En la clínica, los médicos pasaron una hora asistiendo a Paulino. Los pulmones estaban hinchados por la enfermedad, pero no había motivos para que empeorara de forma repentina.

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aulino llevaba cinco días con malestar y día y medio de fiebre el día que declararon la cuarentena obligatoria en Venezuela. Era el 15 de marzo de 2020. No creía que fuera grave. Los días anteriores había cumplido con las medidas de prevención.

“No puedo arriesgarme a contagiar a tu mamá”, le había dicho a Andrea cuando hablaron sobre la nueva enfermedad COVID-19. Mireya, la mamá de Andrea, es asmática. Según los primeros estudios sobre la enfermedad, los pacientes con afecciones respiratorias previas tenían mayor riesgo de morir.

En el grupo de WhatsApp que Paulino compartía con sus primos y hermanos le pidieron que fuera al médico. Una de sus primas era médico en España y le insistió en que se hospitalizara. “Miren a ver si no es el coronavirus”, advirtió Andrea, su hija, desde Madrid. Paulino no quería preocupar a nadie. Llamó al seguro y una ambulancia llegó para atenderlo. Era una visita simple, solo para evaluar lo que sentía. “Puede ser una gripe”, le dijo el médico. Le mandó reposo. Parecía que no había motivo para preocuparse.

  Este es un trabajo de Luisa Salomón en el marco del proyecto de Prodavinci y el Pulitzer Center: COVID-19 llega a un país en crisis: Despachos desde Venezuela  

La ambulancia del seguro era la segunda que entraba a la urbanización esa semana. Días atrás, un grupo de funcionarios del Ministerio de Salud buscó a una familia que había llegado en un vuelo de Iberia desde España. El gobierno dijo que en ese avión llegaron las primeras personas con la COVID-19 a Venezuela. En España, la cantidad de casos crecía exponencialmente. Las salas de espera se llenaban de personas que requerían atención, entre el 15 y 16 de marzo las muertes habían aumentado de 16 a 152 en un día. Madrid estaba a punto de convertirse en el nuevo epicentro de la pandemia después de Wuhan en China y la región de Lombardía en Italia. Mireya y Paulino no conocían a los vecinos viajeros, solo sabían que vivían en otra torre de la urbanización.

Mireya y Paulino tenían siete años viviendo en Escampadero, un conjunto de residencias en La Tahona, en el municipio El Hatillo en el sureste de Caracas. Mireya estaba en contacto con los vecinos a través de un grupo de WhatsApp para temas de la comunidad, como avisar cuando llega el agua por tuberías o cuando toman medidas por apagones. Enfocada en el chequeo médico de Paulino, Mireya no revisó los mensajes. En un chat de vecinos decían que la ambulancia había buscado a una persona con coronavirus. Estaba grave, aseguraban. Escribieron la torre, el piso y el número de su apartamento. También escribieron sus nombres. Los vecinos lo diagnosticaron: estaba infectado.

Paulino continuó con fiebre durante dos días. Así que fueron al médico. En la urbanización circulaban rumores que llegaron hasta Mireya por un par de vecinas.

Los pulmones de Paulino se veían bien, dijo la doctora durante la consulta. Todo indicaba que era una gripe, pero había que hacerle más pruebas. Pidieron el test para descartar el nuevo coronavirus, pero no tenían el kit para tomar la muestra. La doctora les dijo que regresaran si el malestar persistía. Volvieron el jueves 19, el viernes 20, el sábado 21, el domingo 22 y el lunes 23. Ese último día, a Paulino le costaba tomar aire. Cuando llegaron a la clínica les dijeron que el kit que tenía asignado lo usaron en uno de los médicos, que volviera al día siguiente. “No se vayan a la casa, váyanse a otra clínica, lo hospitalizan y que allá hagan la prueba”, les dijo Andrea.

