Rafael Bolívar Coronado fue un escritor fuera de serie. Si llegásemos a reunir toda su obra, esta ocuparía una enorme cantidad de estantes. Sin embargo, y eso es lo curioso, ninguno de esos escritos lleva su nombre. Bolívar Coronado empleó más de seiscientos seudónimos y con ello nos legó variados y entretenidos problemas que ponen de cabeza a la literatura.

@diegorojasajmad

Rafael Bolívar Coronado resulta un extraordinario caso en la historia de la literatura venezolana. Nació el 6 de junio de 1884 en Villa de Cura, estado Aragua, y continuó la labor artística de su padre, Rafael Bolívar Álvarez, quien fue un reconocido escritor costumbrista. Hoy se le recuerda más por ser el autor de la letra del Alma Llanera, nuestro segundo himno; sin embargo, su vida esconde facetas mucho más interesantes y polémicas.

Bolívar Coronado se mudó a Caracas en 1912 para incorporarse a la vida intelectual. Colaboró en El Cojo Ilustrado, en El Universal, en El Nuevo Diario, entre muchas otras publicaciones de Caracas y del resto del país. En 1916 partió rumbo a España, pero allá la adversidad económica le seguía atormentando y por ello, tanto en Madrid como en Barcelona, tuvo que emplear a fondo la escritura como principal sustento de vida. Un testimonio de su joven esposa española describe bien la situación límite de aquellos años:

“Llenaba y llenaba cuartillas como tentado por una enfermedad. Cuando estaba en ese trance no era posible importunarlo porque explotaba su humor. Le hablaba y como que no oía. Solamente lo sacaba de sus profundidades golpeándole suavemente sobre los hombros y se enojaba, aunque la molestia significaba recordarle que había pasado ocho o diez horas sin ingerir alimento y sin moverse de la pequeña mesa-escritorio. Era frecuente que escribiese hasta cinco artículos por día”.

Uno de sus múltiples trabajos de escritura fue en la Editorial América, de Rufino Blanco Fombona. Allí se le encargó la trascripción de viejos manuscritos relacionados con la conquista y colonización de América que se encontraran archivados en la Biblioteca Nacional de Madrid. No era un trabajo difícil y llegó a entregar para su publicación cinco crónicas firmadas por fray Nemesio de la Concepción Zapata, Maestre Juan de Ocampo, F. Salcedo Ordóñez, Diego Albéniz de la Cerrada y Mateo Montalvo de Jarama.

Tiempo después, ya publicadas las crónicas por la Editorial América, el historiador venezolano Vicente Lecuna se percató de ciertas estructuras de redacción y de vocablos que no eran empleados ni conocidos para la época en la que supuestamente fueron redactados los manuscritos. Por ejemplo, en uno de los textos se afirmaba que el cacique Nicaroguán poseía un “burdel”, siendo la palabra burdel un galicismo del siglo XIX, imposible de emplear en el español del siglo XVI. Lecuna dio aviso a Blanco Fombona, yendo este a confrontar los libros publicados con los originales de la Biblioteca Nacional madrileña; al solicitar los folios respectivos, según los números ofrecidos por Bolívar Coronado, cuál sería la sorpresa de Blanco Fombona al darse cuenta de que dichos folios nunca existieron, que todo fue una invención de Bolívar Coronado.

Humillado por tal estafa, Blanco Fombona comenzó a revisar otros títulos de su editorial, y encontró que El Llanero. Un estudio sociológico de Daniel Mendoza, Letras españolas, primera mitad del siglo XIX, de Rafael María Baralt, Obras científicas de Agustín Codazzi, entre otras tantas, fueron fabulaciones de Bolívar Coronado. Fue tal el afán de enmascaramiento de Rafael Bolívar Coronado que llegó a utilizar más de seiscientos seudónimos, diseminados la mayoría por la prensa de la época, causando aún hoy día problemas de crítica e historia literarias.

