¿Cuántas voces delineadas en esos espacios de papel estremecieron mis certezas y convicciones? Contundentes y claros fueron los argumentos que desarmaron el aparataje instalado en mis creencias.

Me niego a darle un uso innoble a lo que tanto le debo. Al despertar pensaba en lo que traería. En variedad, diversidad, riqueza y puntos de vista: en todos los géneros desplegados en sus respectivos formatos. Ya en mis manos -en una hojeada-ojeada- me daba una rápida degustación de lo que tendría en los platos fuertes del día. Después de la brega, me regalaba el cotidiano placer de desplazar mis dedos por el anverso y el reverso de cada uno de sus folios, hasta trepar en ese árbol frondoso de multiplicidades de visiones, opiniones, apreciaciones, valoraciones con las que concluía mi jornada.

El sueño y las pesadillas se alimentaban de los contenidos de aquellos folios, que mis manos acariciaban y mi mente intentaba digerir y procesar. Guiaban y orientaban, también, mi interés hacia una cosa u otra, un evento u otro, en función de las sensibilidades activadas a partir de esas lecturas noctívagas. Siempre acostada, en compañía de los cinco o seis órganos de mi preferencia.

De domingo a domingo me sentí arropada en ese follaje en el que me sumergía durante horas. Era la niña que se escapaba al pequeño mundo elegido y era la mujer que disfrutaba de la soledad y la tranquilidad, compartida con los sempiternos compañeros que, silenciosamente, me dijeron mucho. Sin dejar de sorprenderme y alimentar mi curiosidad. Dialogaba. También confrontaba, criticaba, cuestionaba sin emitir ningún sonido.

Encuentros litúrgicos e intelectivos por la frondosa espesura de los saberes más buscados, pero también de los más inesperados. A veces supe cosas que no quería saber, pero se prodigaban en algún cuerpo de los muchos que se ofrecían a diario, que eran muchos más el último día de la semana.

¿Cuántas voces delineadas en esos espacios de papel estremecieron mis certezas y convicciones? Contundentes y claros fueron los argumentos que desarmaron el aparataje instalado en mis creencias. En algún momento se vació de sentido hasta la propia vida, porque las dudas superaron las certidumbres. Pero de esas mismas fuentes tomé lo que pude para llenar los vacíos acumulados.

Ni cansada, trasnochada, despechada, triste, alegre, deprimida o ansiosa dejé de lado mis rituales con los silenciosos acompañantes de la noche, que tanto decían a mis ojos. Me entregué sin pudor a aquel cúmulo de palabras, que no moralizaban, ni querían darme lecciones. Creo que pretendían su disfrute, y al entender el camino por donde iban yo también disfrutaba.

Cuando pagaba de mi modesto sueldo experimentaba un placer que no puedo traducir en palabras. Era una sensación de libertad y plenitud la que sentía, al tomar en mis manos aquel legajo que me reservaban, religiosamente. Era mi tesoro del día. Mi mina personal. Esa en la que encontré una riqueza, que no es oro, diamante o coltán, sino algo más valioso que no se pesa, ni se mide, ni se cambia por dólares en el mercado negro de una economía sumergida.

De lo tangible obtuve algo intangible. Digo, también, inestimable y precioso que me ha acompañado sin ocupar espacio, pero llenándome la vida, incluso en los momentos más duros y difíciles. Como los que no han tocado en estos tiempos de tiranía socialcomunista -con XXI años de sequía- pandemias, hiperinflación, hambrunas, persecuciones, represiones, censuras y con una hegemonía comunicacional que tiene entre ceja y ceja acabar con las libertades de expresión, conciencia e información.

Estándar y tabloide caminaron con los venezolanos desde que la Gaceta de Caracas irrumpió en aquella capital, bucólica y rural, como expresión de un sector de la sociedad, que representaba a la corona española, pero que en pocos años recogería el sentir de una naciente republica independiente. La prensa ha sido esencial en el devenir histórico de Venezuela. Valiente y confrontadora. Crítica y desafiante. Arriesgada e indómita. Supo enfrentar nefandas tiranías sin doblegarse.

El socialcomunismo de pensamiento único -que llegó con el nuevo milenio- encontró en cada periódico venezolano a un enemigo, que debía ser abatido y sacado de circulación. Los paredones de fusilamiento de este régimen están impregnados con tinta-sangre de todos los medios impresos, que fueron ejecutados con toda la saña y el odio, hacinados en las vísceras de los resentidos que se adueñaron de Venezuela.

Hoy es dolorosa la situación. Por eso no puedo darle un uso vil e infame a los periódicos de papel que atesoro. Me niego a usarlos para trasegar desperdicios, recoger basura, contener humedades u otras indignidades y abyecciones, todavía más escatológicas.

Agridulces

Estados Unidos pierde su tiempo exigiéndole transparencia al despotismo venezolano. Lo único cristalino lo tienen en los ojos. Lo que les sobra es opacidad y oscuridad, que se materializa en mentiras, corrupción, hambre, insultos y la venganza destructiva: esa gasolina que nunca escasea.

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