Pocas veces se equivocó el poeta Héctor Lavoe. Una de ellas fue cuando afirmó que nadie ya procura leer un periódico de ayer. En realidad, un periódico no está hecho solo para el presente. Al día siguiente, ese viejo periódico se convierte en un valioso documento que debemos preservar para que los lectores del mañana puedan a su vez vernos y verse.

@diegorojasajmad

La modorra de la Caracas de principios del siglo XIX fue alterada por un recién llegado forastero. Era el lunes 24 de octubre de 1808 y el extraño, según rumores, había salido del taller de Mateo Gallagher y Jaime Lamb, primeros en instalar una imprenta en el país. Gazeta de Caracas llevaba por nombre el delgado personaje de cuatro páginas que salió de aquella imprenta y desde entonces la pequeña ciudad no volvería a ser la misma. Había nacido el periodismo.

El periodismo surgió en Venezuela en una situación en la cual la sociedad vio turbada su tranquilidad colonial por los sucesos de la guerra independentista. No hace su aparición el periódico como instrumento de ocio y de asunto exclusivo de las letras (no tuvo tiempo para ello); sino que prestó su tinta para los avatares de lucha del siglo XIX, conflictos que superaron la cifra de más de 2000 batallas solo en el escenario independentista. Y el periodismo, ejercicio que combina la impresión efímera y a la vez el resguardo temporal, “único capaz de recoger la memoria integral del hombre”, como diría Humberto Cuenca, no podía obviar los sucesos que a su alrededor se desarrollaban.

Así, el periódico vino a desempeñar en los primeros años del siglo XIX una función de tribuna y de herramienta para la instrucción ideológica. Miranda daba importancia suprema al periódico, tildándolo de “civilizador”, además de exigir a sus tropas la inclusión de una imprenta entre sus pertrechos; y Simón Bolívar, El Libertador, hablaba de “hacer las guerras con los papeles públicos”. Se desataba entonces a la par otra guerra en los tipos y galeras que imprimían los periódicos. Una guerra de ideas y de fundamento de posiciones que en lo político se mantuvo en el transcurso del siglo: en la Oligarquía Conservadora, en el Federalismo, en el Guzmancismo, en el Legalismo, en el Castrismo y en las diseminadas revueltas caudillescas del interior del país. Y ni hablar del periodismo político contra las dictaduras del siglo XX.

Si en lo político el periódico sirvió de escenario para la confrontación de ideas, en lo económico dio un nuevo aspecto y vigor a las relaciones comerciales. Con la transformación del lector como público consumidor se intensificó y desarrolló la aparición de avisos publicitarios con imágenes y discursos que mostraban y hablaban más de lo moralmente permitido, erosionando subrepticiamente con ello ciertas normas sociales y religiosas establecidas: se muestra a la mujer como medio para la venta, se habla abiertamente del adulterio, de la menstruación, se utiliza un espacio privado como el baño para mostrarlo como espacio público para el comercio. Se amplía igualmente el radio de acción de las relaciones mercantiles: el producto llega hasta donde llegue el periódico. Uno de la mano del otro.

En el aspecto cultural el periódico va a cumplir en el siglo XIX y XX una función modernizadora, pues dará al escritor un nuevo lenguaje, una nueva manera de decir. Con el breve espacio que ofrece el periódico se imposibilita, o en todo caso resulta contraproducente, dar rienda suelta a la redacción ampulosa y cargada de metáforas y giros latinos; y con la rapidez de edición, o diarismo, iniciada en Venezuela en 1837 con el Diario de Avisos, se da paso al trabajo poco pensado y sin pulituras. Con esas condiciones de brevedad y rapidez que exigía el periódico, el lenguaje escrito tuvo que vestir un nuevo ropaje: claridad y sencillez. Para decirlo con palabras del escritor español Azorín: “El periodismo, con sus procedimientos rápidos, ligeros, amenos, ha contribuido a que los géneros literarios: novela, teatro, etc., adquieran esa misma ligereza, rapidez y amenidad de los trabajos de prensa”.

Con el periódico aparece en Venezuela la figura de la escritura como profesión, de la redacción asalariada, que se inicia en 1868 con La Opinión Nacional, pagando a articulistas de la talla de José Martí y Rubén Darío. Ello dará nuevos vínculos y nuevas formas al desarrollo de la institución literaria venezolana.

Quizás otra de las funciones en las que haya desempeñado presencia indiscutible el periodismo venezolano es el de la labor de alfabetización. No hemos conseguido trabajos que mencionen el asunto, pero imaginamos y nos aventuramos a hipotetizar que la prensa ayudó, cual cartilla de letras, en la labor de instrucción de las comunidades. “El periódico es el libro de los pobres”, llegó a decir Cecilio Acosta.

Para los lectores de hoy, la prensa venezolana del siglo XIX y XX encierra toda esa época de gesta y lucha, de formación y ensayos de repúblicas; en sus páginas se observa el horizonte de lo transitado, el punto único que encierra el universo todo, cual aleph borgiano, que nos faculta hacia el ayer pomposo y hacia el pasado menudo. Ya muy bien decía Tulio Febres Cordero en el mismo siglo XIX, en 1886, que: “El objeto del periódico no está circunscrito a lo presente; no, a la vez que instruye al público de las crónicas del día en todos los ramos de la actividad humana, es depósito sagrado en que queda la memoria de los hechos”.

Por esta razón, debería desarrollarse intensamente de parte de las universidades e instituciones culturales una labor de rescate e indización de las publicaciones periódicas venezolanas del siglo XIX y XX que pueda preservar y dar forma a todo ese enjambre de papel y tinta en donde podamos leer lo que fuimos y lo que somos. Un periódico o una revista no solo le hablan al presente; también cuenta entre sus suscriptores a los lectores del futuro.

El mismo Tulio Febres Cordero propuso en 1886, con la visión que ostenta el verdadero historiador, la siguiente idea que bien vale la pena repensar en el asunto de la conservación y sistematización de la información: “Que cada periódico publique anualmente en un folleto manuable el índice o repertorio alfabético de las materias más curiosas e importantes que haya publicado durante el año corrido”.

Quizás, si hubiéramos prestado más atención a lo dicho por Tulio Febres Cordero, otro sería el final de estas líneas...

Otras Páginas:

-La Casa de las Ideas está de cumpleaños: El Correo del Caroní fue fundado el 27 de junio de 1977. Aunque en Ciudad Guayana ya habían existido con anterioridad algunos periódicos, estos tuvieron una vida efímera. Por ello se dice que el Correo del Caroní es el que inicia el diarismo permanente en nuestra zona. Su fundador, David Natera Febres, se había empeñado en ofrecer a Ciudad Guayana un moderno medio de comunicación impreso y para ello contó con la experiencia adquirida en los talleres del diario El Bolivarense, fundado por su padre Brígido Natera Ricci en Ciudad Bolívar, además de convocar a excelentes periodistas de Caracas y de la región para hacer del Correo del Caroní lo que sigue siendo al día de hoy: uno de los mejores diarios del estado. Ya no sigue en su versión impresa, pero mantiene su vigor y entusiasmo a través de su edición digital, esperando y resistiendo por tiempos mejores. Felicitaciones en sus 43 años.

-La novela incoherente: “Leer un periódico equivale a leer una novela cuyo autor ha abandonado toda idea de una trama coherente”. Benedict Anderson.