Desde Madrid, Andrea seguía la evolución de su papá en tiempo real. Los primos de Paulino también le pedían reportes en su grupo de WhatsApp. La prima de España urgía que lo hospitalizaran. En un chat de vecinos decían que Mireya también estaba enferma, que estaban ocultando información, que los iban a contagiar a todos, que eran unos irresponsables por salir tantas veces de casa.

Esa noche, Mireya metió ropa de ambos en una maleta. El plan era hospitalizarlo. Al día siguiente fueron a la Policlínica Metropolitana, un centro privado al otro lado de la ciudad incluido en su seguro médico. A Paulino todavía le costaba tomar el aire, pero se sentía bien. Mireya lo dejó en la entrada de Emergencias mientras ella estacionaba el carro. Cuando llegó a la sala, no lo encontró. Lo habían ingresado en aislamiento.

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Andrea dice que sus papás eran de esas parejas que hacían todo juntos. Tenían fotografiados viajes, fiestas y paseos, desde el día en que la tuvieron en brazos por primera vez. Quizá por eso ella decidió dedicarse a la fotografía. Andrea era de esas hijas apegadas a su padre, quizá por eso estudió Ingeniería en la Universidad Simón Bolívar como él, se casó en la misma iglesia y fue él quien manejó el carro hasta el aeropuerto el 7 de marzo de 2019, día que Andrea emigró con su esposo Manuel. “Tranquila, hija, nos vemos pronto. Te lo prometo”, le dijo aquella vez. Pasaron la Navidad separados. El 25 de diciembre Paulino le envió una foto con su regalo: pasajes para él y Mireya. Llegarían a visitarla en Madrid justo el día de su cumpleaños. Un día después celebrarían juntos 31 años de casados.

El apartamento de Andrea y Manuel es lo que llaman en España un bajo interior, un semisótano cuya ventana tiene vista hacia la parte interna del edificio. No les llega luz solar. Desde que empezó la cuarentena Andrea no puede salir a tomar fotos, así que documenta el encierro: el escritorio donde Manuel cumple su teletrabajo, la flor de pétalos naranja que tienen en el alféizar de la ventana, la ropa de los vecinos guindada en los tendederos, la milanesa friéndose en aceite.

Paulino pasó los dos primeros días de hospitalización aislado en una habitación. No se podía mover mucho. Todavía le costaba respirar. El doctor dijo que los pulmones de Paulino se veían blancos en las placas, como llenos de líquido.

Para confirmar si tenía COVID-19 le metieron un hisopo por la nariz hasta la faringe y tomaron una muestra de secreción para la prueba de PCR, la cual determina si existe material genético del virus dentro del organismo. Procesan la muestra en el laboratorio del Instituto Nacional de Higiene, la única institución del país capacitada para este tipo de análisis. El resultado puede tardar varios días.

A Mireya le hicieron una de las llamadas pruebas rápidas, que funcionan como un test de embarazo con una muestra pequeña de sangre para detectar anticuerpos contra el coronavirus. Esta prueba no siempre es definitiva porque solo muestra que el virus estuvo en el organismo, no necesariamente que todavía esté presente en él.

La dejaron volver a casa porque su prueba rápida dio negativo. No confirmaron con una prueba PCR. Mireya iba todos los días a la clínica a preguntar a los médicos cómo seguía. Le dijeron que en el edificio algunos rumores se habían convertido en acusaciones: “No está tomando medidas -decían algunos sobre Mireya-. Hace lo que le da la gana”.

Uno de esos días en que regresaba de la clínica, Mireya encontró encharcado el pasillo que lleva a la entrada de su casa. La puerta también estaba mojada. Dentro de la casa encontró vómito de su perrita, el olor penetrante del cloro se sentía en toda la casa. Mireya tuvo un ataque de asma.

