Como resultado de un esfuerzo colectivo, Greta Thunberg no es sola, y mucho menos cuando su activismo ha sido especialmente político.

A Ana J. y Gustavo Arellano

Las reacciones desmedidas e innecesarias contra la señorita Greta Thunberg no deberían distraernos.

Hasta Willie Colón se sumó al coro este de reacciones automáticas. Las redes sociales nos han condicionado a la prisa por la prisa misma. Mucha velocidad del rayo y nada de luz.

En principio, es fundamental mencionar que Greta proviene de un sistema educativo que apuesta al individuo como el defensor real de un sistema de libertades políticas y económicas y, segundo, a un concepto del ambiente muy entrelazado con un estilo de vida. Como proyecto, la educación de la región escandinava incentiva la iniciativa para resolver problemas por vías pacíficas. Desde hace años vienen entrenando a sus jóvenes respecto a los “fake news” y otras distorsiones en las comunicaciones. Propician la comunicación privada o pública y las protestas como medios para ejercer presión ante sus representantes. Y de la misma manera, les dan herramientas y apoyo a sus ciudadanos para crear sus empresas y no es raro ver a adolescentes poniendo en práctica sus proyectos y venderlos cual expertos. La revolución escandinava es educativa y la competencia entre sus países Dinamarca, Noruega, Islandia, Suecia y Finlandia es en la calidad de sus logros. Y en el tren de esa revolución educativa, está el cambiar el estilo de vida y defender la naturaleza.

Aunque en asuntos humanos no todo es perfecto, se trata de un proyecto viable. La intención es crear un modelo de ciudadano desde y para la democracia. Esto de educar para pensar y saber ejercer la libertad, hacer a la gente independiente económicamente del Estado, esto no lo hacen todas las democracias y mucho menos las dictaduras. A muchos líderes les daría miedo.

Como resultado de un esfuerzo colectivo, Greta Thunberg no es sola, y mucho menos cuando su activismo ha sido especialmente político. El principal asesor de su movimiento es el meteorólogo, miembro del Parlamento europeo y allegado de su familia, Pär Holmgren. Sin embargo, por ser ella quien está a la cabeza de este esfuerzo, se ha criticado su discurso desde prejuicios muy inciertos y deplorables respecto a su síndrome de Asperger y a su condición femenina. Todo esto es fácilmente refutable, incluida la manipulación insensible para hacerla ver como enferma mental. Se le ve la costura a esta reacción brutal contra Greta, pero para mí es inútil discutir sobre eso ahora y tampoco tendría espacio aquí. No es ese el caso de estas líneas.

En un artículo anterior decía que el discurso ambiental entra en terreno minado cuando actúa políticamente. Lo criticable en Greta y en otros activistas, aplica a cualquier otro discurso público sobre cómo abordar un problema y sobre el efecto del mensaje.

En esta ocasión, voy a referirme a la inconveniencia de continuar con la narrativa de los héroes únicos. Aunque es verdad que muchas iniciativas comienzan con una persona, es su desarrollo e impacto es otra cosa. La escritora Rebecca Solnit hizo un análisis respetable sobre este estrellato de Greta Thunberg y, sin minimizar a su persona y sus logros, advierte que los heroísmos solitarios: “empujan a los demás a una vida privada o al menos a una vida pasiva”. A su juicio, la narrativa del héroe debería cambiar en el cine, en los medios, e insiste en reconocer a los muchos héroes cuyas historias deben ser contadas.

No es sencillo comunicar tanto como lo propone Rebecca Solnit, siempre algunas historias van a cautivar más que otras, es un misterio. Es indudable, sin embargo, que los movimientos requieren del entusiasmo de la gente, de una comunidad que los propulse. Por ejemplo, la teóloga católica Elizabeth Johnson se refiere a los inicios del cristianismo como los de “una comunidad de santos”. Aunque es un concepto fastidioso para el monoteísmo, Elizabeth Johnson hace justicia al valor de quienes forjaron lo que para ese entonces era una apasionante visión del judaísmo.

Por esa razón es importante repensar al individuo y a la comunidad frente a los retos que propone el movimiento de cambio climático. Convertir ese acto de conciencia en hábito no tiene el mismo significado ni repercusión en todas partes. Pero Solnit insiste en que la sociedad debe reconocer a los héroes anónimos.

Para mí un caso cercano es mi señora madre. En la familia siempre nos pareció gracioso que ella estuviera separando la basura: metales torcidos, tornillos, astillas en una bolsa, vidrios rotos en otra. Plásticos, papeles, desechos orgánicos congelados, y así todo. Los señores de la basura botan lo que ella ponga porque le tienen confianza. A algún ambientalista le parecerá lindo pero inútil porque, todo va al mismo vertedero, pero lo que mueve a mi madre es que nadie debería lastimarse o envenenarse con la basura que se bota. Es decir, ella ya tiene un hábito de mucho valor. Lo que se requiere es que haya en una comunidad de naturalistas, aquellos quienes presionan o asesoran a las autoridades, por ejemplo, con lo del reciclaje y procesamiento la basura. Otros para hacer campañas, muchos para reforestar, educar, investigar crímenes ambientales, crear el alboroto correspondiente.

En Guayana ha habido desde hace tiempo profesionales dedicados al estudio de los recursos naturales y han trabajado en propuestas para el desarrollo sustentable de la región. Son gente que trabaja, unos más silenciosamente que otros, dependiendo de lo que le toque hacer. A ellos no les viene nada mal que haya quienes, jugando en su mismo equipo, hagan noticia y propulsen la conciencia ambiental.

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