miércoles, 21 febrero 2024
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A manera de conversación

Para los autoritarismos, el machismo pareciera ser el sentido del todo. Cuando escuchamos estupefactos a Chávez referirse a su entonces esposa, Marisabel, muchos no hallábamos dónde esconder la cara.

Hace unos meses escribí sobre El machismo en las tiranías y confieso que, aun cuando defendía mis argumentos como serios y válidos, no dejaban de causarme gracia. Sin embargo, en los últimos días ya no me ha parecido tan gracioso. Después de ver la foto del bajito de Putin posando al lado de las ojivas nucleares, hubiese querido yo estar equivocada.

Para los autoritarismos, el machismo pareciera ser el sentido del todo. En este país, cuando escuchamos estupefactos a Chávez referirse a su entonces esposa, Marisabel, muchos no hallábamos dónde esconder la cara. Él murió, pero el chavismo siguió hablando y gritando como él, ostentando una riqueza mal habida de la manera más grosera, y además creyendo que el poder da para cubrir su mal gusto. Un espectáculo, diría Diana Gámez en su columna, que nos avergüenza el gentilicio. Ciertamente, carencia estética y descalabro ético constituyen dos caras de la misma moneda.

No es cualquier cosa el cómo un líder trata a las mujeres. De hecho, se trata de un factor clave para entender un escenario político. Un ejemplo curioso de eso fue una conversación que el mariscal Bernard Montgomery, quien comandara las fuerzas británicas durante la Segunda Guerra Mundial, tuvo con el entonces primer ministro, Winston Churchill. Montgomery estuvo opuesto al plan de desembarco de las fuerzas aliadas en Normandía, y sólo cambió de opinión después de una reunión que no fue del todo prometedora. Años después, en una entrevista para la televisión, un periodista le preguntó qué exactamente lo hizo apoyar el desembarco y el mariscal respondió que Churchill y él coincidían en su percepción de las mujeres, y que era esa una importante razón para confiar y trabajar con él.

Y volviendo a la gangrena de la fealdad en el poder, pareciera ésta no tener visos de parar. En los Estados Unidos hizo pico con Trump, y ahora sus seguidores o están perdiendo noción de la realidad o parecieran tener una carrera de quién es más obsceno que quién. Yo sí notaba que, en mi país, algunos hombres medían su “machura” por la cantidad de vulgaridades que decían, pero en esas lides les salió competencia en el norte. El periodista de extrema derecha Tucker Carlson recientemente hizo un documental sobre cómo recuperar la masculinidad, y no se le ocurrió nada mejor que proponer el bronceado de testículos (sic).

El problema, sin embargo, es que la cultura gringa es difundida a todas partes del mundo, y además tiende a ser copiada por otros. Es decir, que en un país donde la cultura de género sea más armoniosa y agradable puede a la gente ocurrírsele que semejante locura sea “la moda” por seguir. Ya ha sucedido. En los años 80, la película Nueve semanas y media incidió en ciertas prácticas, no sólo de los hombres, sino que hasta la publicidad en la tele imitaba las imágenes y fotografía del filme. Pero no había que ser muy avezado para percatarse de la enfermedad que subyacía al argumento de la historia: el vacío. Lo que en el libro era una preocupación en torno de la sexualidad, con la película se convirtió en una muy bien publicitada deformidad.

Los miedos y angustias sobre la masculinidad, por muy exageradas que nos parezcan, no son sino un menú bien preparado para alinear votos y respaldos en la población. Los dilemas varoniles afectan o inciden en las mujeres, pues ellas son también parte del conjunto. No es cualquier obsesión la de las tiranías con el machismo.

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