El trabajo nuestro es moderar esa versión Twitter de nosotros mismos y calibrar el lenguaje. La desconfianza y odio recíprocos frecuentemente son estériles.

@RinconesRosix 

En los días en que Estados Unidos formalizó su rechazo al régimen de Maduro y apoyó a la oposición democrática liderada por la Asamblea Nacional, el presidente Donald Trump leyó un discurso muy bien calibrado. En una sintaxis y vocabulario sencillos y sin excesos retóricos, el texto sintetizó la malignidad del régimen, su desvío y dilapidación de ingentes recursos hacia la corrupción más grotesca y gigantesca que haya padecido un país a manos de sus propios gobernantes. En dos oportunidades, el discurso hizo recordar aquella Venezuela que había sido el país más pujante y próspero de América Latina, y fue en ese momento cuando el presidente estadounidense anunció sus acciones para recuperar la democracia del país. La mesa estaba servida.   

Ese discurso fue la joya de la corona. De una clara autoría republicana, los objetivos y premisas reflejaban no sólo los intereses políticos del partido Republicano en los votos del sur de Florida o de Texas, sino que respondía a su concepto de seguridad hemisférica y, por qué no decirlo, quizás de su vigilancia a la influencia de China en la región.         

Desde ese día debí revisar mi postura respecto al presidente Donald Trump, y no es para menos. Poco antes de ese día, él mismo había amenazado a un juez quien había fallado contra la Universidad Trump por acusaciones de fiasco. Públicamente lo insultó a él y a su origen hispano. Esa es una inequívoca y notoria prueba de que se había cruzado la línea roja que divide a una democracia de una tiranía. El presidente de una república no puede irrespetar o desautorizar a un juez o mandar a nadie preso, ni pública ni privadamente.  Pero hay algo aún más letal en esas “comunicaciones” públicas: implican amenaza y algo peor aún, buscan normalizar el crimen, instaurar la subordinación de los poderes públicos ante el presidente de la república. Su democracia tiene grietas que resolver, y nosotros las nuestras.         

No hace falta recordar que fue esa una de las prácticas que instauraron la tiranía en este país. Quizás para muchos sea tan “normal” como para no ver la severidad que encierran. Actos de esa índole son suficientes para encender la alarma de incendios, pero cuando se vuelven normales, nunca las alarmas suenan y el humo mata antes de llegar la llama. Y es estrictamente por eso que debería ser un dilema para los venezolanos este asunto de apoyar o no al presidente Trump.         

Debo recordar lo letal que ha sido la antipolítica. Se han satanizado tanto a los políticos tradicionales que la gente realmente cree que cualquier “no político”, debe ser aplaudido, sea cuales fuesen sus códigos. Sin embargo, esas tendencias fatales de Trump han sido medianamente controladas por el sistema. Aún hay garantes y actores, y una claridad suficiente para atajar los males, al mismo tiempo que los republicanos han aprovechado la capacidad de Trump para osadías y otros dislates.         

Por ejemplo, en una entrevista para la televisión alemana DW (1), Jamie Fly de German Marshall Fund, dijo que había sido positivo el que Trump hubiese expresado públicamente muchas diferencias y molestias de los Estados Unidos en relación con Alemania. Fly afirmó asimismo que el expresidente Barack Obama llegó a tener las mismas frustraciones. Innegablemente, la retórica y acciones de la administración de Trump lograron presionar al gobierno de Ángela Merkel, y la búsqueda de entendimiento debe continuar. Queda evaluar, sin embargo, si esa ruidosa franqueza con Alemania justifica los otros resultados indeseables. Ahora bien, es inevitable comparar esa situación con el silencio y la poca acción del gobierno de Obama en relación con Venezuela. No obstante, para ser justos con él, habría que estudiar esa etapa del proceso. Nos vendría bien contar con un dedicado periodista para hacerle una entrevista al expresidente. 

Hay trabajo por delante 

En los Estados Unidos existe un clamor por atender la gravísima polarización. El presidente electo, Joe Biden, tiene en su haber el ser un reconocido conciliador en el Congreso y eso le vendrá al dedo con la tarea venidera. Se dice que el 56% de los encuestados en temas políticos no expresan sus opiniones y preferencias políticas por temor a ser rechazados o agredidos verbalmente. Sin embargo, la encuestadora J. Ann Selzer, que ha acertado los resultados en las últimas elecciones, está en desacuerdo con la teoría del grupo silencioso. Su palabra por delante, la compañía de Selzer es una fuente certificada para aclarar el panorama. En cualquier caso, lo peligroso de los sentimientos escondidos es que pueden ser hábilmente utilizados por un líder inescrupuloso, para hacerse del poder en sí mismo y nunca para resolverles los problemas a los ciudadanos. Nuestra nación es testigo de eso. Es por eso que la presidencia de Biden ayuda a ganar tiempo. Los Estados Unidos tienen que aprovechar estos próximos cuatro años para disminuir la polarización.         

El trabajo nuestro es moderar esa versión Twitter de nosotros mismos y calibrar el lenguaje. La desconfianza y odio recíprocos frecuentemente son estériles. ¿Por qué no dejar las desavenencias sólo para lo verdaderamente útil? Y por otra parte, es trabajo de la única y legítima Asamblea Nacional el trabajar con la administración de Biden sobre la ruta por seguir en la recuperación de la institucionalidad democrática de nuestro país. Parafraseando las palabras de Jamie Fly, los demócratas deben asumir las carreras de relevo, particularmente aquellas donde Trump logró avances. Venezuela es una de ellas. 

Nota: El día jueves, los periodistas insistieron en preguntarle al presidente electo, Joe Biden, si él exigiría una acción legal para hacerle frente a las feroces movidas del presidente Donald Trump en su propósito de invertir los resultados electorales. Respondió como un político que sabe conservar sus energías y usarlas cuando es estrictamente necesario. Según él, su experiencia le dicta que se consigue más apelando al sentido común de sus colegas republicanos que entrando en querellas legales. “Allá voy. Y no estoy bromeando”, dijo y dejó claro que él sería juramentado presidente el próximo 20 de enero.

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