Con esos anticuerpos antimperialistas clavados en una inestable psiquis los franquiciados del ñangarismo se convierten, muy rápida y fácilmente, en dueños de aquellos lábiles sujetos.

El antimperialismo de esta tiranía socialcomunista me resulta esquizofrénico, delirante, obsesivo y engañabobos. Una pregunta obvia salta como un conejo en el monte: ¿por qué si son tan antinorteamericanos les duelen tanto las sanciones de Donald Trump? Deberían celebrar y brincar en una pata por esta decisión del presidente republicano, quien les ha cerrado las puertas de la primera potencia del mundo, a la que los impolutos revolucionarios de uña en el rabo desprecian, denostan y odian con toda la fuerza de su ideología castromarxista.

Debo recordar que la primera vacuna inoculada en los círculos de estudios para principiantes tiene como ingredientes esenciales el rechazo y el odio contra el imperio gringo. Lo que va directo al torrente circulatorio de la irracionalidad, propia de esas sectas izquierdosas, cuyo fin último es la fanatización para controlar a su rebaño.

Con esos anticuerpos antimperialistas clavados en una inestable psiquis -que siempre está en búsqueda de un palo en el que ahorcarse ideológicamente- los franquiciados del ñangarismo se convierten, muy rápida y fácilmente, en dueños de aquellos lábiles sujetos. Los llevan y los traen como han hecho, durante décadas, los Kim en Corea del Norte o los Castro en Cuba, que le dan a sus acólitos una banderita de papel pegada a una paleta de helado, para que la agiten al compás del himno nacional mientras gritan “yanqui go home”. El paso siguiente es quemar el pabellón de las rayas y las estrellas, en un acto primitivo de carácter mágico-religioso, que a estos piromaníacos les resulta de lo más revolucionario. Si lo hacen frente a una embajada americana el placer es mayúsculo y se sienten más Che Guevara que el propio argentino.

Son rituales de una liturgia que se repiten en los territorios conquistados y colonizados por el socialcomunismo, para mantener la llama encendida del antinorteamericanismo: un aglutinante de probada eficacia, capaz de mantener la adhesión, y los amarres sólidamente atados, mediante la ceguera ideológica, que como dejó dicho Octavio Paz, impide pensar.

Con el antinorteamericanismo alimentan a la manada, pero las élites dominantes abren cuentas en el sistema bancario gringo, son propietarios de bienes de todo tipo, porque sirven para lavar la riqueza mal habida en el territorio que dominan. Van a conciertos, visitan museos, compran antigüedades para darse un barniz de cultos, intelectuales y exquisitos. Pero lo que más les fascina es ir de shopping y comprar las marcas más caras para bañarse con el lujo, la pompa y la ostentación de los nuevos ricos. Porque también están deseosos de ser aceptados en el selecto club de la izquierda caviar o de la Gauche divina. Lo dan todo para ingresar a ese círculo de nulidades engreídas y de chulos impúdicos y corruptos, congregados en una gazapina, que es una junta de trúhanes y de maleantes. Lo que realmente son la mayoría de estos indeseables.

Las dictaduras de izquierda necesitan, por encima de todo, a un enemigo exterior, como acertadamente lo dijo Jean-François Revel. Por eso el castrocomunismo, la teocracia de los ayatolás, la Corea de los Kim, la China comunista y la Venezuela socialista, no pueden desprenderse de un adversario indispensable como es el imperio gringo. Ninguno de estos regímenes totalitarios sobreviviría si pudieran amigarse con la gran democracia norteamericana.

El castrismo se ha sostenido gracias a los negocios que su enemigo preferido les permite llevar adelante. ¿Para dónde Fidel hubiese expulsado a la gusanera que quería fuera de sus posesiones? Por cierto, esos seres vermiformes han aportado mucho -mediante las remesas- al presupuesto de esta vetusta tiranía. Diría más. Sin quererlo, ellos han contribuido a perpetuar esta satrapía criminal, más allá seis décadas.

Lo de la cúpula castrocomunista en Venezuela es de una bipolaridad de librito. Han intentado instalar en nuestro imaginario un antinorteamericanismo balurdo y ramplón, pero sobre todo hipócrita. Por un lado, Estados Unidos es culpable de todas nuestras desgracias, pero por el otro exigen la suspensión de las sanciones para sumergirse en la lujuria del consumo fastuoso y opulento que sólo es posible en EE UU. Su demagógico argumento es el de la compra de alimentos y medicinas para el famélico, enteco y desasistido pueblo venezolano. Otro dato relevante de su tracalero antinorteamericanismo, es que la destartalada economía socialcomunista se sostiene, precariamente, sobre la fortaleza que le proporciona el dólar, como también ha ocurrido en Cuba: esa sanguijuela insaciable que no se cansa de exprimir la teta seca de su colonia llamada Venezuela.

Agridulces

El Partido Comunista (PCV) acaba de enterarse que la FAES persigue, reprime, tortura y asesina a los venezolanos, por ello exigen su disolución. Son innumerables los crímenes de esta banda oficial y no habían dicho ni pío, pero le tocaron a uno de sus candidatos en Achaguas y pusieron el grito en el cielo.