 

Fotos cortesía familia Masiá


El tercer día de hospitalización, el 26 de marzo, el doctor llamó a Andrea y Mireya: “No queremos llegar a esto, pero puede que tengamos que pasarlo a terapia intensiva”. Una hora después, Mireya recibió un mensaje de Paulino: “Me están llevando a terapia”. La clínica habilitó en el sótano un área para cuidados intensivos. En la unidad habitual tenían pacientes sin el virus y Paulino debía seguir aislado.

Andrea inició una videollamada. Lloraba. En la pantalla veía a Paulino tratando de levantarse mientras hablaba: “Hija, tranquila, yo estoy bien. No me va a pasar nada”.

Los resultados de la prueba PCR confirmaron que Paulino tenía la enfermedad. Nadie sabía cómo pudo haber contraído el virus. En una epidemia se pueden identificar dos tipos de casos: los importados, pacientes que llegan infectados de otros países, y los autóctonos, los que se contagian dentro del país. Cuando se inicia el brote es importante rastrear los contactos de todos los pacientes. Así se estima el alcance de la epidemia y se implementan medidas con el fin de contenerla.

Hasta ese momento, los reportes oficiales decían que en Venezuela solo había casos importados. Paulino no viajaba desde 2018, cuando fue a Estados Unidos. Su contagio ocurrió en Caracas.

Paulino prestaba servicios de instalación y mantenimiento en estacionamientos de centros comerciales muy concurridos de Caracas, como el CCCT, el Tolón y el San Ignacio. También cubría a su socio como encargado del estacionamiento de la torre Provincial en Chacao, una de las zonas comerciales de la ciudad. Nadie en su trabajo tenía síntomas y él se cruzaba con mucha gente todos los días. No pudieron determinar quién lo contagió.

Mireya ya no podía hablar por teléfono con Paulino. Lo tenían sedado e intubado en terapia intensiva. Ella no tenía ningún síntoma, solo el asma después de inhalar cloro. Siguió yendo a la clínica a hablar con los médicos todos los días. El 30 de marzo pidió a los funcionarios del Ministerio de Salud en la clínica que le tomaran una muestra para hacerle una prueba PCR. Se negaron, pero Mireya insistió. “Bueno, señora, le voy a hacer la prueba porque usted es asmática. Pero en verdad no la necesita porque no debe tener nada, no tiene síntomas”, le dijo uno de ellos antes de tomarle la muestra.

La llamaron cuatro días después, el 3 de abril: tenía que internarse porque su prueba había resultado positiva. Mireya volvió a la Policlínica Metropolitana y la ingresaron en aislamiento.

Las primeras medidas de control de la epidemia fueron casi las mismas en la mayoría de los países: cierre de ciudades, cuarentena obligatoria y pruebas a quienes presentaran síntomas. En Islandia hicieron pruebas masivas a la población, incluyendo a quienes no tenían malestar. Es el país con la proporción de examinados para COVID-19 más alta del mundo. Sus resultados mostraron que la mitad de sus casos de COVID-19 eran asintomáticos. Portaban la enfermedad, no la padecían, pero podían infectar a otros.

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Andrea recuerda que la mañana del 8 de abril habían estado muy animadas. Paulino llevaba dos semanas aislado y sedado. Había tenido varias crisis respiratorias, pero esa mañana el doctor las llamó para decirles que estaba mejorando: “Reacciona muy bien, en las placas se ven los pulmones mejor. Tiene 24 horas estable”. Paulino tenía el mejor pronóstico de los pacientes de COVID-19 que atendían en la clínica. Todo indicaba que saldría pronto de cuidados intensivos.

Como no tenía síntomas, Mireya estaba aislada en una habitación. Comía poco. Se comunicaba por teléfono con Andrea y el resto de la familia. Su cuñada Consuelo, hermana mayor de Paulino, se alegraba de que Mireya estuviese cerca de él. Al menos estaba lejos de los rumores. Las enfermeras no podían acompañarla, pero la llamaban para distraerla.

