La gravedad y peligrosidad de un retorno no controlado ni ordenado de los venezolanos a su país pudiera desencadenar en una crisis internacional latinoamericana y comprometer soberanías, gobernabilidad y derechos humanos.

Según cálculos de algunos organismos internacionales la diáspora venezolana es de 5 millones ochocientos mil personas, y para finales de 2021 pudiera pasar de los 7 millones, de los cuales 6 millones estarían ubicados en Centroamérica, el Caribe y América del Sur.

Desde esas perspectivas, en el año 2020 pudimos convocar a un número importante de diputados de la Asamblea Nacional de Venezuela, a quienes explicamos nuestra angustia por las violaciones de derechos humanos de la que es víctima un número significativamente alto de venezolanos en todo el continente suramericano; del mismo modo, logramos construir una plataforma continental de venezolanos con quienes comenzamos a manejar y compartir algunas visiones; y por supuesto, logramos sondear la opinión de algunas personalidades internacionales, que mostraron su angustia, preocupación y esperanza de que pronto podamos construir un corredor humanitario transcontinental, concepto que procuro explicar a continuación.

¿Qué es el Corredor humanitario transcontinental? Lo hemos definido como una institución administradora de políticas públicas de alcance internacional, encaminadas a proteger los derechos humanos de grandes masas migratorias que se muevan en el territorio latinoamericano, específicamente, en el denominado Cinturón de Fuego de América Latina, constituido por Colombia, Ecuador, Bolivia, Perú, Chile, Argentina, Uruguay, Paraguay y Brasil.

¿Cuál es su finalidad? El fin último es proteger los derechos humanos de los venezolanos desplazados que necesitan regresar voluntariamente a nuestro país. Nuestras estimaciones coinciden con algunos organismos internacionales cuyas cifras de regreso se pudieran elevar a 30% en un determinado momento, si se cumplen por lo menos, dos condiciones.

¿Cuáles serían las condiciones que se deben cumplir para que se produzca el retorno del 30% de la diáspora a partir de un determinado momento? La primera la constituye la caída del régimen nefasto de Maduro, y la segunda, superado la COVID-19, la apertura de las fronteras. Ambas son posibles de cumplirse, por lo menos, en el primer semestre de 2021.

¿Qué hacer ante esta realidad avasallante? En mi opinión, y compartida con un gran número de venezolanos dispuestos a meterle el brazo a este tema, lo primero que debemos hacer es un ejercicio mental, que consiste en ver el día que abran las fronteras y caigan el régimen nefasto de Maduro. Estamos hablando de una masa determinada a regresar inmediatamente, cuya aproximación pudiera estar, en 1 millón 800 mil venezolanos, resueltos a cruzar fronteras como sea; sin duda, haría colapsar cualquier dispositivo de reguardo del orden público nacional e internacional, además de ser, altamente peligroso para los propios desplazados, pues no hay condiciones mínimas de tránsito, seguridad y salud, entre otras.

Para la próxima entrega, estaremos ahondando sobre este tema, con el ánimo de convocar más voluntades y sensibilizar sobre esta realidad en la que los gobiernos tienen un papel fundamental y protagónico.

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