Ese escándalo destapó uno mayor que al día de hoy ha mantenido de cabeza a los estudios literarios: ¿cuáles de los trabajos de Rafael Bolívar Coronado son ciertos y cuáles no? ¿Cómo discernir la autoría de esos textos? Tal fue la cantidad de escritos elaborados por Bolívar Coronado que es hoy imposible saberlo: trescientas entradas para la enciclopedia Espasa-Calpe, otras tantas para la enciclopedia Uteha, antologías poéticas de América, Costa Rica, Bolivia y Ecuador donde poetas y poemas en la mayoría de los casos son invenciones, miles de artículos en revistas y periódicos escritos por Bolívar Coronado y firmados por Humboldt, Amado Nervo, Andrés Bello, Arturo Uslar Pietri, Carlos Borges, Blanco Bombona, Federico Nietzsche, Pérez Bonalde, José Martí, Víctor Hugo, Sor Juana Inés de la Cruz, Vargas Vila, Unamuno, entre muchos y muchos otros nombres de escritores, reales o no. Rafael Ramón Castellanos, el minucioso investigador de la seudonimia y gran pulpero del libro antiguo, pudo recopilar algunos de ellos en un libro titulado Un hombre con más de seiscientos nombres.

Murió Rafael Bolívar Coronado el 31 de enero de 1924, durante la pandemia de la gripe española, a la temprana edad de 39 años.

La impostura de Bolívar Coronado nos invita a reflexionar, como antecedente remoto y práctico de las disquisiciones de Barthes y Foucault, acerca del sentido y el valor del nombre en el campo de batalla que es la literatura.

Otras páginas:

-El affaire Cabaliere: La semana pasada escribí acerca del Premio Espasa de Poesía 2020. Allí planteaba la necesidad de ir más allá del cuestionamiento a la mala calidad de los poemas y, en cambio, tratar de comprender lo que parece ser un nuevo género en ciernes: la poesía Instagram, con miles de productores y consumidores, y con un tipo de discurso con ciertas cualidades comunes. La polémica creció al punto de cuestionar la existencia misma del ganador. Se dijo que el autor era un bot que plagiaba y reelaboraba textos de las redes sociales, un personaje ficticio creado por la editorial, un escritor escondido en un seudónimo que buscaba desestabilizar la razón de los premios literarios. Sea cual sea el desenlace de esta truculenta historia, no desaparecen por ello los textos que los otros miles de autores generan y consumen y que pueden agruparse bajo el término de poesía Instagram. Dos buenos estudios me recomendaron para profundizar en el tema: La lira de las masas: Internet y la crisis de la ciudad letrada. Una aproximación a la poesía de los nativos digitales (2019), de Martín Rodríguez-Gaona, y Nuevas poéticas y redes sociales. Joven poesía española en la era digital (2018), coordinado por Remedios Sánchez. El asunto merece una reflexión más profunda.

-El encuentro entre autor y lector: “Quizás mis clases de Teoría Literaria no dejaron la menor huella en las sucesivas generaciones de estudiantes, pero a mí me resultaron provechosas. Eran como una gimnasia; me daban cosas que pensar, y a lo largo del tiempo mis modos de ver fueron cambiando. Al principio les ponía a los estudiantes, como ejemplo de no-literatura, o si acaso apenas de “sub-literatura”, las novelas de Corín Tellado (que, por cierto, no había leído). Pero una vez iba yo de pie en un tranvía, y ante mis ojos estaba, sentada, una señorita con aspecto de secretaria de oficina, concentradísima, a solas consigo misma, absorta en la lectura ¡de una novela de Corín Tellado! Se me reveló entonces, como en un relámpago, la desnuda Verdad: para esa señorita, para ese ser humano normal, Corín Tellado era tan cien por ciento literatura como Flaubert o Proust para otros lectores (y quizás para ella misma, más tarde). El encuentro de un autor y un lector tiene millones de realizaciones y de escenificaciones”. Antonio Alatorre.

Rafael Bolívar Coronado resulta un extraordinario caso en la historia de la literatura venezolana. Nació el 6 de junio de 1884 en Villa de Cura, estado Aragua, y continuó la labor artística de su padre, Rafael Bolívar Álvarez, quien fue un reconocido escritor costumbrista. Hoy se le recuerda más por ser el autor de la letra del Alma Llanera, nuestro segundo himno; sin embargo, su vida esconde facetas mucho más interesantes y polémicas.

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