Después de la llamada del doctor, Andrea y Mireya anunciaron a la familia las buenas noticias. Hablaron de los sitios que visitarían en septiembre cuando pudieran ir a España. Paulino y Mireya retrasaron el viaje porque todos los vuelos estaban suspendidos. Rieron. Andrea trancó para ir a bañarse. Le pidió a su mamá que descansara.

Pocos minutos después recibió una llamada. Su mamá lloraba. Le dijo que el doctor le había escrito un mensaje rápido: “Paulino complicándose”. Su mamá le decía que el médico no estaba en la clínica, que al parecer no tenía gasolina, pero había otro doctor encargado del caso. “Mamá, quédate tranquila. Probablemente no fue nada grave, a lo mejor es que no está respirando bien”. Apenas dos días antes Paulino había tenido una crisis así.

Mireya colgó. Llamó al doctor. Él le dijo que todavía no sabía bien qué sucedía, que le dejara llamar al otro médico.

En la clínica, los médicos pasaron una hora asistiendo a Paulino. Los pulmones estaban hinchados por la enfermedad, pero no había motivos para que empeorara de forma repentina.

Todavía no había suficiente información sobre el virus, pero en muchos países habían reportado casos de pacientes estables que se complicaban en minutos.

Los virus son agentes patógenos que causan infecciones. Son muy primitivos. Tanto, que no tienen células y no hay consenso en la comunidad científica en torno a si son estructuras biológicas vivas o no. Su única manera de sobrevivir es invadiendo las células de otros seres vivos. El virus entra, se instala y toma posesión de las células. Como los virus informáticos, los biológicos hackean las células, las usan para reproducirse y enferman el organismo. Pero su presencia no pasa desapercibida: el sistema inmunológico del organismo se activa cuando detecta la invasión. Se forman anticuerpos para enfrentar la infección y combaten al virus atacando las células de las que ha tomado posesión.

En su justa medida, esta defensa es fundamental para la recuperación de los pacientes, especialmente en el caso de la COVID-19 porque no hay tratamientos definitivos. Pero a veces los anticuerpos no saben cuándo parar. Vencen al virus y siguen atacando. A esto se le llama tormenta de citocinas: una respuesta exagerada del sistema inmunológico que causa daños en el organismo. La experiencia en otros países ha mostrado que la mayoría de los muertos por COVID-19 han tenido respuestas inmunológicas exageradas: sus sistemas inmunológicos han atacado a los propios pulmones aunque el paciente estuviera estable.

Cuarenta y cinco minutos después de la advertencia del médico, Andrea recibió otra llamada de su mamá. No le hizo falta escuchar las palabras. Paulino tuvo un paro y un derrame pulmonar. Los médicos pasaron una hora tratando de revivirlo. Falleció.

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Andrea recuerda que no había pasado una hora desde la muerte de su papá cuando se enteró de los rumores. En un chat de vecinos de sus padres ya rodaban varias versiones. Horas después, encontró en Twitter un mensaje de su tía Consuelo: pedía que por favor dejaran de difundir mentiras. Decía que su hermano había muerto, su cuñada estaba en aislamiento y su sobrina se hallaba lejos, sin posibilidad de pasar su duelo con el resto de la familia. Pedía respeto.

Consuelo recibió la noticia de la muerte de Paulino varias veces. Primero la llamó Andrea, quien la tomó por sorpresa. El buen pronóstico que tenía Paulino esa mañana la había convencido de que su hermano sobreviviría. Ella misma le había dicho temprano a Andrea que no se preocupara: “Tu papá te va a soplar tus velitas, yo te lo dije. Paulino te va a cantar tu cumpleaños”.

Después la llamó Mireya. Había que organizar la logística para la cremación y ella seguía aislada. Así que Consuelo buscó el número del seguro para averiguar si cubría los casi 500 dólares que costaba la cremación. No era posible hacer un funeral. El procedimiento era llevarlo directamente al crematorio. Durante las epidemias se impiden los ritos funerarios para evitar más contagios en la población.

