La estatocracia socialcomunista ha elegido aliarse con transgresores y facinerosos, sus socios preferentes, sancionados y cuestionados por la comunidad internacional.

El terrorismo tiene multiplicidad de intereses, es complejo y ha variado a través de la historia como lo demuestra Walter Laqueur (1921-2018) en su libro La guerra sin fin. El terrorismo del siglo XXI (2003). Publicado a propósito del atentado contra las torres gemelas, acontecimiento que marca un momento axial en la historia del terrorismo. Pues este entra en una nueva fase, con un liderazgo de colectivos de orientación fanático-religiosa, lo que dejó atrás las motivaciones políticas esgrimidas por los grupos terroristas precedentes.

Como la mafia, el terrorismo es un tema que no admite la indiferencia como respuesta. Por eso un libro de 370 páginas se lee rápido porque despierta un genuino interés, y más entre los venezolanos que buscamos entender lo que esconde la taifa opaca, hermética y mendaz aterrajada en el poder, que tiene solidos lazos con grupos terroristas -conocidos y desconocidos- desde hace más de dos décadas.

La conclusión de este libro la denomina su autor La guerra contra occidente. Allí despliega un conjunto de reflexiones en torno al carácter transicional del terrorismo de aquel momento, que acrecentó, todavía más, su peligrosidad. Laqueur avanza en unos temas que hemos visto incidir en el terrorismo de estos tiempos, como son: la yihad, la antiglobalización, el radicalismo político, la nueva izquierda, la tercera postura, conflictos con fronteras difusas, armas de destrucción masiva y terrorismo de Estado.

Justo me quiero referir a esto último, porque la estatocracia socialcomunista ha elegido aliarse con transgresores y facinerosos, sus socios preferentes, sancionados y cuestionados por la comunidad internacional. Fortalece vínculos indisolubles con formas de violencia inadmisibles en un sistema de libertades, y protege delincuentes en nuestro territorio, a quienes se les concede la ciudadanía con todos los privilegios, que les son negados a los nativos. Aprecio, entonces, una sintaxis -esto es una perfecta relación lineal- entre dictadura, estatocracia y terrorismo de Estado.

Un nombre recorre el libro de Laqueur de principio a fin. Se trata de Hezbolá, que significa Partido de Dios, y que es uno de los grupos terroristas chií de mayor presencia en el planeta desde 1982, cuando insurgió en el Líbano. Laqueur analiza lo qué significa terrorismo de Estado, y se centra, básicamente, en el vínculo entre Irán y Hezbolá, desde que Rujollah Jomeini desplazó al Sha Reza Phalevi del poder. Hezbolá, tan familiar para nosotros los venezolanos, ha contado con el apoyo de la teocracia iraní, lo que le ha dado la solidez económica y militar para seguir vigente durante todo este tiempo.

Siempre me ha costado entender como clérigos y sacerdotes han usado la violencia y el terror como mecanismos de expansión de su fanatismo religioso. Y aunque siga sin entenderlo, allí están los cruzados y los ayatolas para demostrar que tanto en el pasado como en el presente la religión ha sido instrumentalizada para la violencia y para la muerte. Incluso para el suicidio, impulsado por el ayatola Rafsanjani, quien lo promovió como arma: “Los terroristas suicidas… aparecieron en el Líbano en 1982-83, y los primeros atentados fueron obra de Hezbolá y la Yihad Islámica, organizaciones chiitas entrenadas, equipadas y financiadas por los iraníes” (Laqueur.135).

Sería ingenuo creer que la teocracia iraní -la misma que tiene al terrorismo como uno de los recursos de su politica exterior- sólo se ha vinculado con Hezbolá. No señor. También han fortalecido sus lazos con grupos terroristas de Afganistán, con la Yihad islámica Palestina, con Al Qaeda. Sin dejar de participar en iniciativas varias para derrocar al gobierno de Jordania. Igual el Ejército Revolucionario Iraní y el Ministerio de Inteligencia y Seguridad, han intervenido en Siria, Líbano, Turquía, en Asia Central y en Paquistán.

Irán ha tenido un peso destacado en Venezuela desde los inicios del siglo XXI. Con gran velocidad se firmaron convenios militares y económicos, de tanta importancia que fue abierta una ruta aérea entre Maiquetía, Damasco y Teherán. Pocos saben quiénes eran los pasajeros y qué se traía y se llevaba en los vuelos semanales previstos. Pero si hay algo que me resulta claro, es que Hezbolá fue el puente entre Irán y Venezuela.

Agridulces

Admiro a Julio María Sanguinetti -escritor, intelectual y abogado- quien fue presidente de Uruguay en dos períodos. De su conversación con Juan Guaidó y su tocayo Julio Borges extraigo un par sus frases: “Ninguna dictadura había llevado un país a un desastre como el de Venezuela, y la dictadura venezolana está vinculada con la corrupción y el terrorismo, y eso hace más difícil la situación”.