Los piratas de la sabana, escrita por Celestino Peraza, es un antecedente remoto de la novela policial en nuestro país. Su historia se desarrolla en Guayana, y es una de las grandes obras literarias del siglo XIX que deberíamos recuperar del olvido.

@diegorojasajmad

 “Como a las doce de la noche del 2 de marzo de 1878, cuatro hombres a caballo, cubiertos hasta el cuello con sus cobijas de viaje y sus sombreros hundidos hasta las cejas, penetraban uno a uno y con intervalo de algunos minutos en el nuevo cementerio de Guasipati”. Así inicia Los piratas de la sabana, novela escrita por Celestino Peraza (1850-1930) y publicada por entregas en El Tiempo, un periódico caraqueño, en 1896.

La novela cuenta la historia de un suceso real, el robo al Correo del Oro, ocurrido en 1878 en el Territorio del Yuruari, región que tenía a Guasipati por capital y abarcaba los poblados de El Callao, Tumeremo, El Palmar y Upata, entre otros. La función del Correo del Oro era llevar el valioso mineral sacado de las minas, a lomo de mulas, desde El Callao hasta San Félix, y allí en barco hasta Ciudad Bolívar. De regreso, el Correo del Oro traía dinero para pagar a los trabajadores y correspondencia varia. De tan peligroso trabajo estaba encargado el estadounidense Frank Bush, quien se hacía acompañar de dos escoltas armados.

Cuatro bandidos de la zona planificaron y ejecutaron el robo al Correo del Oro, dando muerte a Frank Bush. Los habitantes del Yuruari, conmocionados por el trágico suceso, exigieron a las autoridades el castigo correspondiente. Nadie conocía la identidad de los ladrones, ni el posible paradero del botín. Descubrir quiénes fueron los asesinos, apresarlos y recuperar el dinero es la trama central de esta trepidante historia.

En Los piratas de la sabana encontramos una eficaz mezcla de discursos y géneros. A ratos el lector se encuentra con los maniqueos personajes y las melosas escenas del folletín (como el presentado entre los jóvenes enamorados Manuel y Herminia), o el sermoneo y el planteamiento de tesis sociológicas o políticas por parte del autor (como en las críticas hacia el cambio de estatus de los poblados de la región a Territorio Federal o los inconvenientes e injusticias que ocasionan un código penal desactualizado). Hay otros géneros y discursos en la novela, y leerla desde cada uno de ellos hace que la obra multiplique sus signos y el lector genere nuevas interpretaciones.

Los piratas de la sabana también puede leerse como una novela policial.

Esta no es una afirmación extemporánea ni sin sentido. Ya algunos críticos han señalado a esta obra como remoto antecedente de la novela negra en la literatura nacional. Recordemos que el relato policial nace con Edgar Allan Poe en “Los crímenes de la calle Morgue”, de 1841, bajo la figura del caballero Auguste Dupin. Luego, el personaje del detective, el que va tras las huellas e indicios para descifrar un enigma, se hará verdaderamente parte de la cultura occidental con Sherlock Holmes, héroe creado en 1887 por Arthur Conan Doyle. En el siglo XX la figura del detective se acrecentará con personajes inolvidables como Hércules Poirot, Maigret, Perry Mason, el padre Brown, entre muchos otros. Así, el posible carácter policial que podamos hallar en Los piratas de la sabana no desentona con el desarrollo de la historia del género.

En Los piratas de la sabana el personaje R. A. Peza (anagrama de Peraza) es contratado por la Compañía Minera, junto a Casterón, Díaz y Cebriño, con la misión de encontrar a los culpables del robo. Estos cuatro personajes son una suerte de equipo de expertos cazadores de recompensas y cada uno destaca en una habilidad particular. Peza es el detective de esta historia. Su habilidad para seguir huellas y resolver enigmas, representado con eficacia e ingenio en el capítulo “La pista”, recuerda de inmediato el ingenio de Sherlock Holmes, esta vez con toques de cierto humor criollo.

Peza y Casterón, la inteligencia y la valentía, hacen una pareja inolvidable. Me gusta pensar en la posibilidad de que Celestino Peraza, de haber tenido más tiempo para la creación literaria, de seguro habría llevado a esta pareja a nuevas aventuras por el resto del país, quizás contra el Doctor X, otro interesante personaje presente en la novela.

Pueden realizarse otras lecturas de Los piratas de la sabana. Además de verla como folletín, como novela sociológica o como relato policial, también podría leerse esta obra como un antecedente de la crónica, género mixto que mezcla la literatura y el periodismo y que surgiría con propiedad décadas después gracias a García Márquez con su Relato de un náufrago (1955), Rodolfo Walsh con Operación masacre (1957) y Truman Capote con A sangre fría (1966).

Nada se pierde en esto de probar nuevas lecturas.

Otras páginas:

-Las peripecias de Peraza: Los piratas de la sabana, luego de su aparición en la prensa caraqueña en 1896, fue recogida en libro en 1905, y por fortuna ha tenido varias ediciones, quizás cinco o seis a lo sumo. La última fue la realizada por la Fundación Cultural Orinoco a mediados de la década de los ochenta. En 1969 una circunstancia judicial renovó el interés por esta olvidada novela de Celestino Peraza. Por aquel entonces Oscar Yanes fungía como director de la Televisora Nacional Canal 5, y se le ocurrió la idea de representar Los piratas de la sabana en la pantalla. En septiembre de 1969 comenzó a transmitirse la serie y no había transcurrido poco más de un mes cuando un abogado, que se decía poseedor de los derechos de la obra, cedidos por los descendientes de Celestino Peraza, introdujo una demanda al director del canal y a los actores, entre ellos Bárbara Teyde y Rafael Briceño. El revuelo fue nacional y la noticia copó las noticias de ese entonces. Se embargaron las grabaciones realizadas por la televisora, el mismo gobierno asumió la defensa de los demandados y se conformó el tribunal en la Biblioteca Nacional de Caracas, donde un comité de expertos revisaría las distintas ediciones de la novela y a donde tendrían que acudir expertos en literatura, en derecho y personas que habían conocido en vida a Celestino Peraza. El hecho de que un juicio de este tenor, quizás uno de los primeros sobre derechos de autor realizado en el país, se efectuase en la Biblioteca Nacional, y con un público que aplaudía emocionadamente las intervenciones de cada uno de los expertos, hizo que aumentara el interés por la novela. Ya han pasado casi cuarenta años desde su última edición y parece que la novela ha caído de nuevo en el olvido.

-Leer bajo libertad condicional: “La lectura de las obras literarias nos obliga a un ejercicio de fidelidad y de respeto en el marco de la libertad de la interpretación. Hay una peligrosa herejía crítica, típica de nuestros días, según la cual podemos hacer lo que queramos de una obra literaria, leyendo en ella todo lo que nuestros más incontrolables impulsos nos sugieren. No es verdad. Las obras literarias nos invitan a la libertad de la interpretación, porque nos proponen un discurso con muchos niveles de lectura y nos ponen ante las ambigüedades del lenguaje y de la vida. Pero, para poder jugar a ese juego, por el cual cada generación lee las obras literarias de manera distinta, hay que estar movidos por un profundo respeto hacia lo que, en otras obras, he denominado la intención del texto”. Umberto Eco.

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