sábado, 22 junio 2024
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260 años de la ahora ciudad fantasma

Nos atrevemos a decir que desde Ciudad Bolívar se levantará la rebeldía y el reclamo regional desde las barriadas que luchan contra la adversidad de mil colores, contra la estafa, desfalco y quiebra del estado.

@OttoJansen

Bajando la vía empedrada que viene de la Catedral Metropolitana, la pintoresca calle Bolívar, el transeúnte desemboca en la vieja ceiba que servía casi de cobijo a la fuente de soda Tostadas Juancito, cuyo frente era una transitada avenida Cumaná, haciendo escenografía con el Jardín Botánico. Hace un par de meses me refieren que ya no queda nada de los comercios aledaños a la Plaza Farreras (ahora está una especie de venta de “perolero”) en esa misma triangulación. Desapareció por un incendio el foto estudio de unos metros más adelante; extinguida también esa cuadra y atrás el mencionado local de arepas. Lo que quedó es abandono, suciedad en los bancos que servían para disfrute de meriendas y la total soledad.

Partes céntricas de la ciudad que se han ido desvaneciendo de algún esplendor colorido y ruidoso de años no tan lejanos. La maleza se tragó al Jardín Botánico del Orinoco que muchos se cansaron de alertar, también como de las aguas que por las lluvias han inundado por temporadas las residencias de la avenida (hasta nueva ocasión), con las siempre en reparación bombas de desagüe de La Alameda. Hay casas en el casco histórico que se han derrumbado en las propias narices de la Alcaldía o están a punto de hacerlo; inmuebles que son reliquias de la tradición de la que alguna vez se ufanaron los historiadores y especialistas al describir Ciudad Bolívar: pero una cosa es la antigüedad conservada como memoria y otra la dejadez y la humedad que va dejando ese vacío enorme, el hedor a tristeza con rastros fantasmales. En la década de los años noventa hubo debate y “ruido” con el déficit del servicio eléctrico para una ciudad capital no beneficiada de grandes inversiones y de un diseño y perfil sustentable económicamente, que no se amparara, como lo hizo por mucho tiempo, en la vida de las instituciones públicas dependientes de la Gobernación del estado Bolívar. La llegada del proyecto chavista acabó con la discusión hasta llevarla a cero como al final llevaron a la nada, al extravío o a la corrupción simple y llanamente las inversiones y planes necesarios para la modernización del alumbrado de la ciudad que podía permitir empresas de mediano y gran calado. Eso sí, los gobernantes locales revolucionarios copiaron los planes, hechos desde antes, de iluminar con bombillas súper sofisticadas según su propaganda (sobre todo en tiempos electorales) extensiones de avenidas que pasado los meses han vuelto a estar a oscuras. Pero como a los iniciadores de este tipo de obras públicas les han quedado jugosas ganancias grupales y particulares.

Ciudad Bolívar se convirtió en una urbe donde se instaló el reino de los pozos profundos o aljibes para saciar la sed con la desaparición de la distribución del agua por tuberías. Quizás nadie se acuerde que Rangel Gómez y los posteriores gobernadores-imitadores del general para la vida exquisita, dejaron en la parroquia La Sabanita las fosas receptoras de equipos que proporcionarían las soluciones a la distribución. Fosas después convertidas por muchos años en criaderos de zancudos y que hoy la generalidad de los bolivarenses nada sabe si fueron recuperadas o se perdieron como tantas otras obras del socialismo del siglo XXI. La Alcaldía se ufana por estas semanas de inaugurar una cancha por los predios de esa parroquia; esa es la mayor inversión. Ciudad Bolívar cumple años y conmemoró 260 de su fundación en la inercia, lo intrascendente y en la ruina indetenible de sus comunidades.

Cambio total

Si hay ciudad que necesite transformar lo que hasta el momento han sido sus procesos políticos, sociales y económicos es la antigua Angostura. Ya el proceso “formal” de la política (el rito de debates inútiles, con representaciones grises en instituciones y organismos locales y regionales inoperantes) no da más; agotado de la mano del proceso chavista que no tiene dolientes al haber cambiado algún tipo de ideas o propuestas por la pillería y el arrebato. Los dirigentes rojos, esos sargentos políticos aficionados a la competencia gallística son autómatas defensores de su cuota de lealtad al cadáver institucional que les permite, a su fanatizado juicio, la merecida promoción social.

Nos atrevemos a decir que desde Ciudad Bolívar se levantará la rebeldía y el reclamo regional desde las barriadas que luchan contra la adversidad de mil colores, contra la estafa, desfalco y quiebra del estado. Esto obedece a la lógica de la depauperación colectiva, a la condición de miseria a la que han pretendido condenar a la gente. Pero el objetivo de la transformación ha de ser también generacional, de ideas y de rostros. Ya no pueden seguir dando lecciones desfasados personajes del conservadurismo burocrático o los pocos noveles que se han venido contagiando de la falta de escrúpulos y sueños. Eso está planteado para la Angostura capaz de enamorar a sus visitantes con la narrativa de la sapoara, sus calles llenas de anécdotas, las canciones bonitas, sus estampas y postales históricas que hoy están en peligro de perderse definitivamente por la incapacidad y la siempre señalada falta de visión, compromiso y querencia.

El casco histórico, las paredes de la ciudad que todo lo oyen y lo dicen, el rio Orinoco al fondo; todo está allí a la luz de propósitos de grandezas. Sabemos de las expectativas de la Venezuela en resistencia civil que ruge por estos días en el tránsito a las elecciones presidenciales. De la emoción y de la firmeza de María Corina Machado y la serenidad, calificación y sabiduría de Edmundo González: el paso arrollador hacia otros horizontes de derechos y libertad. La ciudad no tuvo celebración de cumpleaños pero no faltó la “gracia” de los gobernantes en pasear, ante un pueblo roto, al rey desnudo, indiferente y manipulador. ¡Ya basta!