Luego de haber sido esclavizados por el socialismo del siglo XXI, deberíamos pensar en el qué hacer cuando esto pase. Incluso, deberíamos tener a la mano argumentos muy convincentes para exigir una ruptura radical con este estado de cosas.
El país no es de nadie, es de todos los ciudadanos que no han derogado ni entregado su derecho a decidir, y que tiene memoria, el último recurso de la justicia.
La gran mentira alrededor del socialismo del siglo XXI es sobre el cálculo de su fuerza real, lo que no implica que no tenga recursos a la mano, y que los quiera y pueda usar.
El socialismo es ese acto de soberbia y prepotencia que termina en crimen de lesa humanidad. Pero también es esas ansias enfermizas de poder que los transforma en tiranías totalitarias que cercenan la libertad y censuran cualquier resquicio de verdad.
El socialismo no resiste el mínimo análisis de viabilidad. Venezuela es la última de las desgracias que han provocado los enemigos de la libertad. Porque el socialismo no termina siendo lo que promete. No nos hace iguales, nos reduce a la servidumbre.
Un país que ha visto arruinar sus empresas públicas, que vive las consecuencias del saqueo más brutal y que ha sido sometido a la devastación de su economía no puede creer en la eficacia de un régimen tan incapaz.
El socialismo del siglo XXI es un compendio bien completo del mal contemporáneo. La ruta del coraje busca vencerlo. Las otras rutas buscan preservarlo, al anular y desprestigiar la ruta del coraje. Hay un abismo ético entre una y otra posición.