Frida Kahlo vistió “largas faldas mexicanas, moños trenzados con cintas de colores, collares y pendientes prehispánicos”, Influida por las ideas de reivindicación de la identidad que popularizaba el nacionalismo revolucionario, para pintar la dualidad de su existencia y producir una obra sellada por el barroquismo y la imaginería popular.

@ngalvis1610

Haber reflexionado sobre el nacionalismo, sus pros y sus contras, me permitió pensar en otro tanto de situaciones ligadas al sentimiento de lo nacional. Y hurgar sobre temas que me gustaría hablar. La gastronomía, por ejemplo. Estoy convencido de que nuestros hábitos alimenticios son un fuerte determinismo social y cultural. Somos lo que comemos y actuamos según cómo comemos, eso es una verdad muy grande.

Como se va moldeando nuestra vida y hace mímesis con nuestro paladar. Diciembre no tendría el mismo significado si le falta la sazón de un plato tradicional de esas fechas, según el país y el folklore que lo enmarque.

Además de la comida y de la mesa, están los acentos. Latinoamérica es la inagotable semblanza del castellano. Y de allí el humor, las buenas y malas palabras, hasta los inapropiados o sus contrarios gestos. Como el gentilicio y la geografía emocional de una persona puede marcar una vida y construir una historia.

También ocurre con el vestuario. En algunos países de nuestro continente la vestimenta ha significado mucho. Ha devenido emblema e identidad. Caso muy particular el de México que para todos tiene una singular forma de sombrero. Ese particular ala ancha del mariachi es souvenirs, postal y recuerdo de esa nación.

Así que hablando del primer territorio donde canta bien entonado el español en América, debemos mencionar a Magdalena Carmen Frida Kahlo Calderón, como la conocemos Frida Kahlo, la gran pintora mexicana por excelencia, conocida y reconocida, más que por su producción plástica, por su inigualable estilo artístico, de vida y de presencia.

El propio André Breton al conocer su obra, la declararía como una surrealista espontánea, lo cual provocó su inmediata invitación a exponer en Nueva York, y en París, donde no llegó a gozar de una buena acogida, siendo esta ciudad el sueño anhelado de todo artista. Frida nunca estuvo de acuerdo con esta clasificación, jamás afirmó acercamiento alguno con el surrealismo, es más hacia el final de su vida rechazó abiertamente cualquier vinculación con esta tendencia.

Por sus seguidores, revisionistas y espectadores, es ampliamente conocida su infortunado accidente que la sometió a una extensa convalecencia, que a bien supo aprovechar para iniciarse en la pintura y que según muchos entendidos sería el marco referencial definitivo durante en la construcción d la complejidad psicológica se refleja en sus obras. Su vida poco convencional, es la justificación para la producción de una obra absolutamente personal, ingenua e intensamente metafórica, posiblemente devenida de su intransigente sensibilidad y de acontecimientos, como lo del accidente sufrido en su juventud que le imprimieron a su vida y a su obra, una cualidad muy especial.

Frida Kahlo (1907 - 1954) se desenvolvió en el ambiente de los grandes muralistas mexicanos de aquellos años del pasado siglo XX. Su admiración por ellos y su búsqueda personal, la llevaron a compartir sus ideales, trazar su camino hacia la exploración de las esencias estéticas de México. Lo que le llevo a relacionarse con los maestros del gran formato: Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y José Clemente Orozco. Muy comentado también su matrimonio con el muralista Diego Rivera.

Le impuso una firma al autorretrato, los que ejecutó con una marcada conjunción de elementos propios de la iconografía mexicana. Cuadros de compleja interpretación, pero que le confirieron su destacado papel en la historia de la pintura mexicana del siglo pasado. Su producción podría definirse como el más claro paradigma del arte que sirve como herramienta para expulsar la angustia, consecuencia de una realidad hostil. Fue el signo trágico de su existencia, la constante lucha por la subsistencia. Las férreas batallas contra las enfermedades y padecimientos que la acongojaron desde temprana edad. Sus reiteradas intervenciones quirúrgicas y su siempre precario estado de salud.

Pero fue a través de la pintura, que reflejaría con una arrogancia naif, el choque entre su aspiración de felicidad y la insistente amenaza de su destrucción, al tiempo que exorcizaba la “dualidad irreductible entre los sueños (de amor, de hijos) y la realidad (dolor e impotencia)”.

Sin embrago, el mayor desafío es el arte. Su campo de batalla y su mayor combate. En el que desarrolla un carácter simbólico que evoca con vehemencia un temple apasionado, dispuesto para la lucha violenta contra la enfermedad, pero también visión y vuelco hacia su yo interior. Es el rastro indeleble y angustiado de su identidad maltratada. Una guerra a la que Frida asiste trajeada con “largas faldas mexicanas, moños trenzados con cintas de colores, collares y pendientes prehispánicos”, Influida por las ideas de reivindicación de la identidad que popularizaba el nacionalismo revolucionario.

Así, se sirve de ese “barroquismo ingenuo y colorista” tan particularmente mexicano. Enlaza muy acertadamente lo exagerado con lo escatológico. Logrando una original fusión entre la temática personal y las convenciones de la imaginería popular. Fundando un exotismo en lo cotidiano.

Ata la tradición con lo narrativo, y la logra representar de forma sintética, promulgando los elementos más significativos y de mayor carga expresiva. Presentando variados símbolos a los que provee de significaciones precisas, pero nunca desprovistos de su presteza consciente. Es la continua indagación sobre sí misma, la exposición de sus estados de ánimo, su deliberada y precisa materialización de los vaivenes entre el sufrimiento y la esperanza, que se visten a la usanza típica de un nacionalismo que marcó una pauta en toda América.