miércoles, 21 febrero 2024
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Ana Vicenta: mi madre

Me hizo entender -con su lucidez e intuición- que debía encontrar mi propia validez como mujer y como ser humano. Me gusta pensar que lo intenté.

Mi madre murió de 33 años un 29 de noviembre. Una vida breve marcada por la pérdida de sus padres antes de cumplir su primer año. Una hermana mayor se hizo cargo de ella hasta los 14 años, pues yo que soy la mayor de sus ocho hijos, nací cuando Ana Vicenta tenía unos 15 años. Nunca fue a la escuela, pero la vi leer y recibí cartas que me escribió. Fue un modelaje que me permitió valorar la importancia de los libros, de la lectura y de la escritura. Para una niña que vivió su infancia entre un pueblo minero como El Pao, donde mi padre fue obrero de la Iron Mine, y Upata, puedo decir que aquello fue un rico legado espiritual, al abrirme el camino por el que ha discurrido mi existencia.

Aquel 29 de noviembre yo vivía en Caracas, había llegado los primeros días de octubre impulsada por mi madre. Ella junto a mi padre me ayudaron a morigerar mis miedos provincianos para dar el salto hacia la gran capital. Me hospedé en una residencia en El Paraíso, capitaneada por una asturiana republicana y atea, aventada por la Guerra Civil Española a estas lejanas tierras. Antes de cumplir el mes en aquella ciudad mi amiga y coterránea, Carmencita Duque, me llevó al aeropuerto de Maiquetía, para que subiera a un avión y llegara lo más rápido posible a Upata. Ese primer viaje aéreo fue una experiencia signada por el miedo, la incertidumbre y el dolor, porque sabía que algo grave había ocurrido.

Ha pasado mucho tiempo, pero puedo rememorar una buena cantidad de detalles de aquella experiencia de perder a tu madre cuando apenas estás traspasando los linderos de tu adolescencia. Una corta temporada fue la que viví con Ana Vicenta. Puedo decir que fui una niña criada por una mujer demasiado joven, que se vio obligada a asumir las enormes responsabilidades que acarrea la maternidad, que en su caso se multiplicaron por ocho. Les plantó cara a los desafíos y lo hizo bien. Vale decir, que las familias que conocí en Upata tenían un número de hijos igual o superior a la mía, por lo que aquello me parecía de lo más normal.

La mayoría de las muchachas contemporáneas con mi madre también parieron muy jóvenes. Había que empezar temprano para cerrar la “fábrica” oportunamente, oía decir con mucha frecuencia. Porque el vientre de las mujeres de aquella época era una suerte de factoría, que servía para cumplir la función biológica de preservar la especie. No se contemplaba un proyecto de vida diferente para las hembras de la comarca.

Pero Ana Vicenta logró -con su perspicaz inteligencia- que mirara más allá de la pulsión biológica, porque ella no quería que la copiara, sino que encontrara mis propios derroteros. Esos que les permiten a las mujeres asumir el control de sus vidas y tomar sus propias decisiones. A pesar de no haber estudiado o quizás por eso mismo, mi madre entendía que la educación era el único camino para alcanzar una forma de libertad, mediante la independencia personal. Me hizo entender -con su lucidez e intuición- que debía encontrar mi propia validez como mujer y como ser humano. Me gusta pensar que lo intenté, y aunque ella no está lo único que quiero es no haberla defraudado.

Algunas de mis amigas me envidiaban por tener una madre tan joven, con quien podían compartir de tú a tú. Escuchaba, no aconsejaba. Pero siempre tenía la palabra precisa frente a una pregunta o a una situación embarazosa. Era la menor de su familia y, sin embargo, ejercía como una figura protectora. Generosa con todas sus hermanas, a quienes ayudaba y protegía amorosamente. Igual hizo con las sobrinas, a quienes esperaba con un pequeño ajuar cuando vacacionaban en Upata. Una de mis primas siempre me recuerda, que los únicos zapatos que estrenó durante su infancia fueron los que mi madre le compraba en agosto.

Murió en el quirófano del hospital de El Pao mientras le practicaban una histerectomía. Ocho hijos -entre 18 y 2 años- quedamos sin la presencia de nuestra madre que apenas superaba las tres décadas de vida. Aunque se fue hace mucho tiempo, su recuerdo pervive en nuestra memoria. Ella es una fuerza espiritual que nos acompaña y reconforta. Es un lazo invisible que se teje con dulzura entre sus afectos más entrañables.

Agridulces

Aldo Giordano, quien fuera nuncio apostólico en Venezuela de 2013 hasta mayo de este año, falleció por COVID-19. Siempre estará asociado a la beatificación de José Gregorio Hernández. Tampoco olvidaremos su valentía para no caer en las jugarretas de la élite socialcomunista.