Haciendo lo que hay que hacer, escogiendo a los más capacitados, no a los piquitos de oro, es como podremos dejarles a las generaciones por venir un país en el que se desee vivir, al que se anhele regresar.

Obligado por las circunstancias llegué a una sucursal bancaria del Estado, que, para empezar, su edificación da vergüenza porque el aire acondicionado no sirve, el calor es agobiante, un tobo de esos que usan las empleadas de la limpieza para lampacear los pisos era el recipiente de una gotera permanente que manaba del cielo raso. Cada vez que forzosamente debo acudir a esa oficina, el tobo está ejerciendo la misma función porque el sistema de aire acondicionado es sólo una figura de adorno que alguna vez mantenía agradable la temperatura dentro de la entidad. Al sentarme me di cuenta que la pantalla que servía para anunciar cierta información bancaria, verbigracia un televisor pantalla plana, no estaba, apenas pendía el cable que alimentaba con la información. ¿Qué pasó con el fulano aparato? –me pregunté-. Pronto me enteré del por qué. A la entrada, un personal técnico reparaba la puerta que da acceso al interior de la oficina que había sido dañada por los cacos que la noche anterior habían ingresado a la sucursal bancaria para robarla. No sé si substrajeron dinero, lo cual es obvio sería el principal objetivo de los maleantes; la información que recibí fue que se habían robado la fulana pantalla, unas computadoras, y el sistema con el que elaboran las tarjetas electrónicas para, entre otras cosas, hacer operaciones en los cajeros automáticos y en la taquilla, sistema que había estado dañado y supuestamente había sido reparada pocos días atrás. En su lugar lo que dan al cliente es una hoja de papel en donde está la información requerida para realizar todo tipo de operaciones bancarias.

Pero el cuento no termina en lo antes narrado, sino que también me enteré que alguna noche anterior los malandros habían “visitado” una librería cercana para robar lo poco que ofrecían para la venta, una que tiempo atrás era de las más famosas de la ciudad por la abundante mercancía con la que disponían para surtir a los clientes de todos los artículos que se necesitas en el ramo: libros, papelería, artículos de escritorio, etc.

La noche anterior en la que escribía este artículo, mi esposa me mostró una fotografía digital en su celular, en la que unas damas posaban en el interior de un gimnasio en Maracaibo, en ella figuraba una sobrina, quien es instructora allí. Un par de ellas, ese mismo día fueron secuestradas por unos maleantes; situación que había sido detectada por una comisión policial que no sé por qué circunstancialmente estaban cerca del gimnasio y prosiguieron a perseguir el vehículo en donde huían a toda velocidad. Se volcaron y en la colisión se mataron las dos damas y los secuestradores. Mi sobrina no estaba allí. Suena egoísta, pero suspiré porque ella no había sido secuestrada, estaba sana y salva, al menos de ese percance. No es que sea pesimista, sino que la realidad es que exponerse a salir fuera de las residencias (y aun estando en ellas), es un atrevido ejercicio extremadamente peligroso en toda ciudad o sitio en Venezuela, sean: calles, avenidas, autopistas interurbanas o extraurbanas, centros comerciales, cines, restaurantes, parques. Aun, acudir a una estación de servicio para surtir el vehículo de gasolina es exponer la seguridad personal, la tranquilidad, la vida misma en manos del malandraje que opera, que tiene en sus manos, que andan por todos los mínimos rincones de Venezuela como Pedro por su casa, de cuya variedad hay para todas las opciones y/o gustos, colores o rangos.

Este es uno de los graves daños que el chavismo le ha causado al país en estos más de veinte años que tienen gobernando y controlando todas las instancias. Nada se les ha escapado de sus dañinas garras. Han infectado e infestado a todo el país. Lo que han generado, además de la ruina espantosa, es una gran parte de una sociedad delictiva que aprendió a que ese es el modo de existir, de “hacer patria”. El trabajo tesonero, legal, es para los zoquetes. La instrucción, la educación y las buenas costumbres es filosofía hueca, de tontos, parte de las letras muertas en una de las frases del Libertador: “La enseñanza de las buenas costumbres o hábitos sociales es tan esencial como la instrucción misma”.

Recuperar el desastre económico que ha dejado el chavismo en estos calamitosos veinte años de gobierno revolucionario es sólo una muy pequeña parte del arduo trabajo que hay que hacer. La ruina que le han causado al país, todo lo que se intente formar y forjar al respecto, pasa por reconstruir a una muy importante como extendida parte de nuestra sociedad que se acostumbró a existir del mal vivir: de la corrupción, del bachaquerismo, de la estafa, del robo, en todas sus dimensiones. Tal recuperación de la ética y la moral ciudadana, de todos los principios fundamentales que rigen a una sociedad que se precie de ser civilizada, en mi opinión, no se puede ejecutar en corto tiempo, eso es imposible. Son años de años, décadas de arduo trabajo, es el desafío que se nos planta por delante, si es que empezamos de una vez, es decir: ya, ayer o anteayer. Es necesaria como imperativamente entender que requerimos cambiar los esquemas conductuales de toda la nación. Para luego, ni siquiera para mañana, podría ser demasiado tarde. Para alcanzar esa lejana, pesada y laboriosa meta, me temo que se necesita tanto trabajo, como tiempo, que me temo, la vida no me alcance para poder ver recuperado a mi país. Pero hay que hacerlo. No hay más opciones sino trabajo decente, espinoso, sin populismos ni politiqueros baratos, los cuales andan “pescando en río revuelto. Sólo al hablar se les percibe su pestilencia. Más de vente años de sujetos como estos en el poder, a muchos nos hicieron expertos en percibir la fetidez que los identifican”.

Haciendo lo que hay que hacer, escogiendo a los más idóneos, a los más capacitados, no a los piquitos de oro, es como podremos dejarles a las generaciones por venir un país en el que se desee vivir, al que se anhele regresar. Tal objetivo no se puede alcanzar por decretos ni imposiciones represivas, pero sí con justicia y equidad. Más de veinte años nos lo demostraron.

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