El sonido y la furia es una de las novelas más logradas del escritor estadounidense William Faulkner. Hoy considerada un clásico de la literatura universal, esta obra se construyó sobre el recurso narrativo del fluir de la consciencia.

@diegorojasajmad

Cada novela de William Faulkner (1897-1962) es un fino tejido donde profundidad y experimentalismo se van anudando con maestría. Su prosa es desorbitada, áspera y refinada a la vez, hondamente observadora. Sus personajes están delineados a la perfección y los ambientes en donde se desarrollan sus tramas son los de una burguesía o aristocracia en decadencia pero que conservan las “buenas costumbres” y algún difuso secreto familiar.

Los textos de Faulkner producen conmoción e interés en el lector, tal vez por la forma inusual en la que están elaborados, tal vez por esa toma de distancia que, adrede, pone entre él y el discurso o por la búsqueda de perfección de la escritura que nunca abandonó y que, por el contrario, corrigió hasta la exasperación. Los que se atreven a adentrarse en la obra de Faulkner observan una atmósfera hermética, como entre sueños, que obliga al lector a participar de forma activa en el proceso de construcción del significado. Ya no más el lector cómodo que aguardaba, apenas abierto el libro, a que el autor le ofreciera todos los datos de la historia. Ahora el lector se constituía como un elemento creador más del proceso artístico.

Si tomamos al azar algunos volúmenes de Faulkner, nos encontraremos con desconcertantes estructuras novelescas. El escritor no desdeñó la trama pero se pasó la existencia haciendo hincapié en la forma, resaltándola hasta límites muy extremos de belleza expositiva.

Pero no podemos caer en la simpleza de creer que Faulkner solo reparó en la forma. En esos trazos que delineaban una situación, un carácter, iba pergeñando el fondo de la cuestión como lo hace en El sonido y la furia (1929), una de sus novelas mejor logradas, donde la historia de la decadencia de la familia Compson le permite trazar uno de los más conmovedores testimonios sobre la soledad, el desamor y la desesperanza.

La técnica empleada por William Faulkner para tejer la historia de los Compson es el llamado fluir de la consciencia (stream of consciousness), un artificio que intenta la introducción directa del lector en la vida interior de los personajes, sin ninguna intervención por parte del autor para explicarla o glosarla, mostrando los pensamientos más íntimos, los que están más cercanos al inconsciente.

Precisemos un poco este término. Fue William James (hermano de Henry James), quien acuñó el término de flujo de consciencia en 1890, en su obra The Principles of Psychology: “...La consciencia, pues, no se presenta a sí misma dividida en pedazos. Palabras como ‘cadena’ o ‘tren’ no la describen adecuadamente, tal como se presenta en un principio. No es algo articulado; fluye. ‘Río’ o ‘flujo’ son las metáforas que más naturalmente la describen. Llamémosla a partir de ahora, cuando de ella hablemos, flujo del pensamiento, de la consciencia o de la vida subjetiva”.

El fluir de la consciencia (y por otro lado el monólogo interior) han sido recursos de buena fortuna en la historia de la literatura. Podríamos mencionar entre los autores que han empleado magistralmente este recurso a Joyce (en Ulises), Stendhal (en La cartuja de Parma), José Gil Fortoul (en Julián) y Gabriel García Márquez (en El otoño del patriarca), por señalar a algunos de los más destacados.

Cada capítulo de El sonido y la furia, por medio de ese fluir de la consciencia, nos lleva a un conglomerado inconexo de imágenes, recuerdos y sensaciones, haciéndonos entrever que el escenario donde se desarrollan las acciones no es más que la mente de cada uno de los personajes.

En la historia de la literatura podemos encontrar dos tipos de autores: por un lado están los autores cuya preocupación central son los procedimientos verbales, que deslumbran a partir de la pirotecnia de la expresión; por otro lado, encontramos los autores que se esmeran en representar las pasiones y sinrazones humanas. Entre los primeros podemos mencionar a Mallarmé, Joyce, Breton... Entre los segundos a Balzac, Pío Baroja, Gallegos... Sin embargo, existe una tercera categoría de autores: los que conjugan técnica e historia para mostrar así una visión más rica de la realidad. Faulkner fue uno de ellos.

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- La biblioteca es un organismo vivo: “Cada pueblo de más de doscientas personas necesita una biblioteca, pero entiéndase bien, lo repetimos, que nosotros llamamos biblioteca a un organismo vivo, no un hacinamiento de libros que se apolillan en los estantes. El libro se hizo para ser leído, y la biblioteca debe solicitar los lectores para sus libros, porque de lo contrario, carece de significación cultural. Si el lector no viene a la biblioteca, que la biblioteca vaya hacia él”. Luis Beltrán Prieto Figueroa.

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