El muro de Berlín, esa mole de 3,6 metros de altura hecha de hormigón armado y que se extendía como una profunda herida de 155 kilómetros a lo largo de la ciudad, cobró la vida de más de 270 personas en los 28 años de su vergonzosa existencia, llegándose a convertir en el símbolo de lo que más nunca debe volver a repetirse.

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Yo soy un muro...
Cantar de los cantares (8,10)

El 9 de noviembre de 1989, hace 30 años ya, ocurrió un hecho que vendría a cambiar la faz del mundo: el vergonzoso muro de Berlín, que durante varias décadas separó a la capital alemana en un sector comunista (Berlín del Este, RDA) y otro liberal (Berlín del Oeste, RFA), fue derribado peñasco a peñasco y con martillazos de júbilo por los habitantes de ambos lados de la muralla.

La caída del muro contribuyó al fin de las tensiones de la llamada Guerra Fría, conflicto de relaciones entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, y dio pie para que algunos pensadores afirmaran, con Francis Fukuyama a la cabeza, que la historia había llegado a su fin pues ya no habrían contradicciones ni luchas y el mundo marcharía por ello hacia una misma dirección de prosperidad y progreso de democracia liberal. Más allá del significado que pudo haber tenido para la gran historia, el derrumbe del muro de Berlín fue una enorme bocanada de libertad para los berlineses e hizo realidad, en la historia menuda de cada persona, el sueño de volver a ver familiares y amigos que habían sido forzados a tomar el camino del exilio.

El muro de Berlín, esa mole de 3,6 metros de altura hecha de hormigón armado y que se extendía como una profunda herida de 155 kilómetros a lo largo de la ciudad, cobró la vida de más de 270 personas en los 28 años de su vergonzosa existencia, llegándose a convertir en el símbolo de lo que más nunca debe volver a repetirse.

Semejante monstruo de hormigón que tanto daño había causado no podía pasar inadvertido para la literatura. Innumerables obras, durante y después de la existencia del muro, han representado a este artefacto de la sinrazón como otro truculento personaje más de sus historias. Bastaría con leer algunas de las novelas de Günter Grass (1927-2015), Uwe Johnson (1934-1984), Brigitte Reimann (1933-1973) o más recientemente Ingo Schulze (1962) y Yadé Kara (1965), entre muchos otros, para entender el profundo abismo que abrió el muro y la posterior reunificación en las almas de los alemanes y de la humanidad toda.

Este trigésimo aniversario de la caída del muro de Berlín me ofrece la oportunidad de recordar que los muros han tenido una persistente presencia en el arte y la literatura. Haciendo un poco de memoria, y luego de un pequeño rastreo entre una selección de lecturas ociosas, la curiosidad me asalta al encontrar un conjunto de obras cuyo título viene señalado por la palabra “muro”. Ellas son: El muro (1943) de Jean Paul Sartre (cuento); El muro (1967) de Fernando Paz Castillo (poema); El muro (1976) de Alfonso Cuesta y Cuesta (cuento); La mano junto al muro (1949) de Guillermo Meneses (cuento); La cerca de piedras (1966) de Antonio Arráiz (poema); Los murados (1958) de Humberto Rivas Mijares (cuento) y La muralla (1972) de Nicolás Guillén (poema).

De seguro hay muchas otros ejemplos y esta persistente presencia del símbolo me hace pensar en algunas preguntas que logran ahuyentar la modorra del día: ¿por qué la recurrencia del muro? ¿Cuál ha sido la función universal del símbolo muro en esas obras?

El muro convertido en símbolo se ha presentado en una amplia diversidad de lenguas y culturas. Según el conocido Diccionario de los símbolos de Jean Chevalier y Alain Gheerbrant el muro, por ejercer el oficio de separar, evoca tanto la protección como la falta de libertad: “El muro es la comunicación cortada con su doble incidencia psicológica: seguridad, ahogo; defensa pero también prisión”. Eso ha representado el símbolo muro en la tradición musulmana e hindú; pero la tradición egipcia introdujo un nuevo elemento: la altura. Para el egipcio, mientras más alto es un muro, más evoca la nobleza. En las teorías analíticas modernas el muro simboliza el ser interior. Los místicos medievales lo llamaron “la célula del alma”, el lugar sagrado de las visitas y de las moradas divinas. Este sentido “metafísico” del símbolo lo emparenta con las ideas filosóficas de Karl Jaspers y Maurice Blanchot, para quienes la angustia, la duda, la encrucijada a la que llega el hombre en ciertas circunstancias extremas representa un límite que separa la vida de la muerte.

Sea refugio, prisión, expresión de la angustia o la situación límite, bien nos vendría aprovechar la ocasión del treinta aniversario de la caída del muro de Berlín para acercarnos a alguna obra en la cual el muro tenga una presencia relevante e intentar interpretar sus significados. Quizás así logremos dar unos cuantos mandarriazos a nuestros propios muros. A esos tangibles e intangibles que insisten en cercarnos…

Otras páginas

- Escaleras y horizontes. “Cuando el insigne escritor ruso Fedor Dostoyevsky, padre de la revolución rusa mucho más que Lenin, estaba prisionero en la Siberia, alejado del mundo, entre cuatro paredes y cercado por desoladas llanuras de nieve infinita, y pedía socorro en carta a su lejana familia, sólo decía: “¡Enviadme libros, libros, muchos libros para que mi alma no muera!”. Tenía frío y no pedía fuego, tenía terrible sed y no pedía agua: pedía libros, es decir, horizontes, es decir, escaleras para subir la cumbre del espíritu y del corazón. Porque la agonía física, biológica, natural, de un cuerpo por hambre, sed o frío, dura poco, muy poco, pero la agonía del alma insatisfecha dura toda la vida”. Federico García Lorca.

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