicación aceptable. Finalmente, y ya sin esperanzas, a uno de ellos se le ocurre una idea: la ciencia ficción. Llevar el inexplicable caso a un cuento y publicarlo en una revista de ciencia ficción podría sacar provecho de la imaginación de los lectores y de seguro provocaría la reacción de comentarios, críticas e ideas que llegarían en forma de cartas al editor. Lo mejor es que no pondría en riesgo la seguridad y secreto del proyecto pues los lectores, al ver publicado el texto como ciencia ficción, jamás pensarían que se trata de un hecho real. Cuando a los científicos se les acaban las ideas, la literatura está allí para abrir más caminos hacia la razón: la ciencia y la literatura no son más que vías paralelas en búsqueda de la comprensión. Quizás eso fue lo que intentó Isaac Asimov con su obra.

Hace poco descubrí que Asimov murió en 1992, a sus 72 años, a causa del sida. Asimov contrajo el Virus de Inmunodeficiencia Humana en 1983, en una transfusión de sangre, mientras era sometido a una cirugía de corazón. En uno de sus artículos de esos años, y aún inocente de lo que llevaba dentro de su cuerpo, escribió:

 “El 14 de diciembre de 1983 tuve una operación y salí bien de ella, gracias a un cirujano muy hábil. A la mañana siguiente le dije:

-Las enfermeras me comentan que la operación salió muy bien-. Y él me contestó:

-¿Qué quiere decir con “muy bien”? ¡Fue perfecta!”.

 La perfección quizás solo exista en la inmortalidad, en ese otro tema de su predilección que desarrolló en numerosas obras, como El fin de la eternidad o El hombre bicentenario. Este año 2020 celebramos los 100 años del nacimiento de Isaac Asimov y bien valdría la pena revisitar la vida y obra de este científico escritor que alcanzó la eternidad con su labor pedagógica, su extraordinaria imaginación y que logró ver más allá hurgando en nuestro pasado y presente.

Otras páginas:

-Asombrosas casualidades. Otro escritor que murió en las mismas circunstancias que Isaac Asimov fue Julio Cortázar (1914-1984), el no menos célebre novelista y cuentista argentino. Cortázar adquirió el VIH en 1981, al sur de Francia, cuando era tratado por una hemorragia estomacal. Su esposa, la escritora Carol Dunlop, murió en 1982 debido al contagio. No fue sino a partir de 1985 que el análisis previo de la sangre destinada a transfusión se estableciera como una rutina sanitaria obligatoria. Casualidades estas de Asimov, Cortázar y Dunlop que, de ser ciertas, nos asombran y entristecen.

-La primera novela. Los mártires es la primera novela venezolana. Fue escrita por Fermín Toro y publicada por entregas en 1842. Toro relató en esta novela las vicisitudes de una pobre familia en la Inglaterra de principios del siglo XIX. Este hecho de seleccionar a Inglaterra como contexto de la historia hizo que surgieran polémicas entre los críticos literarios venezolanos del siglo XX y, como respuesta, un grupo de ellos afirmó que la novela Zárate, de Eduardo Blanco, publicada en 1882, era en realidad la iniciadora de nuestra novelística nacional por mostrar por vez primera al país como escenario del relato. A todas estas, ¿qué hace que una novela sea venezolana?: ¿el tema y los lugares representados?, ¿la nacionalidad del autor?, ¿el país donde fue escrita y publicada?…

-Las cuerdas íntimas. “¿Qué es un libro? Una sucesión de pequeños libros. Nada más. El lector debe extraer de él por sí mismo las formas, los colores y los sentimientos a que corresponden tales signos. De él dependerá que tal libro sea apagado o brillante, ardiente o helado. Si lo preferís, diré que cada palabra de un libro es un dedo misterioso que roza una fibra de nuestro cerebro como la cuerda de un arpa y despierta así una nota en nuestra alma sonora. En vano la mano del artista podrá ser inspirada y sabia. El sonido que producirá depende de la calidad de nuestras cuerdas íntimas”. Anatole France

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