El personaje es miembro del nuevo CNE por su condición de ampuloso y elocuente narrador de análisis incomprensibles. No lo es como el familiar de don Gutiérrez, que no muestra, ni esconde tampoco, ser director por la negociación que le permite su personal comodidad democrática.

@OttoJansen

Me permito estas líneas que pertenecen al más hastiado olvido: prefiero el presente y el futuro. Eran los años 80. La fecha no es exacta. Las impresiones ahora pueden ser subjetivas, como aquel entonces. Solo que importa el comentario público por las dudas que hay (ayer, pequeñas e insignificantes), en binomio con los protagonistas del relato, acerca de las consecuencias (graves y directas) en las escenas del ejercicio político (decante y gangrenado) de 2020.

Eran tiempos de las reuniones nacionales de aquel “primitivo” Movimiento al Socialismo, que discutía, con orden o entreveradamente, su identidad política. Fue algo que nunca pudo resolverse y quedó lo que hoy vemos: escombros de saltos y maromas. Allí, en los pasillos o en las intervenciones, conocí de vista a aquel doctor, siempre en la distancia, pues era de los señores con prestancia propia al que mucho de los jóvenes le hacían rueda para escucharle. Elegante, bonachón, locuaz y de verbo magnifico; de corbata y palto impecable. Respaldaba las ideas de Petkoff en los debates. Al menos eso era lo que mostraba, pero se acompañaba permanentemente, o eso parecía, de personajes como Eleazar Díaz Rangel y, más de una vez, de José Vicente Rangel, cuando aún este ciudadano se acercaba a aquellas ruidosas concentraciones.

Desde la personal perspectiva de la militancia partidista romántica y acrítica de esos años, todo estaba bien. Sin embargo, siempre asaltaban las incomprensiones sobre estos grandiosos dirigentes de floridos discursos que nunca aparecían en los momentos más álgidos o complicados de alguna definición (que yo recuerde: la economía socialista o capitalista, el socialismo real, el socialismo posible o la relación con Cuba) de las temáticas que nos quitaban el sueño o el tiempo. Nunca aparecían, o si lo hacían era para consensos extraños, donde el lance para agradar a los adversarios, a quienes supuestamente combatían, era su gran preocupación. Pero realmente parecía normal.

El antiguo partido del puñito que ahora se abrió como una auyama, se fue deteriorando antes del respaldo a la candidatura de Chávez; se fueron sus fundadores, pero no estos personajes. Con el tiempo también se despidieron para, tras episodios de poca monta en búsqueda de protagonismos, volver a aparecer en la cuarentena actual coincidiendo con las acrobacias del TSJ designando (por sobre cualquier solución para el país con los factores políticos legítimos) las pintorescas autoridades del CNE. Claro, a la medida del régimen bolivariano.

Inteligencia, agente del status quo

“La notabilidad de un individuo inmerso en cualquier sociedad no puede venir de otra parte que de su autoridad académica y de conocimiento, afirma el internacionalista Luis Álvarez”. La cita destaca en un texto de Romhy Cubas publicado en El Estímulo, en mayo 2016. Sin embargo, las turbulencias de los hechos políticos en los últimos 20 años (decimos nosotros), sobre todo en los pasados cinco años más inmediatos, demuestran que tenemos una clase de operadores de salón que han hecho de su condición de hermafrodita político su mejor forma de vida. También demuestra que alguna inteligencia, como la historia venezolana lo ha evidenciado con las dictaduras que se han instalado en nuestro patio, ha sido soporte de estos regímenes. Ahora los señores de singular oratoria vuelven, porque nunca la han dejado, a la “fórmula exitosa”.

El personaje es miembro del nuevo CNE por la supuesta condición de ampuloso narrador de análisis incomprensibles. No lo es como el familiar de don Gutiérrez, que no muestra, ni esconde tampoco, ser director del poder electoral por la negociación que le permite su personal comodidad democrática. Se trata del estilo craso y sin adornos de estos parientes, quizás propiciado, sin minimizar sus responsabilidades, por los sinuosos movimientos de la última etapa de la apreciada organización histórica que ahora ellos pasan a controlar, también por mandato tribunal y de la revolución bonita.

Sobre el doctor del relato dijo el periodista Rafael Poleo que no tenía suficiente prontuario para estar ahí. Alonso Moleiro, por su parte, dijo que era un hombre inteligente pero que no podía hacer nada. Lo cierto es que el notable pavonea su condición, y ahora como en la década de los años 80 en aquellas estelares reuniones de jóvenes soñadores con el socialismo a la venezolana, se lanza con exquisitas disertaciones sobre la estrategia de los demócratas y la obligación, según dice, de levantar entusiasmos por comicios que elegirán los que el régimen decida.

Mientras Venezuela aguanta el chaparrón de la destrucción integral y el estado Bolívar ve desaparecida la producción empresarial, diezmada su población por la destrucción minera en botín de altos funcionarios civiles y militares. Mientras el COVID-19 es realidad de acechanza monstruosa, los contertulios hablan en nombre del pueblo y planifican la libertad que al poder le conviene. Por favor, no es ese gran escritor español, nos referimos a este ilustrísimo doctor que igual puede escribir largamente su Platero y yo. Así han sido y serán siempre estos notables socialistas, “luchadores” por la democracia.