Relatando en primera persona, el periodista, locutor y escritor Damián Prat revive las memorias que atesora de su entrañable amigo Teodoro Petkoff, a propósito de la muerte de este, ayer, a los 86 años.

@damianprat

Durante una tarde de 2003 me llega una llamada de Teodoro.

Nada extraño, tras tantos años de esa especial y generosa amistad que él siempre prodigaba aunque hacia días que no conversábamos.

- “¿María?, ¿Los muchachos?”- me pregunta de entrada.

Detrás de su fachada en apariencia brusca siempre ha habido un tipo de especial sensibilidad con la gente, con los amigos.

Por aquellos días, Teodoro estaba entregado de cuerpo y alma en esa revolución periodística de Tal Cual, con sus contundentes editoriales diarios que uno no se perdía.

- ¿Qué sabes de cómo están Pueblo Guri y los cientos de familias damnificadas del deslave de Vargas que llevaron para allá?- me pregunta.

Le cuento lo que sé por los informes que me daban de cuando en cuando no pocos trabajadores de Edelca más las reseñas de Correo del Caroní que publicábamos sobre algunas protestas que ya habían ocurrido.

Era el abandono del gobierno de Chávez, el enfriamiento, tras la bulla inicial de planes faraónicos con cooperativas de todo tipo.

Entonces me pide que indague en el sitio, recabando testimonios y vivencias. Que haga un reportaje para Tal Cual.

“Pueblo Guri” es un extenso complejo de casitas y apartamentos que construyeron Edelca, la CVG y los gobiernos de los años 70 y 80, y que por muchos años, más de dos décadas, permitió alojar a miles de trabajadores y sus familias, los que construyeron la maravillosa represa hidroeléctrica que llamamos Guri I y Guri II

Cuando la gran obra finalizó en su construcción (porque en ese tiempo que no era de revolución las obras se terminaban y entraban en servicio), Pueblo Guri quedó semivacío.

Hay que tomar en cuenta que Guri solo es sustentable para quienes trabajan en la central, que está distante unos 80 kilómetros de Puerto Ordaz y que no hay sustento económico que no fuese la hidroeléctrica.

Al ocurrir la tragedia de Vargas, en diciembre de 1999, el Gobierno trasladó para allá a varios cientos de familias damnificadas.

Estaba bien como solución provisional pero a mediano plazo era inviable.

Aparecieron las típicas ideas del chavismo. Que si la Cooperativa agrícola María Luisa, que no duró más que semanas en esas tierras yermas e infértiles. Otra cooperativa para hacer uniformes, que duró algo más.

Eso y más reflejamos en el reportaje.

Meses después, ya yo estaba libre de otras responsabilidades. Me propuso que hiciera crónicas frecuentes de Guayana y su industria. Del desastre productivo que ya comenzaba. También de las luchas laborales y los derechos sociales.

Y es que Teodoro era un enamorado profundo de Guayana.

De su geografía, de su proyecto industrial, de sus potencialidades en desarrollo.

Lo emocionaban el sistema hidroeléctrico del Caroní, Ferrominera, Sidor, el conglomerado del aluminio.

De hecho, aquí vivió cerca de dos años a mediados de los años 70 ayudando a construir una referencia tangible política y laboral.

Muchos esfuerzos, con logros, hizo para ayudar a unificar el movimiento laboral de los ferromineros tras la nacionalización de la industria del hierro.

Por él fue que me vine a vivir aquí hace más de 40 años, con el propósito -eso quería él- de darle continuidad a un esfuerzo político en marcha.

Y me sucedió como a él: me enamoré para siempre y con pasión de Guayana.

Y luego, mucho más adelante, quería que su Tal Cual relatara y registrara las vicisitudes, los reclamos y los sueños de esa Guayana que tanto amaba. Y de nuevo pensó que yo podía ser útil a esa causa.

Tiempo después, varios años más tarde, fue prologuista de mi libro Guayana: El Milagro al revés, tras ser el padrino que me abriera las puertas editoriales.

La última vez -que yo recuerde- que vino a Guayana, fue invitado a un foro de una organización gremial de empresarios.

Al terminar, ya muy avanzada la noche, me pidió que lo llevara a recorrer la ciudad. Quería verla. Recordarla. Mirar, aunque fuese a la distancia, la zona industrial que aún no mostraba los claros síntomas de la ruina robolucionaria, aunque sabíamos del deterioro que comenzaba.

Quería conocer el II Puente sobre el Orinoco, con poco tiempo de inaugurado.

Lo cruzamos. Miraba el río. Miraba a la ciudad. Miraba las industrias.

“¡Que de p… es Guayana!”, soltó de pronto desde el fondo del alma.

Yo, que andaba preocupado por andar por ahí a media noche, sentí que había valido la pena el riesgo.

De Teodoro se pueden escribir tantas cosas admirables, como de hecho en estas horas aciagas, hemos leído de tanta gente tan variada.

Los relatos que muchos años después le escuché sobre las arrojadas acciones de calle para hacer sentir la rebeldía, que él y otros jóvenes universitarios hacían en plena lucha contra la dictadura de Pérez Jiménez.

Los años de la lucha guerrillera y luego su valiente y corajuda rectificación, enfrentando la ira de Fidel Castro.

Los episodios de arrojo personal como el escape descendiendo con sábanas anudadas desde el séptimo piso del Hospital Militar.

Su condición singular de pensador e intelectual profundo y agudo, que combinaba con el político de acción.

Casi graduado de médico, como su mamá, Ida Malec, la primera mujer médico en Venezuela, decide cambiar y estudiar economía “porque quien quiere cambiar el mundo debe ser, por ejemplo, economista”. Y se gradúa Cum Laude, con todos los honores.

Más allá de los estudios formales era un formidable pensador, estudioso profundo de la historia y sus hechos, de las ideas políticas. Lector incansable de una anchísima cultura.

Aquel libro suyo, Checoslovaquia: el Socialismo como problema, que tanto me impactó siendo yo un adolescente lleno de inquietudes políticas, fue un cisma mundial. Era la ruptura plena y rotunda con el comunismo soviético. Y lo escribió veinte años antes de la caída del muro de Berlín.

Era la afirmación de la democracia y la justicia social.

Y dio paso a otros de sus libros como Proceso a la izquierda y más.

Fue por aquel tiempo que lo conocí, abrumado por la leyenda.

Y comenzó una amistad entrañable con la que me honró por más de 40 años y en la que descubrí que, además de político íntegro y honesto e intelectual profundo, era amigo de verdad y un tipo con una sensibilidad humana singular tras la máscara de sus modales toscos.

Era un político de acción, tratando de construir alternativas políticas democráticas y de progreso.

Adversó sin esguinces a Chávez desde el primer día.

Y rompió con el partido de su hechura; el MAS, cuando éste decidió apoyar a Chávez en 1998.

“Los espero en la bajadita”, fue el colofón de su discurso en la recordada asamblea del partido del que se despidió.

Fue parlamentario incansable, trabajador, orador brillante y respetado por amigos y adversarios.

Fue ministro, intentando demostrar que se podían construir soluciones haciendo y arriesgando y no solo criticando o reclamando.

Y luego vino su etapa de vida como periodista. Especialmente en Tal Cual, donde de nuevo dejó huella profunda.

Es muchísimo más lo que se puede escribir de Teodoro. Muchos lo están haciendo.

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