El 23 de enero, noche en que murió Nick Samuel, fue el día con más víctimas durante protestas en los últimos 20 años. Al joven le fue vulnerado su derecho a la vida y su derecho a la manifestación pacífica.

Ingrid Borjas estaba en casa de su madre cuando alguien tocó la puerta desesperadamente. Se sobresaltó y lo primero que pensó era que su hijo le estaba jugando una broma porque él sabía que eso no le gustaba, la ponía muy nerviosa. Eran más de las ocho de la noche cuando abrió la puerta y encontró a un jovencito a punto de llorar que la buscaba:

—¿Usted es la mamá de Nick?

—Sí, pero Nick no está aquí, está en nuestra casa. Nosotros vivimos arriba.

—No, señora. Nick Samuel está allá abajo en la calle tirado. Le dieron un tiro.

La información que escuchaba no tenía sentido. “Él está en la casa, no puede ser”, pensó. Ingrid subió hasta su vivienda y al entrar gritó varias veces el nombre del más pequeño de sus hijos. Nadie le respondió. Cuando lo fue a buscar a su cuarto y no lo vio, empezó a temblar del miedo.

Bajaron corriendo las escaleras del barrio Santa Cruz en Macarao hasta la avenida principal de Las Adjuntas, al suroeste de Caracas. En el camino se encontró con algunos vecinos que le avisaron que a su hijo lo habían llevado en una moto hasta el Centro de Diagnóstico Integral (CDI) del sector. Todos consternados, sin entender muy bien lo que pasaba, la acompañaron hasta la Gran Parada.

Cuando llegó al CDI, su hijo estaba vivo. Lo primero que hizo fue regañarlo: “Bien bonito, ¿por qué me haces esto? ¿Pa’ qué te escapaste? Ahora te dieron ese tiro, tú no entiendes el peligro”. No era consciente de la gravedad de la herida, pensaba que la bala solo le había rozado el cuerpo. No vio el charco de sangre debajo de la camilla.

Nick Samuel Oropeza lo único que alcanzó a decir con dificultad fue: “Mamá, me estoy ahogando. No puedo respirar”.

El personal médico le dijo a Ingrid que su hijo estaba perdiendo mucha sangre y tenían que buscar la forma de trasladarlo hasta un centro de salud porque no tenían ambulancia. Sin pensarlo mucho, pidió auxilio a los vecinos que se encontraban afuera. “¡Ayúdenme, ayúdenme! Busquen un carro, llamen a los bomberos”.

La ola de protestas de 2019 estuvieron marcadas por la espontaneidad, por haberse trasladado del este al oeste o centro de Caracas y por ocurrir al caer la noche, casi siempre después de las 8:00 pm. Las Adjuntas no fue la excepción: habitantes de Catia, La Pastora, la avenida Fuerzas Armadas, Altavista, Coche, La Vega, San Martín también salieron a las calles a exigir un cambio político. También se registraron saqueos, allanamientos ilegales y enfrentamientos de grupos paramilitares en zonas como Petare, El Junquito o el 23 de Enero. Entre el 21 y 25 de enero, el Observatorio Venezolano de Conflictividad Social (OVCS) registró 1.023 protestas en todo el país.

La represión también arreció. El OVCS identificó a 51 personas muertas durante las manifestaciones, en Caracas y otras ciudades, entre el 22 de enero y 7 de abril, la gran mayoría por impacto de bala. El 68% de los asesinados son atribuibles al uso excesivo de la fuerza pública, siendo la GNB la principal responsable y seguida por las Fuerzas de Acciones Especiales de la Policía Nacional (FAES).

El 23 de enero, noche en que murió Nick Samuel, fue el día con más víctimas durante protestas en los últimos 20 años. Al joven le fue vulnerado su derecho a la vida y su derecho a la manifestación pacífica. Además, su caso representa un ejemplo a las violaciones al debido proceso y el derecho a la verdad, la justicia y la reparación de las víctimas.

“Nosotros hacíamos todo juntos, compartimos mucho tiempo y ahora me quedé sola”. Cuando Nick Samuel terminara el bachillerato, tenían pensado emigrar a Chile, donde vivía el mayor de sus hijos. “Estoy en cero, mis planes comenzaban y terminaban con él”, expresa.

A pesar de lo ocurrido, Ingrid Borjas prefiere no guardar rencores hacia el funcionario que le disparó a su hijo. “Lo perdono para sentirme libre. No quiero ponerle un rostro, saber quién me quitó a mi hijo. Que Dios se encargue. Yo no logro entender lo que pasó, ni por qué, ni cómo. No tengo las respuestas y creo que no las voy a tener nunca”. Un año después de lo ocurrido, la investigación de la muerte de Nick Samuel Oropeza no ha iniciado.