La desolación y la tristeza recorren las calles de los municipios de Bolívar, desde los rostros de su gente que busca la sobrevivencia frente al desastre integral.

@OttoJansen

Ya hace tres años, un albañil que vive en el sector Toro Muerto (en Puerto Ordaz) relataba parte de la faena de buscar el sustento escaso y evadir de alguna forma los altos precios de la comida para su familia. Describía cómo, con sus hermanos, pasaba toda la semana en una plantación de yuca por los predios de terrenos aledaños a la granja de pollos de 25 de Marzo (todavía más famosa por los saqueos de 2018), parroquia de San Félix ubicada a, por lo menos, una hora en el transporte público regular (que ya no existe) del lugar rivereño donde reside el amigo de la narración.

Se trata de un multifacético trabajador que participaba en la elaboración de casabe y gustosas salsas agridulces que enfrascaba en recipientes de mayonesa para vender en puestos cercanos a su casa. Contaba que algunos vecinos de 25 de Marzo, aprovechando otro de los productos, una melaza también extraída de la yuca, la transformaban en bebidas que vendían. Las jornadas eran agotadoras, explicaba, pero todo pintaba bien. Sin embargo, la escasez de efectivo, la hiperinflación que no daba tregua y los inconvenientes con el transporte al final impusieron la paralización de la producción y nuestro amigo se fue a las minas de El Callao.

Una variante de todos esos problemas ya lo habíamos vivido en Maipure I, en Ciudad Bolívar en el año 2017: jóvenes sin trabajo, con la crisis nacional de carestía de productos alimenticios y el agravamiento en el comercio local por los dramáticos saqueos de diciembre del 2016. Se dedicaron primero a vender el pescado que sacaban de las lagunas cercanas al barrio. Posteriormente a vender hortalizas que adquirían tras penosas diligencias por la situación del transporte en el Mercado Periférico. Y al final, en masa, se fueron yendo a las minas, ya no del sur del estado Bolívar, sino a las de Guyana.

Desde ese instante puede afirmarse que en amplios sectores populares se acabó la porfía sobre la trascendencia del finado comandante. Ya antes del fallecimiento de Chávez se escuchaban inconformidades con la desaparición de salarios, paulatino abandono de las barriadas y los evidentes bandazos de los organismos públicos, muchos de cuyos funcionarios se resistían a ser parte de un discurso inútil acerca de las bondades de la revolución, cuando la dirigencia roja contradecía flagrantemente con la ostentación de negocios propios (un generalizado secreto a voces), originados en la Gobernación del estado Bolívar y en otros organismos regionales o nacionales. Para los sectores populares comenzó el desgarramiento de perder la normalidad y de entrar en el desengaño con la revolución bonita. Pero esas mayorías en Guayana, que también habían apostado a la posibilidad de encontrar la alternativa de lucha democrática a través de los partidos políticos, vieron cómo estos, fieles a años idos y a la inercia, se quedaron en las ocasionales declaraciones de prensa, arrinconándose solo en las elecciones en las que ya se percibía el tufo de las trampas y el engaño.

Las minas y nuevos socios políticos

Julio de 2020. El COVID-19 es una realidad en Guayana aun cuando las víctimas no son visibles. Correo del Caroní reporta un foco de infección en Sifontes. Los rumores de numerosos contagios pululan en Ciudad Bolívar, ubicando el virus (según los corrillos) en las aglomeraciones del Mercado Periférico. Un periodista de la seriedad de Eduardo Ostos pide pronunciamiento oficial. En Ciudad Guayana basta asomarse a las calles de entradas de Vista al Sol para observar la muchedumbre de transeúntes sin tapabocas.

Es, sin embargo, una situación sobrevenida de carácter global: de percepción erróneamente lejana. Una circunstancia de otra dimensión, se supone. Muy diferente por lo tanto a las penurias que padecen los guayaneses: no hay convencimiento del peligro que avanza. No hay pizca alguna de credibilidad en las autoridades nacionales que insisten en atomizar el ambiente de publicidad, ni de las locales que son lastimosos apéndices. La desolación y la tristeza recorren las calles de los municipios de Bolívar, desde los rostros de su gente que busca la sobrevivencia frente al desastre integral. Con este panorama de mediados de año, ha entrado en acción el operativo de la revolución de hacer creíble una farsa nacional llamada elecciones parlamentarias.

Comicios del socialismo del siglo XXI ensambladas para hacer un festín de cargos y regalías a “diputados” sin atribuciones, castrados legalmente para rescatar el orden constitucional. El espectáculo en el estado Bolívar ya comenzó: aquellos que les asignaron las minas que ofrecieron a gobernadores, resultaron ser los nuevos socios políticos (la nueva oposición) del régimen. Los jefes de los partidos secuestrados, acompañados de los camuflados de la “mesita”, con el ahora Primero Justicia, reparten las gramas de oro, a las que como cochino a las flores les caen los más pintorescos estafadores de la esperanza. Nunca se han expuesto a los riesgos de los sacrificios, cárcel o persecución, por acompañar el dolor de las mayorías sociales.

El sufrimiento popular está vivo. La exigencia es darle fortaleza a las orientaciones de la Asamblea Nacional y del estoico presidente interino, Juan Guaidó. Las fauces de la muerte por la pandemia se abren, las tenazas del totalitarismo pretenden empujar al colaboracionismo. Ni lo uno, ni lo otro se burlarán del sentimiento de libertad y humana normalidad.