Una democracia que primero que nada tenga protagonismo en el propio pueblo y su gente. Una oferta de visión libertaria, de leyes y justicia que no le siga haciendo loas a los caudillos que trazan la suerte de quienes permanentemente son los olvidados, aun por sus supuestos aliados.

@ottojansen

De los pueblos del sur del estado Bolívar ha sido tradicional su desconexión. Nunca han sido buenas las comunicaciones con Guasipati, El Callao, Tumeremo, y de Santa Elena de Uairén ni se diga. Todo esto a pesar de ser pueblos históricos consolidados, con rezagos tecnológicos comprensibles, y de tener una base sustancialmente superior de fluidez comunicacional e informativa en comparación con los municipios del occidente de Guayana. Lo cierto es que ese hándicap ha seguido, ahora profundizado con la opacidad revolucionaria sobre el desenvolvimiento de la vida, desde las cosas más nimias a aquellas otras que ameritan, como la violencia minera abusos militares o niveles de contagios de COVID-19, el juicio de la opinión pública. Esa dinámica continua, está allí, en esos distantes parajes.

En la Masacre de Tumeremo, en el año 2016, hace tan solo cuatro años, un sesgo de la cotidianidad y algo más de la vida de estos habitantes copó la atención del país, que pudo divisar algunas de sus calles, los rostros de quienes construyen su existir en estas poblaciones para seguir desde la descripción, imágenes y videos, la parte de los caminos de tierra adentro, donde ha transitado la gente de Sifontes por años largos, detrás de su comida. Eso lo vio Venezuela, pero también el resto del estado Bolívar que poco conoce de su propio territorio. El episodio, prolongado cuando más por un año, pese a otros incidentes sangrientos de “menor” monta, por supuesto que dejó la algarabía del desnudo del poder político, de autoridades de escenografía, de leyes puestas de lado. Retrató en cuerpo y alma las consignas vanagloriadas del humanismo revolucionario, que se diluyen en mentiras y ocultamientos de intereses económicos cuando se trata de la práctica y de las mayorías atropelladas. Solo basta con traer la imagen del entonces gobernador, general Rangel Gómez, intentado tapar la tragedia, de sus diputados extraviados y sin autoridad, o de “opositores” pendientes de los selfies ante el reclamo; de funcionarios intentando construir escenas de dramatismo, pero puesto en su lugar por el dolor concreto de la gente.

Han pasado años de estos trances, la vida ha continuado -repetimos- y la miseria junto al desamparo se ha constituido en condición crónica superior. La novedad es cómo esas personas humildes, empecinadas en las tareas del campo y en la decencia pueblerina, han sido tragadas por la barbarie, el hamponato, la desaparición de las autoridades civiles en las dificultades de la gente; la omnipresencia militar y la violencia.

“¿Usted compró el infierno?”

El hato Los Peregrinos fijó la ruta que los venezolanos conocieron desde los medios de comunicación en donde asesinaron a 28 mineros del pueblo. Esas trochas que hace por lo menos 100 años pudo ser el camino hacia El Callao, integró un grupo de grandes fundos (15 o 20, me dicen), con nombres pintorescos y propietarios ingeniosos y bregadores que otorgaron por mucho tiempo, faenas de trabajos a hombres y mujeres. Pues, bien el contagio de las ideas socialistas, con la era Chávez y ahora de Maduro, que prometían protagonismos a la localidad que no tuvieron en gestiones democráticas, permitió la llegada del cardumen de especies, nunca antes topadas con los tumeremenses. Y ahora, el pueblo entero además de la miseria visible, es una guarida de sombras, donde cuesta distinguir quiénes creen en Guayana o en el país y quienes amasan fortuna al costo que sea. Además de ser el centro de operaciones en los que el poder político se entrevera con militares, con bandas organizadas “desde arriba”, con dirigentes revolucionarios locales, ignorantes y sumisos, al igual que con “bueyes cansados” de la política que venden alguna reputación en búsqueda de mitigar el hambre. Este polo bolivariano local pero de catadura operativa similar en los municipios vecinos, ha vuelto añicos con amenazas, expropiaciones de facto y saqueos la constelación de aquellos hatos que caracterizaron a los espacios del “Frío”, “Matemadera” y donde se inscriben nombres como: “Las bombitas”, “San Ramón”, “Atenas”, “La Cosoiba”, y un largo etcétera de otrora décadas de labor ganadera.

Observar con rigor esas condiciones humanas de años idos, escudriñar las tristes historias de años recientes, las potencialidades tapiadas por los obstáculos de hoy, son requisitos básicos para formular el horizonte en el estado Bolívar que explique la utilidad de una nueva democracia. Una democracia que primero que nada tenga protagonismo en el propio pueblo y su gente. Una oferta de visión libertaria, de leyes y justicia que no le siga haciendo loas a los caudillos; sin líneas centralizadas, sin los cuadros políticos iluminados que trazan la suerte de quienes permanentemente son los olvidados, aun por sus supuestos aliados. De allí la constante critica a la dirigencia partidista regional, ineficiente para crear la esperanza. El grito es la renovación, reinvención, forjando el temple con la sociedad civil inserta directamente, cuando son momentos duros para los guayaneses debido a un régimen inescrupuloso y a la sombra mortal del COVID-19. ¿Usted compró el infierno? Esa es una anécdota surgida de aquellos hatos. Pero el relato quien lo conoce bien es el abogado Eliécer Calzadilla, hijo de esos predios, y a quien por cierto tenemos largo rato que no vemos por esta página. ¡Ojalá se anime!

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