En Cartas a un joven novelista, Mario Vargas Llosa escudriña las dimensiones de la novela como la posibilidad de rebelarnos contra las circunstancias creando realidades tan desconocidas como fascinantes.

@francescadiazm

Tengo una predilección especial por el texto epistolar. Su tono, su estructura y la manera en la que esa segunda persona convence al lector de estar inmerso en la historia. Cartas a un joven novelista, del escritor peruano Mario Vargas Llosa, desde su título nos sugiere que nos adentramos en las cartas de un veterano de la pluma, pero solo quienes lo leen saben que también contiene las observaciones de un perspicaz lector.

De los buenos escritores podemos asumir una sola cosa, que son buenos lectores. Y en este libro, Vargas Llosa va desde la épica hasta la literatura moderna con la agilidad de quien ya ha estado muchas veces en un lugar. No solo se engalana de sus habilidades como narrador, sino de la interpretación que hace de los textos leídos. El contexto del libro -que no alcanza las cien páginas y fácilmente se confunde con una libreta de anotaciones- es relativamente simple. Un joven le escribe a Vargas Llosa para pedirle consejos sobre cómo llegar a ser un escritor; el remitente le contesta a través de doce cartas en las que puntualiza las vertientes de una novela y ejemplariza cada una desde su repisa de autores leídos.

Apenas iniciando hay una sentencia consoladora “no existen los novelistas precoces. Todos los grandes (…) fueron, al principio, escribidores aprendices”. De allí su discurso despunta hacia cómo seleccionar un tema para escribir. He ahí su primer consejo para aprender a escribir: no dejar de hacerlo. Aunque encuentro, no una disidencia, sino un obstáculo en los planteamientos de Virginia Woolf cuando hacía énfasis en que el mundo no le pide a nadie que escriba y es indiferente ante esta práctica. Es por eso que más adelante se expondrá que la vocación literaria es una predisposición y una elección.

12 cartas contienen muchos consejos y pasos para entender cómo funciona la novela. Algunos repetitivos y otros más innovadores. Pero considero que este libro comenzó por el final: un principio tan seductor, y con el que escudriñé mis experiencias en la escritura, que nada logra hacerle justicia más adelante. Pese a los abundantes ejemplos y jerigonza profesional de los otros capítulos.

¿Por qué escribimos? El texto fundamenta la respuesta en un rechazo al mundo real. Una insatisfacción con nuestra realidad y la rebeldía de atrevernos a imaginar y dar vida al mundo como quisiéramos que fuera.

“Esa intranquilidad frente al mundo real que la buena literatura alienta, puede, en circunstancias determinadas, traducirse también en una actitud de rebeldía frente a la autoridad”, manifiesta tan solo la primera carta. Si hacemos una recopilación histórica nos encontramos con una letanía de libros prohibidos. Y los autores de la mayoría eran lectores. Lectores que habían devorado los otros textos más condescendientes con el mundo tal cual era planteado en su época. Pero los planteamientos no les bastaron. La realidad vivida y la que recogían los libros no era la que creían que podía ser. Sin poder, sin autoridad e incluso, en algunos casos, sin ser dueños de sí mismos la única manera que tuvieron para rebelarse contra su época fue escribiendo. Porque, tomando como base este planteamiento, creo que al escribir no solo rechazamos la realidad; sino que rechazamos muchas publicaciones ineficientes para el mundo al que queremos darle vida.

Así que todo escritor es un rebelde y toda novela es un arma intelectual contra las incongruencias de su época. Las novelas y los escritos no destruyen, no tumban gobiernos, no aniquilan autocracias ni devuelven la dignidad; pero dejan registro. Y ese registro busca ser censurado y erradicado por los poderosos, pero las novelas que combaten las anomalías de los sistemas que nos regulan nunca son destruidas ni olvidadas.

No soy detractora de las utopías porque, citando a Javier Darío Restrepo, son la convicción de que toda realidad puede y debe ser mejorada. Si nadie está tenazmente convencido de que podemos modificar nuestro tiempo, no tendría sentido vivir en un mundo que permanece inequívoco e impoluto desde el principio de la humanidad. No todos los rebeldes tienen armas y gritan en las calles, algunos solo saben gritar en las páginas que otros buscan para calcinar.

Esto no solo aplica para los escritores. La fórmula aplica para todos los ámbitos de la vida en los que se sienta convencido de que no puede cambiar.

Si en medio de la convergencia ya no hay nadie protestando, nadie alzando la voz, nadie luchando por ninguna causa justa en medio de tantos abusos, ¿será que en estos días ya todos aceptamos la realidad? ¿Los rebeldes se han convencido de que esta es la única realidad posible y la han aceptado? Yo creo que no. Espero que estén escribiendo. Gritando en las páginas e inventando a través de la prosa una realidad más justa. Narrando lo que es y lo que queremos que sea el mundo.

De ser así, en poco tiempo, mi generación tendrá la obra literaria más magnificente que se haya contado.

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