Es un año nuevo para que la emoción encuentre asideros en realidades transformadoras; para que las acciones triunfantes se impongan por sobre la nostalgia del legendario “bravo pueblo”.

@ottojansen

¡Ah, el 2021! ¡Estamos vivos! Fue el corolario de varios guayaneses como síntesis de la esperanza por los nuevos días. Es una expresión lacónica que sin embargo abarca el gran espectro existencial venezolano desde el cuadro de los tormentos propios e inacabados del país, hasta la sombra del acecho de la COVID-19, más en la “ruleta rusa” de cualquier otra nación.

Pero estar vivos es por igual lo que sucede con el esfuerzo de la resistencia de quienes se han propuesto defender la modernidad nacional, el espíritu de combate democrático; las luchas por la libertad ante los embates de la furia totalitaria con la manipulación de los hechos, la neolengua revolucionaria, el escepticismo comprado, el primitivismo del conocimiento y el desgano que han ocasionado las huidas que hemos visto en los últimos meses cuando la sensatez aconseja la persistencia en cuadros semejantes. Es un año nuevo para que la emoción encuentre asideros en realidades transformadoras para que las acciones triunfantes se impongan por sobre la nostalgia del legendario “bravo pueblo” que necesita salir de la humillación universal en la que estamos sumergidos por el proyecto rojo, sin convivencia con las leyes, la tolerancia, el respeto, el bienestar y desarrollo.

Pero las “continuidades” se hacen presentes (las de facto, y las constitucionales, así no se quieran o no se entiendan). Por ejemplo, el 4 de enero, la periodista María Ramírez Cabello publicó un oportuno y fundamentado trabajo titulado “Régimen de Maduro crea compañía y zona militar de desarrollo forestal en área entre Bolívar y Delta Amacuro”. Es decir, la depredación de la selva por sus cuatro costados sigue su curso en aras de la sobrevivencia de un Estado dictatorial que no guarda las formas, pero especialmente lo hace cuando se lleva por delante a los habitantes de todos los confines de Guayana que buscan en esos linderos no perecer de hambre en sus comunidades de origen. “Por las tierras del Delta (Sierra Imataca) anda un vecino del barrio, del que no se conocen otros detalles más al que presenta un año metido por las minas y no ha podido salir porque ese territorio y los que se encuentran allí están secuestrados por la guerrilla”, afirma un pariente de Ciudad Bolívar, donde reside el minero en cuestión. Por lo que se ve, mientras el gobierno instala su parlamento al que nadie reconoce y una mayoría discute la institucionalidad, la vigencia de la CRBV y el rescate del orden Constitucional, las tragedias siguen mediante los otros brazos del socialismo del siglo XXI.

Organización protagónica de la sociedad

El Estado esclavista se ramifica en el estado Bolívar. La fórmula cubana de los médicos integrales que prestan sus servicios mientras el Estado cobra y le otorga lo que han de devengar del contrato que estos cumplen, tiene otras variables todavía más inhumanas y vinculadas al capitalismo salvaje que las que aplica la “isla de la felicidad”. No se tiene que ser adivinador con una bola de cristal para saber que vendrán nuevas mafias y nuevas matanzas por donde va extendiéndose el proyecto extractivista revolucionario y su afán de riquezas para conservar el poder desde la Guayana profunda (son cifras inverosímiles para cualquier ciudadano común, lo que allí se maneja, refiere un conocedor). Es frente a esa voracidad, falta de escrúpulos y comportamientos hechos con premeditación y alevosía (caso de la muerte del indígena de Gran Sabana, Salvador Franco) por la que se rige la revolución bolivariana, destruyendo la economía, la productividad, implantando espejismos de apertura o de seguridad social. Es por eso por lo que no caben los “boxeos de sombras”, la poesía política o ejercicios de luchas, como si estuviéramos en tiempos normales (los errores de la interpretación y la subestimación de las acciones del chavismo siempre han sido el gran hándicap de los factores democráticos). Superar el romanticismo de la discusión académica, los gastados cálculos electorales con sus candidatos fantasmas e inútiles organizaciones partidistas se torna imprescindible a la propuesta política que conecte con el sufrimiento de la gente y articule con el Estado de derecho y el imperio de la ley.

Es desde el “instinto” de la cultura de la libertad del pueblo venezolano, que hoy rechaza sin titubeos las operetas de la institucionalidad, desde donde brota el sentimiento que reclama la regeneración democrática y que habrá de devenir, necesariamente, en la reingeniería de organizaciones políticas para el ejercicio ciudadano.

Organizaciones cívicas para el crecimiento de la sociedad como un todo en desarrollo de programas de gestión pública local, regional y nacional. El año de la libertad, de la construcción orgánica se plantea para Venezuela en este 2021. Arrecia la pandemia, la miseria, el control dictatorial. Se estrechan los caminos y las oportunidades ante el vandalismo que usa el fuego contra el conocimiento (retratada este inicio del calendario en la antigua Angostura y ya varias veces en las ruinas que quedan de la Universidad de Oriente), en la frialdad del poder político con la que asume la conculcación y destrucción de la Republica. Es el momento de alzar la voz con firmeza y confianza, desde la fuerza de la sociedad civil que permitirá, seguramente, empujes hacia victorias definitivas.

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