Hace algún tiempo participé en el concurso de ensayos “Caracas: 1567-2017”, organizado por la Fundación Arquitectura y Ciudad, adscrita a la Facultad de Arquitectura y Urbanismo de la UCV. El jurado, integrado por Juan Pedro Posani, Marco Negrón y Rafael Arráiz Lucca, eligió como ganadora a la obra Posciudades: manual de uso para ciudadanos nostálgicos y esquizofrénicos, de mi autoría. Aquí reproduzco un fragmento de aquel ensayo.

@diegorojasajmad

A sesenta y cuatro años de edad, y luego de treinta y seis años de errancia, Andrés Bello escribe en carta dirigida a su hermano Carlos la razón de su profunda melancolía:

En mi vejez, repaso con un placer indecible todas las memorias de mi Patria (recuerdo los ríos, las quebradas y hasta los árboles que solía ver en aquella época feliz de mi vida). Cuantas veces fijo la vista en el plano de Caracas, creo pasearme otra vez por sus calles, buscando en ellas los edificios conocidos y preguntándoles por los amigos, los compañeros que ya no existen... ¡Daría la mitad de lo que me resta de vida por abrazaros, por ver de nuevo el Catuche, el Guaire, por arrodillarme sobre las losas que cubren los restos de tantas personas queridas! Tengo todavía presente la última mirada que di a Caracas desde el camino de La Guaira. ¿Quién me hubiera dicho que en efecto era la última? ¡Cuántos preciosos recuerdos me sugiere este templo y sus cercanías, teatro de mi infancia, de mis primeros estudios, de mis primeras y más caras afecciones! Allí la casa en que nacimos y jugamos con su patio y corral, con sus granados y naranjos. Y ahora ¿qué es de todo esto? (Carta a Carlos Bello, 17 de febrero de 1846).

Andrés Bello moriría diecinueve años después sin haber cumplido su sueño de pisar nuevamente la ciudad añorada. Más de medio siglo alejado de su familia, de sus amigos, de su Caracas pletórica de ríos y hierbas; todo ello rondaba perpetuamente la mente y el corazón del ilustre personaje.

Una inconmensurable nostalgia le hacía repetir a Bello la misma frase de desazón y de pérdida, como si fuese una letanía por la añorada ciudad que ya no percibían sus sentidos: “¿qué es de todo esto?, ¿qué es de todo esto?”, exclamaba en diversas cartas. Esa sensación de quebranto -de disyunción de sujeto con el objeto, como diría un semiótico- es un tópico que se muestra en el amplio repertorio de la literatura clásica latina y medieval. Es el llamado ubi sunt o “¿qué se ha hecho?” que rompía en llanto desde los versos de Homero y Virgilio, pasando por las jarchas de la literatura española, compuestas en los siglos XI y XII de nuestra era. Es la misma añoranza hecha versos, siglo y medio después de la triste carta bellista, que se nos muestra en el poema “Caracas” de Eugenio Montejo (2005):

Tan altos son los edificios

que ya no se ve nada de mi infancia.

Perdí mi patio con sus lentas nubes

donde la luz dejó plumas de ibis,

egipcias claridades,

perdí mi nombre y el sueño de mi casa.

Rectos andamios, torre sobre torre,

nos ocultan ahora la montaña.

El ruido crece a mil motores por oído,

a mil autos por pie, todos mortales.

Los hombres corren detrás de sus voces

pero las voces van a la deriva

detrás de los taxis.

Más lejana que Tebas, Troya, Nínive

y los fragmentos de sus sueños,

Caracas, ¿dónde estuvo?

Perdí mi sombra y el tacto de sus piedras,

ya no se ve nada de mi infancia.

Puedo pasearme ahora por sus calles

a tientas, cada vez más solitario;

su espacio es real, impávido, concreto,

sólo mi historia es falsa.

Aunque varíen los géneros, tonos y ritmos, son, entre muchos otros ejemplos, testimonios en los que la pregunta por lo ya ido constituye el hueso y la nuez de nuestras pasiones. Es la representación de la ciudad, la de la nostalgia, la de Bello y Montejo, que solo alcanzamos en los adentros de nuestra memoria.

