Desde el 2019 la escasez de combustible congestiona las calles de Ciudad Guayana. Desde el amanecer hasta el anochecer los conductores permanecen junto a sus vehículos hasta lograr surtir el tanque. Entre tanto, atracos, accidentes cardiovasculares, accidentes de tránsito, bachaqueo de puestos para surtir y reventa de bidones de gasolina forman parte de la experiencia de hacer la cola, en la que cada estación de servicio tiene su particularidad.

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Desde que la luz del sol comienza a bañar la cúspide de edificios y tejados de Ciudad Guayana, o incluso antes, cuando todavía la noche impera, transportistas, padres, madres, hijos mayores y ancianos inician lo que será una jornada de hasta tres días en cola para surtir gasolina.

Entre las estaciones de servicio Antonio de Berríos y San Rafael, ambas en San Félix, hay una hilera casi interminable de carros de distintos tamaños. Se aglomeran sobre el asfalto, por el que corren las aguas negras que manan desde el colegio Cecilio Acosta, justo al lado del módulo de Manoa, hasta mojar las botas de alguien que se encuentra agachado, sujetando una manguera de va desde el tanque de su carro hasta la boca de un bidón: va a revender el combustible.

Unos conductores se echan a dormir, se tapan el rostro con una gorra y sacan los pies por la ventana del carro, como quien se resigna a la idea de permanecer ahí por más de cinco horas, mientras otros se reúnen entre sí para conversar, para soportar el tedio.

Puede que distintas caras se reúnan en el lugar, con distintas historias, distintas experiencias, y tal vez algunas no lleguen a coincidir entre sí. Pero todas esas caras convergen en un punto, en la misma expresión facial: resignación y cansancio.

Así se encontraba Carlos Parra, recostado de una pared, intentando aceptar la faena como su nueva realidad. Carlos pasa tres días en la cola de gasolina para llenar el tanque de su camioneta pickup de 8 cilindros. Necesita 70 litros de gasolina para llenarla, de los cuales solamente le surten 20 o, con suerte, 40.

Carlos es cabeza de hogar. Su rostro curtido por el sol revela que no es la primera vez que le toca esperar por combustible, y a veces, sin sombra que lo cobije. Tiene que elegir entre soportar el calor dentro de la camioneta o la luz del sol fuera de ella.

Este hombre no puede trabajar, ni llevar a sus hijos al colegio. Cuenta que en una ocasión estuvo desde un domingo en la tarde hasta un martes en la tarde esperando poder llenar, a medias, el tanque de su camioneta. A pesar de esto sonríe y entre sus compañeros comenta que tampoco se ha bañado.

Mientras esto sucede, por las calles va pasando Yusmeli, vendiendo catalinas. Se vino desde la terminal de San Félix para vender su producto a quienes hacen la cola. Ella es testigo de lo que a diario sucede en el lugar, en una cola que ella lucha por no tomar como algo normal. Asegura con orgullo que en esas estaciones de servicio no ha presenciado atracos pero lamenta darse cuenta de que no todos están ahí porque necesitan el combustible sino porque negocian con él.

Yusmeli confirma lo que todos han visto pero nadie se atreve a pregonar: ella ve cómo los Guardias Nacionales meten en la fila a familiares y amigos mientras padres, madres, ancianos sacrifican su tiempo para poder surtir.

Al otro lado del puente, hacia Puerto Ordaz, la situación no cambia.

“Señora si usted quiere entrar entre los 200 tiene que venirse temprano porque a las 3 de la mañana repartimos tickets”, explica un policía a Belkys Santiago, de 58 años y de un mes sin surtir combustible.

Bellkis camina desde Villa Asia hasta Alta Vista, y enfrenta la faena del día a pie. Sus ojos se encienden de ira al hablar de lo que ella denomina “el bachaquerismo de combustible”, mientras relata lo ocurrido en la cola de la estación de servicio de Alta Vista, diagonal a la Plaza Monumento a la CVG. Ahí intentaron venderle 20 litros de gasolina por 10 dólares. El monto se había duplicado para diciembre.

“¡Se priva uno de muchas cosas!”, protesta. Hasta de beber agua porque no hay donde orinar. Ella solo opta por enjuagarse la boca cuando le da sed. Fue testigo de cómo un motorizado le arrancó el teléfono de la mano a una muchacha que pernoctaba en su carro para surtir combustible a las 5:00 de la mañana, y de cómo un hombre compró cinco puestos delante de ella en la cola y se fue mientras ella se quedó toda la noche aguardando.

Desde entonces prefiere caminar. “Venden los puestos en 10 dólares. No voy a estar manteniendo a sinvergüenzas”.