Henri Marie Raymond de Toulouse-Lautrec-Monfa pasó de una cuna aristocrática a narrador de la vida social representando pictóricamente al pueblo y a la nocturnidad de la 𝘣𝘦𝘭𝘭𝘦 𝘦𝘱𝘰𝘲𝘶𝘦 parisina, haciendo protagonizar a las prostitutas, con las que convivió y aprendió a querer.

@ngalvis1610

Hay tiempos en los que hablar de sustento o manutención es tocar puntos álgidos, sobre todo cuando las economías personales se resienten. Genera incertidumbre y sobresalto no ver con claridad la estabilidad de nuestro sustento. Las crisis nos obligan a repensarnos y proponer reinvenciones, en muchos casos desesperadas para no perder el nivel de vida acostumbrado.

Aunque suene interesante y provoque la reflexión sobre asuntos humanos recurrentes en los últimos tiempos, como la cacareada resiliencia y los aplaudidos emprendimientos entre otra cantidad de términos convocados a definir el horizonte humano de la actualidad, esa reinvención o nueva vía de sostenimiento no todas las veces es exitosa, o en algunos casos ese triunfo llega después de la existencia consciente, después de la muerte, como es el caso de muchos artistas quienes en vida no gozaron del reconocimiento merecido o no llegaron a visualizar la importancia alcanzada por su legado artístico. No son todos, posiblemente menos de los que creemos, pero es la idea que nos hemos forjado en torno de la historia de los artistas.

Lo que sí está comprobado es que casi en paralelo al interés que genera la obra de un creador nos embullamos fascinados en la biografía de muchos de ellos. Y uno de los aspectos más resaltantes de estos testimonios radica en la forma en que vivieron, cómo se mantuvieron, si dedicaron su quehacer al hecho de la creación plástica por completo. Muchos textos concernientes y revisionistas de la historia del arte dedican párrafos a contarnos las vicisitudes de estos personajes, y en otros tantos casos se pretende hacer corresponder parte de la genialidad lograda en su producción, con aspectos provenientes de la experiencia personal. Y si el asunto se relaciona con situaciones deplorables, de economías fracasadas, desplomes personales, más encanto y atractivo revestirá a la anécdota.

Henri Marie Raymond de Toulouse-Lautrec-Monfa pasó de una cuna aristocrática a narrador de la vida social representando pictóricamente al pueblo y a la nocturnidad de la belle epoque parisina, haciendo protagonizar a las prostitutas, con las que convivió y aprendió a querer.

Un accidente a muy temprana edad lo condenó a no poder desarrollar una estatura de más del metro y medio. Pero no impidió que llegara a ser considerado uno de los más destacados artistas del arte moderno francés. Definirlo es decir de él que fue un pintor y cartelista, amante de la bohemie, minusválido, alcohólico, de deambular nocturna, sedicioso, depresivo, que sólo llegó a medir 1,52 m de altura, y padeció de sífilis.

Más que todo por su apariencia, desde muy joven sufrió el rechazo de la alta sociedad a la que pertenecía por abolengo. Así descubrió en la precipitada Montmartre de la época, el lugar donde se podía sentir entre iguales y decidió establecerse en la zona de los burdeles del barrio más despreocupado de París, frecuentando sus cabarets y codeándose con los artistas más ilustres, extravagantes, pero reconocidos de la Francia decimonónica.

Fue célebre su claro desprecio por los pintores paisajistas y por los impresionistas de la generación precedente. Solo guardó respeto por Degas, con quien compartía ese gusto por las bailarinas, los ambientes interiores y circenses. Eso lo condujo a convertirse en uno de los exponentes más celebres del posimpresionismo, con una grandiosa obra que le adeuda mucho a la contemporánea invención de la fotografía. Con un manifiesto dinamismo, una impronta aparentemente espontánea, recrea escenas y figuras en soberbios dibujos en los que se destacan unos encuadres innovadores, los trazos vertiginosos y expresivos que precisan a la perfección personajes, contextos y atmósferas.

Siempre ha causado sensación su destacado papel como dibujante e ilustrador, lo que le procuró la fama y el reconocimiento del que goza a posteriori, además de haber significado los oficios que le proveyeron la subsistencia gracias al encargo para la realización de carteles que devinieron como precursores de la publicidad, lo que le dio presencia a los cabarets y espectáculos que se presentaban.

Fallece muy joven, apenas había cumplido los 36 años. La terrible sífilis acabó con su ya deteriorado organismo. Murió convertido en el promotor de los lugares más festivos del París de comienzos del siglo XX. Su nombre irremediablemente está unido a uno de los iconos de esa ciudad como lo ha sido el Moulin Rouge.

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