Mircea Eliade, el investigador rumano de la historia de las religiones, relató en cierta ocasión el casual encuentro con un viejo amigo y profesor a quien halló disertando sobre la polis griega ante un público embelesado por su discurso. El profesor, ya de edad avanzada, conocía como la palma de sus manos la antigua ciudad de Sócrates, Solón y Eurípides y podía reconstruir, con fidelidad absoluta y con una emoción que emanaba desde sus ojos y frenéticos ademanes, cada recoveco, cada curva de camino, cada hogar y ágora como si fuese la urbe de su presente cotidiano. Al finalizar la charla, al profesor, cuya luminosidad y alegría habían ya desaparecido de su rostro, quizás por saberse de nuevo en su presente de una ciudad de mediados del siglo XX, le prestaron ayuda para llevarlo hasta su casa, no muy lejana del lugar de la charla, porque habitualmente se perdía en el trayecto. Aquel profesor era capaz de dar la dirección exacta de habitación de cualquiera de los grandes hombres de la Grecia clásica, pero no sabía llegar a su hogar, ubicado a escasas calles de distancia.

Supo encontrar Eliade las palabras adecuadas para describir esa rara condición del hombre que vive en dos mundos, que habita en dos ciudades a la vez, en las ciudades de la memoria y en las urbes del presente:

Su mundo real, el único importante y significativo para él, era el mundo clásico grecorromano. El mundo de los griegos y los romanos no era simplemente historia, es decir, un pasado muerto recuperado mediante una anamnesis historiográfica; era su mundo, el lugar donde él podía moverse, pensar, disfrutar la beatitud de estar vivo y ser creador [...]. Al igual que la mayoría de los eruditos creadores, posiblemente vivía en dos mundos: el universo de las formas y los valores, a cuyo conocimiento había consagrado su vida y que corresponde en alguna medida al mundo ‘convertido en cosmos’ y, por lo tanto, ‘sagrado’ de los primitivos; y el cotidiano mundo ‘profano’ en el cual, como diría Heidegger, había sido ‘arrojado’ (Eliade, 1997: 34).

Andrés Bello vivía en esa dualidad de mundos que le hacía deambular simultáneamente en cuerpo por Inglaterra y Chile y en alma por Caracas. Esa nostalgia que recorría eternamente su mundo cotidiano le carcomió hasta sus postreros días. Miguel Luis Amunátegui, biógrafo y amigo de los años chilenos de Bello, describirá los últimos momentos del pensador caraqueño:

El 1 de setiembre de 1865, Bello fue atacado por una bronquitis, la cual trajo fiebre. Habiendo el ilustre enfermo experimentado un delirio tranquilo, se figuraba percibir en las paredes del cuarto, y en las cortinas de la cama, los versos de La Ilíada y de La Eneida. Lo que le mortificaba era que frecuentemente los veía medio borrados, y no podía descifrarlos (Amunátegui, 1882: 667).

Tal vez, y no sería inverosímil pensarlo así, las frases borrosas que Bello veía en las paredes y cortinas eran las mismas que Aquiles, el de “pies ligeros”, expresó en el Canto I de La Ilíada: “Lo mejor es regresar a la patria en las cóncavas naves”. Hoy los restos de Andrés Bello reposan en el Cementerio de Santiago de Chile, en la cóncava nave de su féretro, esperando aún por su sueño de regreso a la patria.

La añoranza perenne de Bello nos dice, cual moraleja, que habitamos unas ciudades y otras, en cambio, insisten en habitarnos desde la nostalgia. Y en ese sempiterno contraste de la urbe del ayer y la del hoy, de la ciudad que conocimos y la que conocemos a cada vuelta de esquina, nos convierte en ciudadanos delirantes, esquizofrénicos. Deambulamos por una ciudad profana, para decirlo con los adjetivos de Eliade, pero nuestros anhelos transitan por una urbe sagrada, invisible. Añoramos la ciudad de la historia, de la niñez, de la juventud y los amores, aunque ante nuestros ojos solo se ofrece la ciudad proteica, la que día a día muta al ritmo de lo que ya no somos. La ciudad de hoy, la que aborrecemos, será la de la añoranza para los adultos del mañana; por ello, la urbe es y será siempre un campo de nostalgias encontradas.

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