Un territorio puede ostentar obras literarias, pero aun así carecer de literatura. Y, aunque suene a paradoja, en esa diferencia está la nuez de los estudios literarios.

@diegorojasajmad

Hace algunas semanas llegó un mensaje al buzón de mis redes sociales. La remitente, una joven estudiante universitaria que vive en Caracas, quería conocer los nombres de las personas que se dedican a la creación literaria en Ciudad Guayana, no en el estado Bolívar ni en su capital, sino en la ciudad conformada por Puerto Ordaz y San Félix. Específicamente indagaba por nombres de autores “actuales” y se lamentaba de la dificultad de dar con alguna referencia al respecto.

La estudiante deseaba explorar obras de la literatura guayacitana contemporánea para descubrir los imaginarios presentes. De inmediato puse a trabajar los archivos de mi memoria y solté algunos nombres al azar: Francisco Arévalo, Carlos Yusti, Carmen Rodríguez, Ana Rosa Angarita, Niria Amario, Juan Guerrero, Roger Vilain, Leopoldo Villalobos, Daniela Saidman, María Eugenia Catoni, Bernardino Ortega, Marcos Dagluck, Miguel Gamboa, Diego Salcedo… Sé que son muchos más, pero esos fueron los que recuperé en aquel instante.

Agradeció la respuesta y me comprometí a enviarle algunas de las obras que tuviese en versión PDF; sin embargo, quedé con una extraña sensación de pesadumbre.

Aquel mensaje de la joven estudiante fue estimulante no tanto por haberme obligado a ejercitar la memoria, ya un poco oxidada, sino porque me llevó a pensar en la labor de los estudios literarios en nuestro país.

Ya lo he dicho en otras oportunidades, pero bien vale la pena insistir en ello: no son lo mismo literatura y obra literaria. La literatura es el saber que se construye sobre las obras, el conocimiento que describe, que compara, que valora, que establece relaciones y sistemas, y los dos pasos iniciales para lograrlo son crear el corpus y sistematizarlo. Me explico. No podemos investigar sobre las obras literarias de nuestra región si carecemos de las ediciones correspondientes: si no se tiene facilidad para acceder a las obras, es imposible construir una literatura, un saber sobre ellas. La creación de un corpus y su difusión, es decir, el rescate, la compilación y el acceso a sus páginas, con reediciones críticas, es, verdad de Perogrullo, el paso inicial para emprender la construcción de un saber sobre nuestras letras.

Hecho esto, con ese conjunto de obras hay que tejer madejas de discursos, enlazarlas entre sí para construir constelaciones que dibujen las figuras de nuestra cultura y eso se logra con la ayuda de la historia y la lexicografía. La historia de la literatura y la elaboración de diccionarios literarios de obras, temas y autores permiten sistematizar el corpus de nuestras letras y tener a disposición los elementos adecuados para proceder a la investigación y a la creación de saberes. Basta recordar la experiencia en la Venezuela de la década de los setenta con la Biblioteca Ayacucho y en la década de los ochenta con el Diccionario Enciclopédico de las Letras de América Latina, el DELAL, con Ángel Rama, José Ramón Medina, Nelson Osorio y Mirla Alcibíades a la cabeza. Los que elaboraron esos proyectos tenían claro que para investigar sobre la literatura latinoamericana se debía primero hacer el corpus y luego sistematizarlo, las fases fundamentales que estoy mencionando: una colección que muestre las obras (Biblioteca Ayacucho) y un diccionario que evidencie las relaciones entre ellas (DELAL).

A estas alturas no se ha hecho algo parecido en el estado Bolívar, y buena falta que hace. No se han creado colecciones que rescaten y difundan las obras literarias bolivarenses, ni historias, ni diccionarios que las sistematicen.

Unos cuantos años ya, cuarenta o cincuenta aproximadamente, la poeta Luz Machado hizo una propuesta a la cual nunca se le prestó la debida atención. Ella imaginó la creación de una colección de libros hechos con lo más selecto de la literatura del estado Bolívar, con sus clásicos, y que abarcara desde la época de la conquista hasta mediados del siglo XX: “Biblioteca de Autores Guayaneses” la denominó, si la oxidada memoria no me vuelve a fallar. Pero no se habló nunca más de ese proyecto. Y mucho menos se ha asomado la posibilidad de una historia de la literatura del estado Bolívar ni un diccionario que sirva de herramienta a la investigación. Nada.

Por eso entendí la frustración de la joven estudiante que no lograba acceder a las obras de la ciudad, menos del estado o de la región, y como lógica conclusión afirmaba en su mensaje que quizás en Ciudad Guayana no existía la literatura. Y tiene razón: no existe un saber consolidado sobre nuestras obras.

En ese instante también comprendí la enorme labor que tenemos por delante en la construcción de ese conocimiento.

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-Para una historia de la ciencia ficción en Venezuela: En una posible historia de la ciencia ficción en Venezuela hay que incluir el nombre de Antonio Nicolás Briceño Vásquez (1927-¿?). Trujillano, egresado de la primera promoción de Historia en la ULA (Mérida) y luego profesor de esa misma universidad, Briceño Vásquez fue un precursor en la década de los sesenta del estudio de la ufología en el país. Su extraña desaparición, en 1976, hizo suponer a muchos que fue víctima de un secuestro extraterrestre. Dejó inéditos varios manuscritos, entre ellos una obra de ciencia ficción titulada “Fragmento de un diario espacial. Fantasía científica”, que fue publicada el año 2005 en el libro Fantasía y máquinas.

-Una o mil vidas: “Un lector vive mil vidas antes de morir. Aquel que nunca lee vive solo una”. George R.R. Martin.