La dinámica de la vida política venezolana viene “alacranizándose” desde la factura revolucionaria, y si bien el término prosaico no aporta rigor analítico, puede servir para describir cómo la resistencia opositora se ha llenado de cálculos personales, de escondidas aspiraciones.

@OttoJansen

El plan político para Venezuela se llena de nuevas dificultades y roza la desesperanza que aumenta la incertidumbre de los sectores sociales mayoritarios sobre la posibilidad de cambios inmediatos a la tragedia del país. El pacto unitario (ratificado hace algunas horas) de la Asamblea Nacional y Juan Guaidó, como presidente interino y en concordancia con el único resquicio de la vigencia constitucional, si bien conserva la proyección que estructuralmente le ha permitido mantenerse hasta el presente con organizaciones partidistas con fallas en su accionar pero ahí presentes, con el estatuto de transición democrática que explica ventajas y complejidades y el apoyo de la comunidad internacional –Reino Unido, Francia, Alemania y sobre todo EE UU, que no titubea-; va a contar con fuegos nuevos y probablemente ahora con más visibilidad a enemigos jurados, antiguos compañeros de ruta de la sociedad nacional, más allá de la implacable persecución del régimen revolucionario.

La dinámica de la vida política venezolana viene “alacranizándose” desde la factura revolucionaria, y si bien el término prosaico no aporta rigor analítico a la pompa que le gusta a muchos de nuestros más versados personeros de la opinión pública, puede servir para describir cómo la resistencia opositora se ha llenado de cálculos personales, de compra o venta de prebendas en muchos casos, de escondidas aspiraciones (libres de elección pero hasta el momento disfrazadas) a desarrollar la vida según intereses inmediatos, por sobre el sufrimiento de las mayorías. Así signifique colaboracionismo en crear la ilusión de democracia. Hay muchas identidades en el mundo donde el alacrán se ha convertido en símbolo; algunos con premisas inexactas o románticas, otros cuidando sus cálculos o simplemente su vanidad, pero lo cierto es que doblan su ímpetu contando con los espejismos de “nuevos” y mejores momentos que la revolución, como ha hecho con otros a lo largo de estos veinte años, no les otorgará. La farsa electoral parlamentaria, programada por el control oficialista para diciembre, “llueve, truene o relampaguee”, es otro capítulo burdo y aniquilador de la democracia venezolana.

El plan país que viene ahora

El salto de Capriles no significa el decreto del grito ¡sálvese quien pueda!, al igual que la renovada agresión y engaño del régimen. Toca a la coalición democrática (como ha reafirmado) persistir en la ruta de enfrentar el fraude electoral, insistir en la solicitud de elecciones parlamentarias libres, verificables y justas; de perseguir y concretar sus ventajas, y de no soltar el objetivo del cese de la usurpación. Pero por supuesto persisten, de igual modo, escenarios sobrevenidos que son parte de una situación estructural que a partir del presente momento debe abordarse sin remilgos, cálculos o sentimentalismos: la conformación de una plataforma que se deslastre del virus de la fiesta “alacránica”. Ese comportamiento de pies de barro, insustancial e inconsistente con el que no se puede elaborar, desarrollar y muchos menos otorgar responsabilidades en plan alguno de trasformaciones y cambios para Venezuela y sus regiones.

No han pasado diez años desde que en nuestra Guayana, pionera en la “quiebra” de los sectores opositores por parte del gobierno, fue testigo de por lo menos dos episodios que es oportuno recordar: el primero, aquella misa de las madamas en El Callao, en la que supuestos dirigentes opositores se agarraron de la mano con el gobernador Rangel Gómez, ya señalado de hacer uso para su beneficio del erario estatal. El grupo ayer y ahora sigue en la línea (caso aparte el exalcalde Coromoto Lugo, que destaca su posición en las redes sociales combatiendo frontalmente el fraude parlamentario) de hacer guiños al poder revolucionario y compartir ganancias. El segundo: una de las tantas marchas bolivarenses en la que, cuando subía el conglomerado manifestante por la calle Constitución del casco histórico hacia la sede de la Gobernación del estado Bolívar fue emboscada por las fuerzas del orden público por concesión de diputados “opositores” que habían acordado sus propias condiciones con el secretario general de gobierno para aquel instante. Esos dirigentes que siempre han abogado por la “política civilizada” -tan igual que los que por estos días resienten de las sanciones contra el abuso dictatorial- que les ha permitido hacerse los desentendidos ante el cumulo de corruptelas y asfixias a los derechos democráticos ciudadanos por parte de los gobernantes locales, ahora siguen integrando las planchas que van a las cuestionadas elecciones y siendo, a la vez en varios casos, ellos mismos jefes de los comandos antifraude.

La población del estado Bolívar tiene mucho que aportar de sus experiencias en 20 años de resistencia al presente cuadro de lances y distorsiones nacionales; debemos avanzar en articulación en lo que corresponde. La sociedad nunca ha escuchado los cantos de sirena de la supuesta racionalidad que sencillamente miran otros anhelos. La voz de los guayaneses que luchan su penuria enfrentando la COVID-19 y el Estado totalitario le queda la determinación de continuar dando la pelea por el desarrollo y democracia. No pueden los manejos erráticos de Leopoldo López; las “inspiraciones”, piso del festín de vanidades de la fiesta de los alacranes, de quien fue excandidato presidencial y los descalificados dirigentes revolucionarios o de algún otro, retrasar todavía más el rescate del orden constitucional. Es menester inventariar la firmeza con lo que cuenta la plataforma de luchas democráticas. Si no se hace ¿qué tipo de regeneración política obtendremos para esta sociedad arruinada, harta de tanta doblez, politiquería y atentado contra la vida?

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