Consuelo necesitaba sus papeles de nacimiento para demostrar su parentesco y gestionar los trámites. Fue a buscarlos a casa de su mamá, donde los hermanos solían reunirse los fines de semana. Entonces pensó en cómo le diría que había muerto uno de sus hijos. Esperanza tiene 85 años y demencia senil. Los hermanos decidieron no contarle la verdad. No valía la pena hacerla sufrir.

Un rato después, Consuelo recibió un mensaje en un chat de su edificio. Ella vive en la urbanización Santa Fe Sur, otra zona del sureste de Caracas, a 9 kilómetros de la casa de su hermano. El mensaje decía que había muerto Paulino Masiá, un vecino de El Cafetal, de 58 años. Que acababa de regresar de viaje de España y que su esposa estaba hospitalizada, muy grave. “Tengan cuidado”, advertían. Consuelo respondió que Paulino era su hermano, que sí había muerto, que no había viajado recientemente, que su cuñada no estaba grave y él no tenía 58 años, tenía 59, que por favor reenviaran su mensaje a quien les mandó la cadena para que dejaran de compartirla.

Minutos después le llegó otra vez el mensaje, esta vez en otro de los grupos de su urbanización. Al rato llegó otra vez, en otro grupo vecinal. Después se lo enviaron desde Manzanares, otra urbanización a 11 kilómetros de su casa. Le llegó de nuevo por un amigo que vivía en España y le preguntaba si era verdad. Le dijeron que también estaba rodando por La Tahona, donde vivían Paulino y Mireya. Uno de sus sobrinos que también se llama Paulino comenzó a recibir mensajes hablando de él en pasado. El muchacho tuvo que explicar que estaba vivo, que el paciente era su tío. Consuelo recurrió a Twitter, aunque no es muy activa en la red.

En el grupo de la urbanización de Mireya también se leyó el mensaje. “Este es nuestro vecino”, escribió alguien. Mireya reenvió el mensaje a Andrea. “No sé qué va a pensar la gente. Si ya tomaron acciones antes, no sé qué acciones van a tomar ahora”, le dijo. Andrea vio el tuit de su tía y sintió que debía intervenir.

Ninguna de las tres sabía de dónde salió la información. Algunos medios tomaron los tuits de Andrea y Consuelo para decir que desmentían a Nicolás Maduro. A las 6:15 de esa tarde, Maduro había reportado desde el Palacio de Miraflores dos nuevas muertes por la enfermedad COVID-19. No los identificó, pero dijo que el primero de los casos era de un hombre de 58 años, que vivía en la urbanización El Cafetal del municipio Baruta, que tuvo sus primeros síntomas el 10 de marzo, que había viajado a España el mes pasado, que lo habían hospitalizado el 24 de marzo y había fallecido esa tarde en una clínica privada. La cadena de WhatsApp siguió circulando.

Al día siguiente, el 9 de abril, Consuelo fue a la clínica a encargarse de su hermano. Conversaba por teléfono con los trabajadores del seguro para pagar la cremación y esperaba el traslado al crematorio del Cementerio del Este. Mientras organizaba el trámite, pidió ver a Mireya, que estaba sola desde hacía cuatro días. Dijo que solo quería darle un abrazo, que ya era suficiente dolor perder a Paulino y ella estaba pasando el duelo aislada. Ni siquiera le permitieron ponerse el traje protector.

Unos funcionarios del Ministerio de Salud le explicaron el protocolo: Consuelo debía firmar los papeles en la clínica, ningún familiar podía acercarse al cadáver, ellos escoltarían la carroza fúnebre y nadie podía pasar al cementerio.

En medio del proceso, Consuelo recibió una llamada. Era Mireya. Venía caminando desde el final del pasillo. Su última prueba PCR había resultado negativa. Le acababan de dar el alta. Consuelo recordó tarde que en tiempos de distancia social los abrazos estaban contraindicados. “Pero este se lo tenía que dar”, pensó. Envió una foto a Andrea y recibió otro mensaje. “Tía, dale otro abrazo por mí”.

