Muchas veces me han preguntado por qué sigo estudiando. Me lo he estado preguntando a mí misma y concluí que seguimos aprendiendo porque seguimos confiando en la transfiguración del sistema.

@francescadiazm

Estos días no han sido los mejores. Bueno… en Venezuela nunca lo son. Me atrevo a decir que el problema que menos preocupa al venezolano es el COVID. Los días se pasan entre colas de gasolina, de gas, entre ver qué hacer mientras no hay electricidad y en esperar a que llegue el agua para correr a recolectarla porque apenas llega ya estamos pensando cuándo se va de nuevo.

Soy admiradora de todos mis compañeros de clases. De todos los que tienen un emprendimiento y estudian al mismo tiempo. Me impresionan también los que, como yo, solo nos dedicamos a estudiar. Se habla mucho de los jóvenes que emigraron, de esos valientes que salían a protestar en 2014 y en 2017. De esos que ya no están. Incluso se recuerda a los que dejaron la vida en las calles del país. Pero hay un grupo del que no se habla mucho: los que nos quedamos.

Eso me hizo preguntarme por qué y para qué. Hay unos que lo ven como un boleto seguro al éxito en el exterior y otros que lo ven como una garantía de que pueden mejorar este país. Estos últimos están férreamente convencidos de que son ellos quienes van a construir esa nueva Venezuela. Yo soy del primer grupo. Y así, en una cultura que casi te espeta todos los días que estudiar no sirve de mucho, que los negocios y el bachaqueo es el único camino para el venezolano, estamos nosotros, los que nos aferramos a esa idea de que el conocimiento te puede dar las herramientas para luchar en la vida.

 Eso se lee y se dice bonito. Pero a la hora de pagar la universidad, hay muchas historias. Algunas sencillas y otras muy intrincadas. Están aquellos que pueden pagar con facilidad, que no se queman las pestañas pensando qué hacer ante el nuevo aumento. Están los que se han podido costear sus estudios con mucho sacrificio con su propio emprendimiento o como trabajador independiente. Ellos cuentan cada centavo que ganan y son los estudiantes que te pueden decir exactamente cuánto cuesta cada cosa, hasta la última décima de los montos de la matrícula. Los que inscriben solo cuatro materias y se adaptan a lo que pueden pagar. Y están aquellos que ya no pueden, los que ya no leen el monto porque el semestre pasado era impagable y este lo será más. Los que vivieron su último semestre en marzo.

Es fácil identificar a cada uno. Recuerdo el último primer día de clases que tuve y es impresionante cómo desde que entras a un salón sientes esa mezcla e energías que a primera vista te hacen querer adivinar las realidades de todos. Supongo que los profesores ya son expertos en esto. En ver cómo cada semestre hay alumnos que tienen la suerte de usar zapatos nuevos y cómo hay otros que cada vez pueden ver menos materias. Creo que nadie habla de eso. Creo que entre tantas injusticias, muertes y demás, las personas lo pueden haber olvidado.

Así como a veces nosotros, en medio de la desesperación, olvidamos por qué estamos allí. Me lo pregunté mucho en estos días y llegué a la conclusión de que los estudiantes son algo así como la personificación de la fe. Los que creemos que nos podremos ir del país y conseguir un gran trabajo y también los que creemos que podemos cambiar Venezuela. Entre tanta desidia y tanta negatividad, hay un grupo de personas que sigue creyendo, que siguen apostando, que el sistema se los está tragando y siguen conectándose a Zoom para ver clases en casa. ¡Un grupo de personas que sigue esperando que la pandemia acabe para correr a las aulas y reencontrarse con el método de aprendizaje óptimo para su preparación profesional!

Por eso seguimos. Seguimos porque tenemos fe en la educación, en el conocimiento, en la pasión. Esos sentimientos de autorrealización que muchas veces ni el dinero puede dar, porque estoy convencida de que aprender es la única acción capaz de hacerte sentir que estás haciendo algo bueno con tu vida. Y esa sensación no la tienes ni cuando tienes todo el dinero del mundo.

Estudio con personas cuyos padres tienen exitosos negocios en buenas zonas de la ciudad y unos lo ve y se pregunta: “¿Por qué esta persona no está trabajando con su familia si podría estar ganando mucho dinero?”. También hay personas que vienen de familias muy pobres. Cuando ves alguna solo piensas en cómo puede ir a estudiar con tantas carencias. Es una tautología. Al final, las realidades opuestas chocan en el mismo salón y obtienen los mismos conocimientos y están ahí. En una enorme desigualdad de condiciones. Ambos lados de la historia pudiendo hacer otra cosa, pero siguen ahí pagando la matrícula, dedicándose a sus clases y haciendo lo mejor que pueden.

Lo llamé tautología porque quizás tienen motivaciones distintas, pero todo se reduce a un mismo pensamiento: aunque el mundo les diga que no, aunque Venezuela les grite que no, ellos siguen convencidos de que estudiar es el camino para mejorar su calidad de vida. No es coincidencia que la mayoría de sus padres crean lo mismo. Por eso uno se topa en el departamento de cooperación económica con madres que te cuentan que tuvieron que vender el aire, el teléfono, dejar de pagar tal o cual cosa; pero jamás dejarían de pagar la universidad.

Por eso sigo estudiando. Porque lo veo como la única forma. Los que nos trajeron a este punto no estudiaron lo suficiente. Por eso me deleito en mis clases, en la oportunidad que tengo, aunque en ocasiones no lo parezca y uno se desmotive, de mejorar la realidad. ¿Utópico? Un poco. Quizás demasiado. Pero las convicciones pueden ser indetenibles.

Aunque nos desmotivamos, aunque a veces parece que no tiene sentido, aunque más veces aún que las anteriores he creído que no soy lo suficientemente buena. Nunca he querido dejar de intentarlo. Nunca he querido dejar de hacer lo que hago. Y sé que no solo me pasa a mí, sé que en cada clase que tomo hay cuarenta personas pagando casi mil dólares por semestre que se han quejado muchas veces pero que no quieren dejarlo. Y esa energía, esa determinación, esas ganas en medio de un panorama que nos ha truncado muchas veces no puede no servir de nada. No puede estar inerte. Sea para irse o para quedarse, la energía de los jóvenes que siguen creyendo está ahí.

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