Venezuela pasó de ser un importante y respetado país productor y exportador de petróleo, a un país ex-petrolero. No post-petrolero. Sino ex-petrolero. Es decir, el poder establecido destruyó a la industria petrolera nacional. Esto bastaría para significar la magnitud de la catástrofe, pero es la misma o similar en casi todas las áreas económicas y sociales.

Siempre suele ser más factible lo primero que lo segundo. Así mismo, en poco tiempo se puede destruir lo que costó mucho tiempo construir. En las dos décadas que lleva el siglo XXI venezolano, se ha ido destruyendo, paso a paso, al país que se logró levantar durante gran parte del siglo XX, con un esfuerzo inmenso y, para usar una palabra de moda: transgeneracional. Y además polifacético, porque la construcción del siglo XX -con sus altos y bajos, y la destrucción del XXI, abarcan lo político, lo económico, lo social, lo cultural, etcétera. Nada se ha salvado de la destrucción. Ya no quedan huesos sanos.

Ese proceso destructivo se dio en medio de la bonanza petrolera más prolongada y caudalosa de la historia. Lo que significa que se malbarató una oportunidad, muy probablemente, irrepetible. Cómo será la destrucción, que Venezuela pasó de ser un importante y respetado país productor y exportador de petróleo, a un país ex-petrolero. No post-petrolero. Sino ex-petrolero. Es decir, el poder establecido destruyó a la industria petrolera nacional. Esto bastaría para significar la magnitud de la catástrofe, pero es la misma o similar en casi todas las áreas económicas y sociales.

Lo único que ha brotado con una fuerza avasallante es la criminalidad organizada, en sus más variadas dimensiones, y con alcance regional y global. De hecho, la hegemonía despótica y depredadora que padece Venezuela es una expresión de esta realidad. Al no haber instituciones, no puede haber Estado de derecho (y ni siquiera Estado, propiamente dicho), y al no haber Estado constitucional, no puede haber Democracia, y al no haber nada de lo anterior, no puede haber República Civil. Por cierto, la criminalidad organizada no es sólo de color rojo. No. Es policromática…

Venezuela es el nombre histórico de un territorio que es controlado, a sangre y fuego, por un conjunto de logias y carteles, amparadas en una pretendida “revolución bolivarista” y bajo la tutela de los patronos cubanos. De allí que en relación al tema de una intervención extranjera, tan nombrado en tiempos recientes, hay que decir las cosas como son: si hay una nación que está política, económica, social, tecnológica y militarmente intervenida por instancias extranjeras, de orden estatal o para-estatal, esa nación es Venezuela.

Obvio, entonces, que el cambio para recuperar la soberanía y hacer viable una nueva etapa de libertad, justicia y desarrollo, necesita de toda la ayuda humanitaria y de todo el respaldo político y económico de la comunidad democrática internacional, en los amplios términos que consagra la Constitución formalmente vigente.

Obvio, también, que lo que contribuya a mantener el presente, también contribuya a profundizar la destrucción. Lo que sea del interés de la hegemonía es destructivo para Venezuela. Por eso no voy a cooperar en la realización de un mega-fraude electoral que está concebido para impulsar el continuismo, con un barniz de supuesta legitimidad. No voy a cooperar con la estrategia oficialista, diseñada en La Habana, cuyo objetivo principal es que vaya a votar un número significativo de “anti-chavistas”, tal y como lo define un documento publicado en Granma digital, hace pocos días. Documento prácticamente ignorado, debe señalarse, por quienes están más llamados a conocer al adversario y presentar alternativa.

Sin entrar en la atropellada y muy errada guerrilla verbal que protagoniza buena parte de la vocería “opositora”, sí se hace necesario un llamado a la reflexión patriótica, para que la hegemonía no vuelva a salirse con la suya, y las posibilidades de reconstruir a Venezuela no queden sepultadas debajo de los escombros.