“Si tú quieres, vamos”, dijo Consuelo a Mireya cuando llegó el momento del traslado. Le quedaba un cuarto de tanque de gasolina, que ya estaba escasa en la ciudad, pero quería complacerla. Partieron: primero la carroza fúnebre, después el Ministerio de Salud y ellas dos al final en el carro de Consuelo. Los siguieron hasta la entrada del Cementerio del Este, donde les dijeron que no podían pasar. Tendrían que volver cuatro días después, el 13 de abril, a buscar las cenizas.

Mireya volvió a la cuarentena en casa, pero le dijo a Andrea que sentía miedo: “Ella me decía ‘tengo que estar con un duelo, ni siquiera tengo las cenizas de tu papá, no tengo nada, estoy sola en la casa y no sé si está gente va a venir a quemarme el apartamento porque pensarán que tengo el virus y me escapé de la clínica”.

Cuando se habla de control de epidemias, la Organización Mundial de la Salud destaca la importancia de la comunicación de riesgo: las autoridades deben informar de forma clara sobre la enfermedad, educar a la población y responder a sus preocupaciones. Si no hay información oficial, los rumores toman fuerza. Al igual que la enfermedad, también se propaga el miedo, que a su vez se convierte en rechazo y muchas veces en violencia contra los pacientes.

En la década de los años 80, cuando surgieron los primeros casos de VIH-sida, muchos pacientes fueron discriminados, los señalaron por su orientación sexual, los acusaron de ser promiscuos o drogadictos. Todavía en 2020 las personas con VIH no pueden entrar a varios países. Durante un brote de ébola en 2007, varios pacientes recuperados en Uganda regresaron a sus pueblos y encontraron sus casas quemadas. Los que habían sido sus vecinos no los querían más allí.

En ciudades como Nueva York, Los Ángeles y Londres se han denunciado ataques violentos contra comunidades chinas porque los consideran culpables de la pandemia de COVID-19. En países como España, México y Argentina se han reportado casos de enfermeras y médicos a quienes sus vecinos han exigido que no regresen a sus edificios. Los voceros oficiales en Venezuela no han hecho campañas para evitar la estigmatización. En algunos casos, han señalado que los pacientes se contagiaron porque no tomaron medidas. Recientemente, el secretario de salud del estado Zulia dijo que los venezolanos que regresen al país por tierra y no pasen por los controles de la frontera serán detenidos: “Es un delito la violación del proceso migratorio, pero además son armas biológicas”.

A Mireya la llamaron desde el Ministerio de Salud para corroborar las fechas del caso de Paulino. Mireya repasó la cuenta con uno de sus sobrinos. Estiman que Paulino se contagió entre el 2 y el 6 de marzo, al menos una semana antes de que confirmaran los primeros casos de COVID-19 en Venezuela.

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La transmisión empezó a las seis de la tarde de Caracas. Andrea se conectó para verla, aunque en Madrid ya era medianoche. En la pantalla, el sacerdote hablaba con los brazos extendidos ante una sala vacía. Iniciaba la misa del 12 de abril, Domingo de Resurrección. “Que la gracia del Señor…”, se escuchó antes de que se congelara la imagen. En el centro de la pantalla salió ese círculo de vueltas infinitas que aparece cuando no hay señal de internet. Se reactivó el video, pero al minuto se volvió a congelar y terminó la transmisión. Veinte minutos después reconectaron y la misa empezó otra vez.

La cuarentena también suspendió los actos religiosos, así que varios templos transmitieron sus ritos por las redes sociales, aunque Venezuela tiene la conexión a internet más lenta del continente. Ese domingo era la primera misa del novenario de Paulino.

