Rosix Rincones recuerda el encanto del Restaurante L’incanto en Caracas. “Los restauradores habían resguardado la construcción original con el esmero propio de una mente respetuosa de su tradición y su historia”, destaca.

A finales del año 97, en la urbanización Las Fuentes de Caracas, se inauguró un restaurante en lo que anteriormente era una cervecería de mala muerte. Me dio curiosidad porque con todo y que para ese entonces Las Fuentes era otra zona olvidada del oeste de la ciudad, quedaba aún en ella los vestigios de esos establecimientos de la Venezuela próspera de los años 60 y 70, y de una arquitectura de estilo en las adyacencias de la iglesia de Coromoto y la heladería de El Paraíso. Así que la cervecería mencionada, antes de ser un bar de ventanas de madera podrida y de rejitas oxidadas, había sido parte de un conglomerado de comercios donde se reunían los jóvenes para disfrutar la Caracas nocturna de su momento.

Cuando presencié la remodelación y supe de la apertura de L’incanto, pensé en el riesgo de abrir un negocio en una ciudad donde la balanza de los restaurantes y sitios de moda tenía un peso mayor hacia el este de la ciudad. Me preguntaba si el restaurante soportaría esos desequilibrios.

No lo visité inmediatamente después de su apertura, pero su presencia allí no dejaba de inquietarme. Poco tiempo después, a la salida del teatro un día domingo, una amiga tenía el antojo de cenar en una pizzería famosa de Las Mercedes. No lo pensé dos veces y le sugerí: “Hay un restaurante recién inaugurado en Las Fuentes, mejor vamos allí porque así estamos cerca de casa y de mi hija. Y además, esto sí recuerdo bien que se lo dije, ‘allí cuidan los carros”.

La decisión había sido muy pragmática, claro. Sin embargo, yo no sospeché encontrarme con la exquisitez de su horno en leña, de su pizza al pesto, de que disfrutaría un domingo tomando un vino blanco seco suave, gustoso y bien servido. Y el señor cuidador de carros, no, no pedía dinero, sólo decía: “vuelvan a venir”.

No era mago ni adivino y así fue. Después descubrí que la cocina podía verse desde una ventanota de cristal y que los sabores de sus otros platos italianos se quedarían en una parte de mi memoria.

Por ejemplo, al sentarme en sus distintas mesas pude detallar la remodelación y percatarme de que aquellas ventanas del otrora bar aún estaban allí, pequeñas, ahora pintadas con un verde oscuro para mantener su huella. Los restauradores habían resguardado la construcción original del lugar con el esmero propio de una mente respetuosa de su tradición y su historia. Al mismo tiempo, vigorizaron e insertaron su negocio en la Venezuela que ya se acercaba al siglo 21.

Curiosamente, en esos días, el escritor Rafael Arráiz dio una entrevista sobre el auge de la alta cocina. Entre otras cosas, se refirió a la gastronomía y los restaurantes de la ciudad y dijo que era difícil encontrar un servicio de mesa de calidad en Caracas. Se lamentaba sobre cómo los mesoneros chantajeaban al cliente, y llegó a alabar las virtudes del servicio en Buenos Aires. Después de leer el reportaje me dije a mí misma: “Si él supiera…”.

Hubo una vez que llevé a mi hija en ese entonces de siete años, y ella derramó un jugo de lechosa. El maestro de mesoneros vino rápido a resolver el desorden y lo primero que me dijo fue: “no le diga nada a la niña”. Repusieron el jugo y no lo cobraron.

No supe más del restaurante, desde la última vez que lo visité en el 2004. No sé si habrá sobrevivido este régimen y sus políticas económicas, quizás las más infames de la historia de la humanidad. No sé cómo será su calidad ahora. Y a pesar de toda la apología que hasta ahora he hecho del lugar, debo decirles que no, no conozco ni al dueño, ni al remodelador. Sólo fui una cliente más.

Fue enorme el impacto del restaurante en la zona. La gente se sintió atendida, querida, cuidada. Era también un reconocimiento al vecindario, al hogar, a las posibilidades de regresarle el dinero al entorno inmediato. En pocas palabras, con esa iniciativa se le devolvía el peso de la balanza a la zona oeste de Caracas y, como se ha dicho en este tipo de casos, es una de las mejores estrategias para la igualdad. Un negocio así camina de mano con la ciudad.

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