Es toda esa fuerza junta lo que explica que desde el seno de la sociedad civil guayanesa se manifieste un profesional de salud que hace uso de su actitud, de su palabra para retar los atropellos a la ciudadanía de esa pesadilla nacional que es la distribución de la gasolina.

@ottojansen

Por más desolada que parezca debido a los ritmos de la cuarentena radical o la semana de flexibilización que ocasionan las medidas del gobierno de facto por la COVID-19, y por más complejo que parezca el cuadro de su economía, que propugna para no quedar atrapada en la parálisis y bajo la sombra omnipresente de la quiebra del proyecto industrial, Ciudad Guayana sigue su curso con gente activa, emprendedora, contestataria (porque quizás el tiempo sea para esto, más que para poesía política) y luchadora. Busca la urbe, desde las comunidades extensas y perdidas de San Félix hasta las amuralladas e inconclusas urbanizaciones de Puerto Ordaz, explicaciones y motivaciones para la felicidad y por encontrar la normalidad sin tantos padecimientos.

La dinámica cotidiana tiene vestigios de preocupación formal por la gestión pública, como por ejemplo el reclamo de la Cámara de Comercio a la Alcaldía de Caroní sobre la intención de la ordenanza de aumentar los tributos a los reducidos establecimientos que hacen maromas para existir, lo que parece no ser de interés ni ocasionar reacción alguna en las autoridades. Las protestas por el agua, el gas o la electricidad, que se multiplican día a día con mayor profundidad, dejan oír la voz de un pueblo que no se rinde en los vaivenes de las estrategias acomodaticias de las dirigencias.

Existe un movimiento anónimo, inusitado de emprendedores de eso que los especialistas llaman “la economía de emergencia”, que si bien busca exclusivamente el dinero para sostener los núcleos familiares, no deja de ser asombroso en su vistosidad en la oferta, el colorido de su energía, la creatividad para no quedar circunscrito a los límites del sacrificio y la entrada a la desesperanza. Este movimiento es característico de toda la geografía regional y nacional, estamos de acuerdo, pero en una población como Ciudad Guayana, hasta antier colgada de la actitud pendenciera por su condición obrera y de zona de industrias boyantes, es un escenario hasta agradablemente notable por su diversidad y pujanza. Cuando alguna vez se inicie el camino de recuperación de derechos, justicia y democracia, quedarán en pie gran cantidad de estos emprendimientos que ahora resisten la asfixia de la ruina de Guayana y del amenazante huracán del COVID-19. Es toda esa fuerza junta lo que explica que desde el seno de la sociedad civil guayanesa se manifieste un profesional de salud: ciertamente, no es un ciudadano común, en coyuntura donde el personal sanitario, directamente, muere ante la indiferencia e incompetencia gubernamental por la pandemia. Un profesional que hace uso de su actitud, de su palabra para retar (con las consecuencias del caso) los atropellos contra la ciudadanía de un régimen que castiga cada vez con más ahínco a quien le contradiga, como por ejemplo: esa pesadilla nacional que es el surtido de la gasolina.

El episodio, si se quiere con final feliz, a pesar de la humillación inicial y las agresiones, deja en cuestionamiento la actuación gangrenada por la corrupción de los funcionarios de seguridad (en esta ocasión solo aparecieron los agentes policiales), pero también la falta de “instinto” a la defensa colectiva de las voces que reclaman; así como el proceder de algunos defensores que no salen de las letras de las leyes y de sus declaraciones de principios. Destaca, hay que decirlo, la alerta inmediata de la opinión pública y los comportamientos puntuales de personalidades y asociaciones que dan un paso al frente cuando los hechos se desbordan y existe la necesidad del coraje.

Con el codo en el cuello

El episodio del doctor Williams Arrieta, tuvo suficiente repercusión en el estado Bolívar y en el país. No es necesario entrar en más detalles de los hechos. De la entrevista que le hizo el reconocido periodista César Miguel Rondón resalto unas palabras emitidas por el médico: “El funcionario a quien le reclamé me puso el codo en el cuello durante más de media hora mientras yo estaba esposado”. Es ese el mejor retrato del ejercicio de la opresión del Estado revolucionario, del comportamiento de las autoridades sobre las mayorías en la región. Lo nuevo, en un capítulo con más claridad para el municipio Caroní (ya hace unos años la indignación popular le lanzó huevos al señor Maduro en visita al Cerro El Gallo), es la ratificación de que los derechos no son sueños individuales o trámites en instancias bien intencionadas. Para que esos derechos y los mecanismos de justicia sean sentencias firmes son menester el temple y la determinación de lucha, demostrados por el señor Arrieta. Para que la justicia o los procesos de negociaciones sean saludables en inherencia con la condición humana y democrática -sin que estas lleguen a convertirse en pantanos de negociados políticos o económicos- es imprescindible la firmeza de la voz para que la población del estado Bolívar enrumbe los cambios en llegar a asumirse como vigilantes de la civilidad. Cortadores de grama que ofrecen sus servicios, profesionales, que reparan aires acondicionados, jóvenes que hacen delivery, señoras que ayudan en los hogares, graduandos que ofrecen el talento para campañas comerciales desde las redes sociales; veterinarios, internistas, enfermeros, educadores que se reinventan: todos integran el afán de vencer las dificultades y ganar las batallas de la ausencia de libertades. He ahí la chispa de la sociedad civil que no desaparece ni se enreda con los copiosos análisis de las justificaciones. Es lo que ocurrió con el odontólogo que no se quedó con el codo en el cuello apostando a convivir con la tiranía y con la miseria.

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