Los tuits de Andrea fueron compartidos más de 4.200 veces. No esperaba recibir tantas respuestas de personas cercanas a su papá. Le escribieron excompañeros de estudio, amigos de la época en que vivió en San Cristóbal, colegas de diferentes proyectos y vecinos de Cumbres de Curumo, la urbanización donde Paulino vivió su infancia. Andrea envió los mensajes a sus tíos. Recibió al menos trescientos mensajes. Trescientas personas que querían despedirse de su papá y lo hicieron a través de ella, de sus tuits.

Por esos días a su tía Consuelo la habían agregado a otro grupo de WhatsApp. “Los misterios que vamos a contemplar hoy son los gloriosos”, decía el primer mensaje. El grupo se llamaba Rosario por Paulino y estaba formado por 52 de los compañeros que tuvo en el Colegio Las Cumbres, quienes ahora viven en diferentes países. Le explicaron a Consuelo que habían creado el grupo el 28 de marzo. Entonces Paulino llevaba dos días en terapia intensiva. Se conectaban a diario a las 4:00 pm hora de Venezuela (10:00 pm hora de España) para rezar juntos. Cuando supieron que Paulino había muerto, el chat se llenó de mensajes y fotos de sus días de juventud. “Yo le dije a mi cuñada que cuando sienta la voluntad, la fuerza y el espíritu, revise todos los mensajes que le han escrito. La gente lo quiso”.

Entre todos los mensajes que recibió Andrea, se coló el de un desconocido: “Hola, encontré tu número y quería decirte que si deseas que ponga a tu papá para que tenga su novenario. Yo puedo meterlo en la misa de La Tahona”.


Paulino fue el primero de la lista de 36 personas que tenían novenario en esa misa. Andrea siguió la ceremonia en video, junto a otras 255 personas. En la pantalla se leían varios mensajes:

- Saludos desde Ohio.

- Desde Lisboa, descansa en paz, mi corazón.

- Bendiciones, padre Neptalí.

- Descansa en paz, Toño.

- Sentidas condolencias, familia de Paulino. Gran amigo.

Andrea dice que puede pasar seis horas hablando sobre su papá. Que en estos primeros días desde su muerte ha recordado tantas cosas que le cuesta enfocarse en una sola. Pero hay un recuerdo recurrente. Cuando ella estudiaba y le pedía ayuda, tenían una conversación similar:

- Papá, no sé cómo hacer esta ecuación.

- ¿Cómo crees tú que se tiene que hacer?

- Por eso te estoy preguntando, porque no sé.

- Sí sabes, porque tú estudiaste. Tú me vas a decir a mí cómo se tiene que hacer.

- Papá, no sé.

- Vamos a hacerlo juntos.

No sabe por qué en los últimos días tiene presente esa imagen. “Creo que es porque me enseñó a pensar por mí misma. Ahora tengo que resolver todas las cosas desde lejos. Tengo que acompañar a mi mamá desde lejos, tengo que resolver mi propia vida, mis propios sentimientos. Él me enseñó a resolver. Entonces, ahora yo sé que puedo con esto”. Se le quiebra la voz.

Andrea habla conmigo después de la primera misa del novenario de Paulino, la mañana del 13 de abril de 2020, mientras su mamá y su tía retiran las cenizas en el crematorio. Hasta hace un mes, el plan para este día era distinto. Se suponía que ella debía estar a esta hora en el aeropuerto de Barajas. Se suponía que hoy llegaban sus papás a Madrid. Se suponía que esta noche celebrarían juntos.

En la mañana había publicado un mensaje en Instagram, sobre un fondo negro, en letras blancas: “¿Cómo se sobrevive el primer cumpleaños sin tu papá?”.

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Cuarenta días después del fallecimiento de su padre, Andrea enseña a Mireya a escanear fotografías. Están digitalizando juntas el archivo de fotos familiares.

Andrea todavía encuentra rumores en las redes. Ahora algunos aseguran que el coronavirus es mentira, que nunca llegó a Venezuela, que no conocen a nadie con el virus y que no hay pruebas de muertos en el país. Ahora muchos dicen que esto no pasó.

 
 

Editorial Roderick