Japón, una cultura tradicional y al mismo tiempo un país líder en tecnología de punta, ha logrado caminar codo a codo con la modernidad. Sin embargo, es esa una sociedad que se esfuerza en salvarse de algunos naufragios.

@RinconesRosix

“Más de moderna que de vida” es una frase del humorista Quino, en la voz de su personaje Mafalda. El aforismo aplica a muchas descripciones de la llamada vida moderna.

Japón, una cultura tradicional y al mismo tiempo un país líder en tecnología de punta, ha logrado caminar codo a codo con la modernidad. Sin embargo, es esa una sociedad que se esfuerza en salvarse de algunos naufragios, y uno de ellos es el descenso de los encuentros sexuales en su población joven, al mismo tiempo que (y permítanme usar una palabra agudamente industrial), de la “calidad” de su vida sexual.

En vista de las proyecciones de población en el país, cuyas ventas de pañales para ancianos superan con creces las de bebés, el Estado ha hecho esfuerzos por entrenar y subsidiar las búsquedas de parejas entre jóvenes. Los sitios web especializados en estas lides, han sido las vías más expeditas para acordar encuentros o reuniones los fines de semana, pero la iniciativa no ha dado muchos resultados. A pesar de este enorme esfuerzo para propiciar la socialización, la mayoría de esos jóvenes se van después a sus vidas de siempre y a dormir solos en sus habitaciones. Quizás están ya acostumbrados a relacionarse con las personas a través de la asepsia del internet y prefieren mantenerse seguros y cómodos en ese espacio.

Las explicaciones a estas conductas han sido principalmente dos. Una es que la pornografía ha debilitado seriamente la búsqueda de pareja. Como algunos psicólogos llegaron a predecir en décadas recientes, en que ese uso persistente de la pornografía disminuiría las hormonas del impulso sexual, incluso en gente joven. Para decirlo en tres platos, la adicción a los videos porno se ha convertido en un problema de salud pública. La segunda explicación es que, las jornadas de trabajo, más específicamente en Tokio, duran casi todo el día y se hace difícil cultivar una relación edificante. Como consecuencia de eso, han pululado todo tipo de lugares de “citas”, y con eso los hombres han resuelto sus llamadas urgencias.

No obstante, ha sido una situación que también ha traído choques con la tradicionalidad japonesa. Por ejemplo, a raíz del fraude financiero del 2008, fueron las mujeres las más afectadas por el desempleo y, en consecuencia, debieron iniciar empresas. A diferencia de ellas, aunque los hombres conservaron sus puestos de trabajo, muchos sufrieron la caída de sus ingresos. Ahora ocurre que existen empresarias exitosas que no consiguen marido, porque sería para ellos humillante una situación tal de superioridad financiera de la mujer.

Lo positivo de todo esto es, vale decir, que la sociedad japonesa ha venido ideando diversas iniciativas, y algunas de ellas los ayudarán a rescatar su vida. Por otra parte, en el Atlántico Norte, al otro lado del mundo, la historia es otra.

Los jóvenes de Islandia viven en una sociedad donde es posible para ellos desarrollar su vida sexual sin muchas complicaciones. Se trata de una población más o menos pequeña y comparten ellos códigos y costumbres que les permiten vivir su liberalismo en confianza. Entre extraños, por ejemplo, con hacer una pregunta es suficiente para hacer una invitación sexual. Por supuesto, el otro goza de la libertad para decir sí o no. Por cierto, esto de “sencillamente preguntar”, lo practican algunas poblaciones indígenas del estado Bolívar, y a pesar de las diferencias que pudiesen tener con los isleños nórdicos, tal posibilidad viene de circunstancias comprensibles y quizás similares.

Cuando se les preguntó a las mujeres islandesas cómo se sentían o si alguna vez habían tenido problemas, dijeron estar de acuerdo con tener sus citas casuales. Lo primero que argumentaron fue, que no había miedo de ningún tipo de abuso, los códigos se respetaban, y sobre todo, no iban a ser llamadas por nombres ofensivos ni en medio de la aventura, ni en las afueras. Es decir, la máxima de la igualdad para escoger un compañero sexual era un derecho real, y no un engaño.

Una de las entrevistadas sí dijo haber sufrido una vez de un corazón roto. Pasa que, el lema de todo ese sistema de citas, es que después de esos encuentros puede alguien enamorarse o decidir continuar con esa persona y comprometerse. La entrevistada decía que al ver al hombre salir con otra, se le encogió su corazoncito. ¡Menos mal!, pensé, los guayabos fortalecen y dicen de los sentimientos de una persona. ¡Qué sería de los boleros, los tangos, el arte, sin los guayabos! Finalmente, la búsqueda también incluye el crecer, y eso justamente lo que no ocurre cuando alguien está pegado a la realidad virtual.

Explicaciones biológicas aparte, esto dice que el disfrute pleno de la sexualidad depende demasiado de la cultura. Un crítico italiano decía que la literatura era un fruto exquisito que no se daba siempre, ni en todas las épocas: “Es caprichosa la literatura, y no sé aún en qué va.” Lo mismo quizás se pueda decir de la sexualidad.