Lo que sí me queda meridianamente claro es que quienes -como Trump- se niegan a usar las mascarillas pudiéndolas usar, no están haciendo uso de su libertad. Están manifestando su estupidez y convirtiendo un estado de derecho en una anarquía total.

@cjaimesb

A los ignorantes los disculpo. “Perdónalos, Señor, porque no saben lo que hacen”, dijo el mismo Jesucristo. Pero a quienes lo hacen por arrogancia, estupidez o por sentimiento de superioridad “mi vida es más importante que la tuya”... “no me importa lo que les pase a los otros”... “hago lo que me da la gana”... ¡no!

¡No, no y no! En esta pandemia el uso de la mascarilla no es que sea obligatorio: es imprescindible. Es la única manera cierta de evitar el contagio. Pero resulta que entre los ignorantes y los anárquicos van a matar a una buena parte de la población mundial. Empezando por el presidente Trump, quien afirma cada vez que se le pregunta que el uso de la máscara es una recomendación, no una obligación. Claro, él está más que protegido, porque todas las personas que se le acercan son sometidas a un test rápido, a ver si tienen o no coronavirus. Pero... ¿y los demás?

En un rally que realizó en Tulsa, Oklahoma, hizo alarde de no llevar máscara e instó a los participantes a que no la llevaran tampoco. La soberbia ha matado mucha gente en el mundo. La gente coreaba -fascinada- que no llevaban máscaras... Menos mal que ese grupo de muchachos llamados los “K-poppers” reservaron miles de entradas al rally y luego no se presentaron. Porque estoy segura que de allí salieron muchos contagiados. Han podido haberse contaminado muchos más.

Si alguien quiere matarse, está en su pleno derecho a hacerlo. Pero exponer a los demás, es intento de asesinato. Si alguien en la infinitud de su estupidez decide no llevar máscara, el problema no es que él o ella se contamine. El problema es que puede contaminar a los demás. Muchas de esas personas han alegado que es “su libertad” decidir si usar o no la mascarilla. No. Eso no es libertad. Eso es anarquía. Además de egoísmo. Y por encima de todo, estupidez.

En España, por ejemplo, es obligatorio usar las mascarillas. A quien no la lleve lo multan con 600 euros, y si no tiene el dinero, va para la cárcel. Y en España la curva del COVID-19 ha bajado. No así en los Estados Unidos, donde los repuntes son alarmantes, sobre todo en los estados de Texas y Florida.

En Venezuela no sabemos -ni sabremos- los verdaderos números de enfermos y fallecidos, porque el régimen los oculta. Y ciertamente, no se le puede pedir a alguien que gana 3 dólares mensuales que compre una mascarilla. Sin embargo, muchos han fabricado sus mascarillas domésticas, que, si bien no protegen en un cien por ciento, algo ayudan. Hay muchos todavía que no creen en la pandemia. Pero en este estado de precariedad en el que vivimos los venezolanos, acusar a alguien de no hacer lo que debe hacer, sería irresponsable. Pero ahí está Maduro, bien protegido y bien encerrado. Las ironías de la vida...

Lo que sí me queda meridianamente claro es que quienes -como Trump- se niegan a usar las mascarillas pudiéndolas usar, no están haciendo uso de su libertad. Están manifestando su estupidez y convirtiendo un estado de derecho en una anarquía total.